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Carta de amor al Festival de música del Pacífico Petronio Álvarez

Días después de que se haya acabado el Petronio, seguimos enganchados a uno de los festivales más grandes del país.
Por
Raúl Riveros

La llegada del puente festivo por la Asunción de la Virgen en Agosto solía significar únicamente el último descanso largo antes de la sequía de festivos de septiembre, pero año tras año toma más importancia por ser el momento en que se realiza un festival que a pesar de ser joven ha logrado una fama muy grande con alcance internacional: el Petronio Álvarez.  Un par de días después de este espectacular evento, ya con las revoluciones normalizadas, los que tuvimos la fortuna de asistir seguimos recorriendo mentalmente cada momento, meditando sobre todo lo que pudimos vivir y aprender de la cultura del Pacífico y de las tradiciones de esta olvidada región del país.

Por: Raúl Riveros // Foto: Camila Acosta @camilacostalzate

El Coliseo del Pueblo y la Unidad Deportiva Alberto Galindo en Cali fueron el escenario este año para acoger a visitantes de muchos municipios del Pacífico y a turistas de toda Colombia y del mundo, porque el alcance del Petronio es enorme.  Los Cristales, la Plaza de Toros y el complejo deportivo de las Canchas Panamericanas fueron en su momento los lugares donde se llevaron a cabo versiones anteriores, pero se fueron quedando pequeños a medida que se popularizaba el Petronio Álvarez.  Mientras que muchos festivales y ferias del país ya cumplieron sus bodas de oro o están próximos a celebrarlas, el Festival de Música del Pacífico apenas desarrolló este año su vigésimo primera versión. Aun así se ha instalado como una de las más importantes del país y ha llegado al punto de desplazar a la Feria de Cali como el principal evento cultural de la ciudad.

Y es que lo que se vive durante esos cinco días trasciende los límites de la “sucursal del cielo”; es el resultado de un movimiento de toda una región del país, que inició hace cuatro siglos y medio cuando la Corona Portuguesa inició el comercio de esclavos y llegaron los primeros africanos a América. Algunos desembarcaron en el puerto de Cartagena y se fueron desplazando por tierra y agua hasta poblar las zonas aledañas al Océano Pacífico, donde trabajarían en las minas.  Porque en este proceso, el más cruel en la historia de la humanidad, los despojaron de su tierra, de sus familias, de su lengua, les quitaron sus costumbres, sus creencias religiosas y muchos otros aspectos de su identidad; pero lo que nunca pudieron arrancarles, lo que jamás podrían separar de su alma, es esa fascinante necesidad de expresar las emociones de su vida a través de la música y su impresionante talento para hacerlo.

El Petronio gira entorno a la música, y a través de ella se manifiestan todos los aspectos culturales y tradicionales de los afrodescendientes.  En ritmos de marimba, chirimía, violines caucanos y “libre”, pudimos presenciar cómo los grupos musicales de diferentes pueblos del Chocó, Valle del Cauca, Cauca y Nariño expresan su sentir por medio de canciones que hablan de su realidad y de su cotidianidad.  La música es algo natural en el Pacífico, que se aprende empíricamente y que acompaña el día a día en las comunidades de esta región que es poco tenida en cuenta e ignorada en el país, pero que gracias al Petronio Álvarez rompe las barreras y sorprende al país con la riqueza cultural y humana.

La lírica de las canciones se puede conocer y comprender más a fondo al recorrer los diferentes espacios que brinda el festival. Hubo conversatorios académicos y un homenaje a la mujer a través de cuatro señoras que han fortalecido la identidad del Pacífico y que recuerdan que el género femenino siempre ha estado presente en los procesos culturales, pero sólo se le ha reconocido dicha trascendencia en los últimos años.  Su participación en la música representa el todo al que le cantan ya que las canciones se elaboran en la cotidianidad: cuidando niños, en la cocina, en el río, en la mina, en los velorios y en las demás manifestaciones de su vida.

Llegan también imágenes a la cabeza y al paladar de la zona de comida tradicional del Pacífico, donde se podía probar la cocina de bastantes municipios. Cada stand tenía un pendón con una referencia sobre cómo esa familia se había involucrado con la culinaria.  Se podían leer muchas anécdotas e historias que empezaron en algo sencillo, una cocinada para la familia o para un grupo reducido de personas, y que en el Petronio tuvieron un gran público que podía deleitarse con sabores únicos. 

La venta de licores era el espacio divertido donde los vendedores daban la pruebita de sus distintos tragos, para antojar y obligar a comprar.  En el Petronio no se vende aguardiente, ron, whiskey ni ninguna bebida industrial, si acaso se encuentra una Poker por debajo de cuerda, y tampoco está el paisaje contaminado con las vallas publicitarias de las licoreras, como en el resto de festivales.  Acá los afrodescendientes trajeron sus tragos artesanales desde su correspondiente municipio y los ofrecían resaltando sus propiedades embriagantes, curativas y afrodisiacas, asegurando cada uno que el de ellos era el mejor.

Al lado estaba la Venta industrial del Pacífico, llena de todo tipo de prendas de vestir clásicas de África. Muchas personas no se aguantaron, compraron y lucieron estos elementos.  Era hermoso ver viajeros con túnicas y prendas de vestir típicas del continente madre, pero sobretodo ver mujeres que se hacían trenzas y se ponían turbantes estilo afro.  En nuestra mentalidad cerrada solemos creer que este tipo de adornos son exclusivos de la cultura que los creó, pero aquí era todo lo contrario y los afro se sentían emocionados de ver que un turista quisiera vestir o peinarse como ellos.  Tienen claro que estas manifestaciones no son para señalar, enmarcar o distinguir a alguien, sino para compartir, disfrutar y adornar el ambiente maravilloso que se vivía en cada momento y en cada espacio del festival. 

Los visitantes llegamos al Petronio suponiendo que íbamos a ser espectadores de una serie de exposiciones de la cultura del Pacífico, pero lo que más recordamos y más ganas nos da de regresar es que hicimos parte fue  de una integración, donde pudimos participar de una fiesta espectacular caracterizada por las sonrisas y la camaradería.  Porque los afrodescendientes han recibido indiferencia, mal trato, discriminación, y más cosas negativas, pero nos responden con amabilidad, alegría, confianza y su mayor interés por atendernos bien y que nos llevemos la mejor imagen de su cultura.

Los recuerdos más apasionantes vienen de la muestra musical: 22 grupos presentaron lo mejor de su repertorio cada día. La tarima giratoria permitía que una vez un grupo finalizara el siguiente estuviera listo y que transcurrieran menos de dos minutos entre uno y otro. Se podía escuchar ese hermoso sonido de la marimba, que comenzaba pasitico, como si no quisiera la cosa, y poco a poco se iban integrando el resto de instrumentos y las potentes voces que terminaban haciendo que explotáramos de júbilo y que, pañuelo en mano, saltáramos, bailáramos y se armaran coreografías improvisadas con los vecinos, quienes, entre trago y trago de ñeque, tomaseca, arrechón, tumbacatre, curao, pelarodillas o siete polvos se volvían más amigos.  El público alcanzaba el éxtasis con algunas canciones históricas.  
 

“Bello puerto del mar mi Buenaventura
Donde se aspira siempre la brisa pura
Eres puerto precioso circundado por el mar
Tus mañanas son tan bellas y claras como el cristal”

Esta hermosa composición del mismísimo Petronio Álvarez ponía a gozar a todo el público y nos hacía sentir nostálgicos inclusive a los que apenas conocemos la hermosa Buenaventura, tan afectada por problemas sociales y tan abandonada por el gobierno nacional.  Pero aquí no había tiempo de melancolía, porque llegaba la presentación de otro grupo y volvía a conmocionar a todos los asistentes:

“Todo el mundo está bailando KILELE
Yo también lo sé bailar KILELE
Ay Marití Maritá, KILELE”

Aún retumba ese KILELE, ya sea con la letra original de la canción o con versos improvisados, porque esa canción se entonaba inclusive una vez finalizado el evento.  Los encargados de la clausura de las dos noches principales fueron los grupos que nacieron en este festival y que han alcanzado gran fama y proyección: Herencia de Timbiquí y Choquibtown.  Personalmente prefiero el sonido original de los otros grupos al fusionado de estas dos extraordinarias bandas, pero no era momento para discutir eso sino para disfrutar el espectáculo de los músicos y del público local que veía plasmada su vida con la lírica de realidad, de resistencia y con los cantos de amor que hicieron estos artistas.  Cuando se presentaron no cabía un alma en la plazoleta, había empujones para poder desplazarse y personas que se perdían de sus amigos, pero a pesar de todo eso ni una pelea, todo se vivió en paz y armonía, esa que ha brillado por su ausencia en casi todo el Pacífico debido al abandono del estado.

Seguimos pensando en ese demencial puente festivo del mes de agosto y sólo nos queda la seguridad de tener que regresar para revivir esa gran experiencia.  La enseñanza más grande que nos llevamos no fue la histórica o la musical, fue ese sentimiento constante de gratitud hacia la sencillez de la vida que expresan a través de cada aspecto del festival, tanto los grupos musicales, como los que fueron a trabajar, como aquellos que fueron a visitar.  El interés principal no era ganar el concurso o ser el que más vendiera, era generalizar ese espacio de alegría que los afro descendientes viven en su pueblo de origen, que a pesar de tener miles de dificultades es donde más gozan de sus tradiciones.  Sería mágico tener este festival en un municipio Pacífico adentro, pero debido a la gran afluencia de público se requiere de una ciudad con alta capacidad logística como Cali para poder desarrollarlo. Sin embargo, gracias al ambiente uno logra sentirse por momentos en Guapi, Buenaventura, Tumaco o Timbiquí.  Queda la obligación de tratar de conocer algunos de estos municipios alejados que encierran tantos saberes, tanta cultura, tanta riqueza humana y esa explosión musical que se mantiene vigente desde hace cinco siglos, cuando se escuchaba en los reinos africanos, que ni la más cruenta experiencia humana logró acallar.

 

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