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Checo Acosta: "Hasta su muerte fue el centurión de la noche"

Por
Redacción Shock

Tu familia y tus amigos fuimos hasta la catedral y allí te dimos el adiós con llanto y carnaval… Pocos tienen esa suerte de que los despidan con derroche, y es que tú, hasta el día de tu muerte, fuiste el Centurión de la Noche.

Por: Checo Acosta

*Músico,  hijo del gran Alci Acosta y principal pupilo del Joe.

 Empecé a escribir esta columna en el vuelo que me llevó de Medellín a Barranquilla el pasado 26 de julio, día en el que el gran Joe nos dejó. Mis lágrimas no cesaban. Mi mente se bloqueaba. Decidí resignarme a llorar y esperar… Han pasado varios días y aquí estoy, recordando con nostalgia innumerables momentos que compartí al lado del más grande de Colombia. A mediados de 1983 yo estaba cantando baladas en la Universidad de Curramba cuando se me acercó una mujer rubia a decirme que si me interesaba cantar en una orquesta.

Su nombre era Zoila Nieto y la orquesta de la que hablaba se llamaba La Diferencia. A los ocho días yo ya cantaba con ellos, y recuerdo que al poco tiempo en una discoteca nos vio actuar un muchacho flaco con un aspecto común y corriente llamado Álvaro José Arroyo, el Joe. Sus mánagers, Marcos Barraza y Alberto Arteta, nos propusieron que lo acompañáramos en varias presentaciones, pues el mulato se había quedado sin orquesta. No lo dudamos ni un segundo. En el primer ensayo él quedó impresionado con nosotros, unos muchachitos de corta edad y poca experiencia que tocaban su música con amor y profesionalismo. Esa tarde, en casa de Zoila Nieto, estábamos, entre otros: Chelito de Castro, Emil “El Peso” Galvis, Guillo López, Ricardo “El Pin” Ojeda y yo. Recuerdo que al final nos dijo: “Hey, pelaos, a partir de ahora serán mi orquesta: ¡La Verdad!”.

Recuerdo que en octubre de ese mismo año se rumoró, como muchas otras veces, que el Joe había muerto, inclusive varias emisoras hicieron especiales con su música. Con varios compañeros nos montamos en un Pontiac modelo 55 que me había regalado el viejo Alci y arrancamos al Hospital Universitario de Cartagena, y ahí lo encontramos en una habitación, coqueteándole a una enfermera. Yo le dije: “¡Mira al que estaba muerto!”… y soltamos la carcajada. Fue la primera de mil anécdotas. A los pocos días hubo una presentación en Montería.

Por presión del empresario, corrimos el riesgo de viajar sin él. Estando ya en el escenario yo temblaba, pues era a mí al que le tocaba hablar y explicar que, por motivos de fuerza mayor, Joe no estaba allí. Primero hubo rechiflas, pero, cuando inició el show y la gente escuchó sus canciones bien interpretadas, bailó y aplaudió. Lo bacano del cuento fue que el empresario se voló y regresar a nuestras casas, sin billete, fue toda una odisea. Cuando el Joe se recuperó, hicimos una presentación histórica el 31 de octubre en el parqueadero del Romelio Martínez en Barranquilla. Como su cumpleaños era el 1 de noviembre, hubo Happy Birthday incluido. La aclamación del público fue total.

Al Joe hay que recordarlo por su nobleza, por su tremenda capacidad musical y por su carisma que no tiene comparación.

De los mejores momentos vividos al lado del Centurión, creo que el más memorable fue cuando ganó su primer Congo de Oro, el 5 de marzo de 1984. Ese día interpretamos Abandonaron el campo, Confundido y Amanecemos si… La locura del coliseo fue total, impresionante. A partir de ese momento vinieron contratos, giras y grabaciones importantes; sin embargo, a finales de ese año yo me fui a otra orquesta: La Renovación, donde sería la voz líder.

Cuando le conté mi decisión al Joe, él lo entendió y buscó a Víctor “El Guachi” Meléndez, ese viejito canoso y querido que todo el mundo recuerda, quien estuvo en su orquesta por más de diez años. Luego el Joe conoció a Mary (mi gran amiga, tremenda mujer) y se fueron a vivir juntos, tuvieron dos hermosas niñas (Eykol y Nayalibe, La Tato y La Pelo), y terminaron casándose.

Junto a Mary, el Joe vivió sus momentos más felices, sentimental y profesionalmente, hizo muchos viajes y obtuvo varios reconocimientos nacionales e internacionales. Mientras tanto, yo recorría las orquestas de Juan Piña, Adolfo Echeverría, Joseíto Martínez y El Grupo Star de Medellín, y mi admiración hacia él crecía, y él lo sabía. Lo mejor era que el sentimiento era recíproco.

Cuando yo hice mi propia orquesta, él me felicitó y hasta me ayudó en muchas cosas, sin egoísmo y siempre brindándome su apoyo incondicional. Hace pocos años tuve la fortuna y bendición de Dios de grabar con él en mi álbum El folclor de mi tierra (nominado a Grammy Latino 2010 como mejor álbum folclórico) su canción Tambalele, que fue su última grabación oficial y un testimonio imborrable. Lastimosamente, sus últimos años fueron de inestabilidad, tanto física como mental. Fue alejado de sus hijas más queridas y de sus verdaderos amigos.

 Al Joe hay que recordarlo por su nobleza, por su tremenda capacidad musical y por su carisma que no tiene comparación. Tendría yo que escribir un libro para narrar tantas y tantas cosas vividas con este gran ídolo de todos, pero solo me queda decir que es el mejor, que no ha muerto porque nos deja su voz y sus canciones, ¡que está más vivo que nunca! Definitivamente su legado es inmenso, nunca habrá otro igual. Joe, mi amigo, mi profesor y mi hermano mayor:

tu familia y tus amigos fuimos hasta la catedral y allí te dimos el adiós con llanto y carnaval… Pocos tienen esa suerte de que los despidan con derroche, y es que tú, hasta el día de tu muerte, fuiste el Centurión de la Noche.

 

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