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Bandas colombianas que hay que ver en vivo: Las Añez

Las gemelas que construyen múltiples universos sonoros con tan solo el poder de su voz.
KATHERIN FRESNEDA @KTFRESNEDA
KATHERIN FRESNEDA @KTFRESNEDA
Por
Juan Pablo Castiblanco Ricaurte

El pasado 15 de febrero Las Añez se presentaron en el Teatro Estudio del Teatro Mayor Julio Mario Santodomingo, uno de los pocos escenarios que permiten a los artistas construir una atmósfera íntima; un momento perfecto para ver toda la dimensión de sus capacidades.

Por: Juan Pablo Castiblanco Ricaurte // @KidCasti - Fotos: Katherine Fresneda // @ktfresneda

En un concierto se suele oír el comentario “suenan igual que en el disco” para tratar de celebrar la capacidad de un artista o una banda de repetir con precisión lo que hicieron en el estudio de grabación. Otras agrupaciones, sin embargo, usan el “disco” como un mero punto de partida para que en su acto en vivo creen un nuevo universo sonoro. En este segundo grupo está el inquieto y experimental dueto Las Añez, integrado por las hermanas bogotanas Juanita y Valentina, que ya cuenta con una sólida hoja de vida: dos discos propios publicados (Silbidos en el 2014 y Al aire en el 2017 –en la lista de los mejores del año–), otros tres con el cuarteto Bituin (el más reciente, Lluvia en el maizal, fue parte de los mejores del 2018), coristas en el CD/DVD en vivo Reluciente, rechinante y aterciopelado (2016) de Aterciopelados, y compositoras de la música original de la nueva película de Rubén Mendoza, Niña errante.

Las Añez han abierto un punto de encuentro entre la canción latinoamericana, ritmos andinos, cumbia, beatbox y la experimentación electropop de artistas internacionales de avanzada como Juana Molina, Ibeyi, Tune-Yards y, por qué no, la mismísima Björk. Tomando como punto de principio y final sus prodigiosas voces, Las Añez construyen múltiples capas melódicas y rítmicas sin la necesidad de tener una banda acompañante. Resulta cautivador ver cómo, canción tras canción, arman y desarman todo el andamiaje que soporta cada interpretación. Cada melodía es nueva y no se parece a alguna otra que hayan hecho antes. Cada canción tiene su alma, su ánimo y hasta su género, al punto que pueden llegar a hacer “electrónica” fiestera con mínimos elementos.

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La falta de escenarios que sufre la música nacional hace que no haya posibilidad de encontrar matices para la música en vivo: o se hace parte de la onda de bares y festivales de montar espectáculos que enrumben a la gente, o son grandes auditorios para orquestas. Son pocos los puntos medios que hay en nuestra industria y por eso haber podido ver a Las Añez el pasado 15 de febrero en el Teatro Estudio del Teatro Mayor Julio Mario Santodomingo, uno de los pocos escenarios que permiten esa atmósfera íntima, fue un momento perfecto para ver toda la dimensión de sus capacidades.

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En vivo, Las Añez desmenuzan las canciones de Silbidos y Al aire, las descomponen en pedacitos y desde ahí vuelven a comenzar de cero. En una labor casi que artesanal, arman loops con todas las capacidades que les dan sus voces. Cualquier juego sonoro que uno haya hecho alguna vez con la boca, en la música de estas chicas se convierte en un “instrumento”. A pesar de verlo en vivo, es difícil creer que bajos y percusiones son reemplazados por murmullos, zumbidos o vibraciones labiales que repiten gracias a un pequeño controlador que manejan. Y, además, Las Añez han entendido el acto en vivo como un performance teatral y con prolijidad y sobriedad también han integrado elementos visuales que refuerzan las canciones como su vestuario negro-neón, collares led y hasta su coordinada gesticulación.

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Pero además del cómo, que es brillante, en Las Añez hay que celebrar el qué. Si la música es un reflejo de nuestros tiempos, una forma de relacionarnos con nuestro entorno, sus canciones nos ayudan a entendernos como hijos de un ambiente híbrido somos al mismo tiempo tecnología y la naturaleza, presente y el pasado, digital y análogo. Y a esas dualidades hay que sumarle una más, preciosa y conmovedora, que es la de entendernos como parte de un tejido social que nos reclama sensibles y valientes en el mundo de hoy.

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