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Simón Mejía: "De cómo conocí al Joe"

Cuando supe quién era el Joe realmente, más allá de su Rebelión, sentí una fascinación profunda por ese James Brown tropical
Por
Redacción Shock

Me miró a los ojos e hizo una pequeña sonrisa, de esas que revelan complicidad y una profunda certeza de que lo bailado es lo único que nos queda cuando nos vamos.

Por: Simón Mejía

*Artista visual y cabeza de  la banda colombiana que le ha prendido fuego al mundo entero: Bomba Estéreo.

Hace pocos años, en el 2007 aproximadamente, me entró una obsesión por el Joe. Ya había escuchado su música antes (¿acaso quién no ha escuchado Rebelión, uno de esos himnos inmortales que el Caribe le ha dejado al mundo, de la talla de Pedro Navaja o One Love, que se escuchan y se bailan en todos los recovecos del planeta?), pero cuando supe quién era el Joe realmente, más allá de su Rebelión, sentí una fascinación profunda por ese James Brown tropical, poeta de la noche y las escasas mañanas, del vacile, del baile apretao y la salsa hasta el amanecer. Me di entonces a la tarea de buscarlo para hacer una película documental con él. Una pieza que mostrara y contara la historia, no solo de un cantante, sino de toda una generación de salsómanos y noches eternas en Colombia. Lastimosamente el proyecto nunca se pudo realizar, pero el proceso de pensarlo y armarlo fue increíble. Hoy en día, y mientras pueda retomarlo, queda el convivir con el retrato endeble de la televisión.

En ese tiempo, con Mauricio Silva, uno de mis panas en esta travesía, nos sentábamos a tomar ron y a escuchar al Joe. Pocas palabras; solo escuchar y escuchar y transcribir letras. El Joe se convirtió en la banda sonora de mi casa en ese entonces. Rodaban y rodaban sus LPs, porque, eso sí, procuré tener toda la música del Joe en vinilo para sentir el verdadero color de lo que se grabó en esas dos décadas que me interesaban, 70 y 80, y admirar la psicodelia de las portadas. Hoy en día ya nadie se arriesga como lo hicieron el Joe y Fruko en ese entonces.

Puro hippismo tropical. Pura sabrosura. En una de esas búsquedas por las ventas de vinilos me dio por irme para el mercado de Bazurto en Cartagena. Ya para ese entonces tenía una estructura avanzada de la película que quería hacer y también varios intentos fallidos de contacto con el Joe. Pero la fe nunca la perdí. Lo había buscado por todos los medios, desde el burocrático de las disqueras y mánagers, siempre un fracaso, hasta el personal, con sus amigos.

Era una tarea difícil acercarse, sobre todo en horarios oficiales, pero aún más que cumpliera las citas concordadas. Entre desplante y desplante yo simplemente seguía empapándome de su universo. En Bazurto conseguí una joya digna de colección: un disco de tapa blanca con una foto del Joe con un fondo verde y en sus años más guapos, brindándole a la cámara con una copa y una pinta de aquellas que solo un salsero lograba allá en la época: Con gusto y gana (1981).

Joya que justificó todo mi viaje a Cartagena y me dio aun más inspiración para seguir adelante. Con el disco bajo el brazo arranqué luego para Puerto Colombia, Barranquilla, a seguir investigando. Conocí, entre otras, la mítica caseta El Escorpión, hoy en día una casa abandonada, donde según cuenta la historia Fruko y el Joe se conocieron. Conocí a Juventino Ojito y a Chelito de Castro. Recorrí medio Barranquilla con mi amiga Magola indagando sobre el Joe. Transcurría la Semana Santa, recuerdo, y el viernes recibí una llamada. Era la esposa del Joe. Me dijo que irían de vacaciones a Santa Marta, que nos viéramos allá esa noche a las 11:30. Nunca antes me habían puesto una cita así de insólita, pero tratándose del Joe era lo más común. Arrancamos entonces, ya el sol ocultándose, en el Volkswagen de mi amigo Vega hacia la Sierra. Todo iba perfecto, hasta festejando con whisky íbamos, pues el motivo daba la talla, cuando a la altura de Ciénaga, ya bastante entrada la noche, se nos varó el Volkswagen.

No había postes de luz, ni tiendas, ni casas, ni señal de celular, ni ni mierda. Solo agua a lado y lado y asfalto y árboles muertos. Me eché a la pena. Estaba minuto a minuto perdiendo una cita que llevaba buscando por meses. Fue realmente un momento oscuro, en todo el sentido de la palabra. Toda la película comenzó a desvanecerse y ni siquiera el radio del carro funcionaba para amenizarla.

De repente, luego de casi una hora ahí parados, llegó la luz, literalmente. Como un milagro en medio de la noche, se detuvo un carro detrás nuestro, Volkswagen también. Se bajan dos personas, se acercan a contraluz, y una de ellas resulta ser una amiga con su novio, quien encima resulta ser un gomoso de los Volkswagen. Estaban los dos yéndose de vacaciones para Santa Marta y nos vieron allí en medio de la desolación. ¡Increíble! Con una lima de uñas haciéndole yo no sé qué al motor el man nos desvaró en cinco minutos.

El viaje obviamente se retrasó y la cita quedó postergada para el día siguiente en la tarde. Al otro día muy juicioso me fui para la cita a la hora exacta, aunque sabía que esto no aseguraba nada. Un apartamento sobre el malecón de El Rodadero. Cuando iba subiendo el ascensor supe que esta sí era la vez. Luego de esperar un rato en la sala y charlar con su esposa, salió el Joe de su cuarto. Recuerdo que mi primera impresión fue de impacto, pues venía yo con la imagen en mi cabeza del Joe de la tapa del disco que había comprado en Bazurto y que llevaba bajo el brazo para el autógrafo. Del Joe de los 70 y 80 que quería retratar en la película.

Este era otro Joe, pero pues evidentemente era él y la emoción fue enorme. Nos sentamos en una pequeña terraza con vista al mar. Hablamos poco, pues yo no quería ser incisivo ni saturarlo. Le conté en breve sobre el guión y mi idea y fascinación por su música y su vida. Entre silencio y silencio mirábamos al mar, el sol comenzaba a ocultarse. La vista era muy bella. Le mostré el disco, el cual le causó mucho asombro y alegría, pues no era un disco común, quizás no lo recordaba ni tampoco la foto.

Le pedí que me lo firmara y así lo hizo, una firma pequeña en una esquina: “Para mi amigo Simón, El Joe”. Al despedirnos le di un abrazo y le dije que la película se iba a llamar El Centurión de la Noche. Me miró a los ojos e hizo una pequeña sonrisa, de esas que revelan complicidad y una profunda certeza de que lo bailado es lo único que nos queda cuando nos vamos.

 

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