Se encuentra usted aquí

¿Cómo se hace la música en el siglo XXI?

¡Música en todo lado y para todos!
Por
Redacción Shock

Para muchas personas la música es un conjunto de melodías y letras que sirven para dedicar al amor real o fallido, para cantar encendidos de la borrachera, para prender una rumba épica, para acompañar un buen duchazo, o para ponerse a meditar sobre quiénes somos y para dónde vamos. Sea como sea, y más allá de las emociones que a cada uno le generen, detrás de cada canción hay jugosas historias sobre los procesos que llevaron a los músicos a construir esos himnos que nos han partido la vida: es un lado b de la música que usualmente se ha quedado en el conocimiento de melómanos y nerdos a ultranza, pero que siempre es bueno destapar y revisar para encontrar nombres e historias ocultas y fascinantes.

Por ejemplo, están los estudios: esos míticos lugares donde las bandas consagradas iban a grabar: desde el mítico Abbey Road en Londres –donde se grabó la mayoría de la discografía de los Beatles, el definitivo Dark Side of the Moon (1973) de Pink Floyd, y recientemente producciones de Lady Gaga o Radiohead–, hasta Sun Studios en Memphis, Estados Unidos –cuna de trabajos de precursores del rocanrol como Elvis Presley, Jerry Lee Lewis o Johnny Cash–, pasando por ejemplos colombianos como los Estudios Audiovisión en Bogotá o el de Discos Fuentes en Medellín donde se gestó la mayoría del chucu-chucu nacional. Todos estos lugares no solo nos hablan de unos estilos musicales sino también de una forma antigua de hacer música y de la industria.

Es decir, estos grandes estudios fueron testigos de una era en la que los artistas dependían de las disqueras tradicionales para que les firmaran un contrato y grabaran su música. La independencia era una utopía y los músicos que coronaban hacían parte de una privilegiada élite. Pero con el cambio del milenio, con la revolución informática, con los incesantes desarrollos tecnológicos, todo cambió. Los equipos para hacer música se abarataron y quedaron disponibles para todos y así comenzaron a brotar geniecitos por todas partes que solo estaban esperando una oportunidad. El estudio, si bien sigue siendo un templo sagrado de la música, pasó a compartir importancia y relevancia con los millones de centros de producción caseros que tan solo requerían de un computador personal de escritorio con un software de sonido. Y claro, también hay que darle crédito a la explosión de redes sociales, plataformas de streamings, comunidades para compartir música, y hasta a la piratería que terminaron de remodelar la industria musical.

Pero las cosas no pararon ahí. Gracias a los fabricantes de computadores y, sobre todo, a desarrolladores de procesadores como Intel, lo que un PC de escritorio y una serie de máquinas robustas podían hacer, fue superado y reemplazado por equipos portátiles, de altísimo rendimiento y, lo mejor, con precios accesibles para muchos. La música, a la par de muchas otras áreas creativas, había quedado a disponibilidad de todos.

No hace mucho Intel lanzó el procesador Intel Core i7-8750H de octava generación tan potente que permite hacer casi que cualquier tarea de alta demanda de máquina sin colgarse. Por ejemplo, para hacer video, motion graphics o efectos especiales acelera el proceso de exportación y optimización de videos, disminuye el ritmo de descargas, y permite hacer transmisiones de alta calidad sin interrupciones; a los fotógrafos les ha permitido editar imágenes de alta resolución en tiempos mínimos; a ilustradores y diseñadores les da la posibilidad de hacer complejos renders en 3D, layouts para web o impresos, o complejas ilustraciones digitales.

Quisimos saber si tanta maravilla era cierta a través de casos reales y por eso buscamos a dos jóvenes productores y cantantes, iconos de esta nueva forma de hacer música y reconocidos usuarios de máquinas con procesadores Intel, para que nos contaran cómo estas tecnologías habían cambiado sus modos de trabajar. Nabález –el joven bogotano que hecho producciones para Morat o Juanes, y que está perfilándose como una de las nuevas promesas del pop nacional– y Yera –uno de los cerebros del colectivo Trapical Minds junto a Lalo Ebratt y Skinny Happy, y autor de hits como Borracha o Andan diciendo junto a las Ventino–, nos contaron sobre sus procesos de trabajo en una carrera donde rara vez paran en casa. ¿Cómo hacen para seguir produciendo tanto hit si casi no les queda tiempo de estar dándole en estudio?

Con ustedes la historia de dos genios de esta nueva era que prueban que la música ya está al alcance de todos y está en todas partes.