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¿Cómo usar la música para acabar el conflicto? Una charla con David Luján

Un caleño, académico y vieja guardia del hip hop, le apunta a hacer una bibliografía sobre la música como elemento central en los procesos de pacificación
(Photo by Guillermo Legaria/Getty Images)
(Photo by Guillermo Legaria/Getty Images)
Por
Eduardo Santos Galeano

En Colombia los grandes patriarcas son el centro del debate público. Las pasiones se dividen entre el amor o el odio que producen y el proyecto político que representan. Una división aparente que pretende devolvernos al anacrónico debate entre derecha e izquierda o capitalismo y comunismo, que lleva enfrentando al mundo desde hace décadas y que en nuestro país ha sido excusa para la matanza y una guerra de nunca acabar. ¿Cómo usar la música para acabar la guerra?

Por Eduardo Santos Galeano //@edusantosg

En medio de la disputa constante por lo que debería ser o no este país, la música y los artistas no han sido ajenos a la realidad política. A partir de las últimas elecciones presidenciales, varios representantes mediáticos de la gran industria comercial como Silvestre Dangond, Sebastián Yatra, Jessi Uribe, Marbelle o Carlos Vives demostraron ser militantes activos de la causa uribista. Mientras tanto, otros han preferido guardar silencio o, desde la orilla alternativa, se han acercado más a la izquierda o al “centro”. 

Por eso, durante este escenario de posconflicto, es importante pensarse la manera en la que la música y la cultura entrarán en nuestra historia política. Más aún cuando, dentro de la misma producción artística, existen lógicas divisiones ideológicas. Ahí es donde ha escarbado desde hace años David Luján, conocido en la vieja escuela del hip hop caleño como Shedda, integrante del colectivo pionero vallecaucano Cali Rap Cartel. En el mundo académico también es pionero, pero en la investigación juiciosa desde la etnomusicología de la escena afrojuvenil rapera de su ciudad durante los noventa, un momento que vivió en carne propia. 

A partir de los últimos años Luján, que es licenciado en Educación Artística, Magíster en Investigación Social Interdisciplinaria y docente de la Secretaría de Educación Distrital de Cali también se ha enfocado en investigar a la música como un escenario clave para la transformación de las sociedades en conflicto. Lo que él llama la formación de “escenarios de no-guerra”. 

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¿Es posible abrir escenarios de paz dentro de una industria musical ideológicamente tan distinta? Hablamos con él para tener luces al respecto desde la visión académica. Lean con calma. 

Leyendo su investigación, me interesó mucho el punto en el que habla de la manera en la que la música puede ser pacificadora así como también puede alimentar odios. En el caso de Colombia creo que no hay mucha música realmente militante, pero varios músicos que hacen parte de la esfera pública sí han decidido adherirse abiertamente a causas como el uribismo. ¿Qué papel cree que entran a jugar estos artistas dentro de la resolución del conflicto? 

No es la expresión musical, cualquiera que sea, la militante, lo es el sujeto creador que decide instrumentalizarla y dotarla de contenidos e intencionalidades específicas. Muchas de las investigaciones de carácter experimental incluyen músicos, practicantes y académicos para analizar la función de la música y sus sonoridades en la resolución de conflictos y su fortalecimiento de iniciativas con las cuales impactar positivamente las diversas problemáticas sociales.

La música ofrece una fuente inagotable de evocaciones, reminiscencias, emociones y flujos cognitivos corpóreos que subyacen a la complejidad de la mente. En muchos de los resultados de esos estudios se evidencian cambios de comportamiento y de estados anímicos a partir de diversos influjos musicales. Más allá de posicionamientos ideológicos, la necesidad de identificar conflictos y establecer su mapeo posibilita acercamientos dialógicos que pueden presentar como resultados una apuesta sonora de la solidaridad, el reconocimiento de derechos espaciales o territoriales, étnicos y ancestrales, entre otros. Un ejemplo es el libro Spaces of Conflict, Sounds of Solidarity_ Music, Race, and Spatial Entitlement in Los Angeles de G.T. Johnson para el caso de Los Ángeles y las diversas alianzas interraciales antirracistas que ella identifica en tanto expresiones culturales.

¿Cómo entraría en un proyecto musical la sonoridad de la solidaridad de Colombia?, ¿qué manifestaciones musicales, urbanas y rurales, populares y de concierto, deberían integrarse y trabajarse en un proyecto pacificador para nuestra nación sonora? Esas son las preguntas que deberíamos responder.

Como quedó evidenciado en el libro La Época del Rap de Acá de Santiago Cembrano, en los últimos años ha habido un boom dentro de la escena rapera en Colombia. Es justamente ese el género musical al que se remite buena parte de su investigación y que, como ha dicho, está relacionado con escenarios como el de la Guerra de Irak. ¿Cómo cree que el género está ligado a nuestro propio contexto de conflicto? 

Todos, como ciudadanos, estamos inmersos en las realidades socioeconómicas y culturales locales. Para muchos artistas colombianos el rap constituye una expresión musical libertaria que permite el ejercicio reflexivo e interpelador con el cual denunciar las injusticias e inequidades sociales que se identifican en un país como Colombia, con una complejidad societal tan profunda. A finales de los 80, cuando la escena rapera colombiana posicionó sus primeras intervenciones públicas en lugares como La Cámara de Comercio y Coltejer en Medellín, El Teatro el Embajador en Bogotá y la ciclovía de la calle 42 con carrera 9ª en Cali, estos espacios fueron lugares de alteridad y transformación social. En la actualidad, se podría pensar que la escena nacional mantiene un carácter hardcore en el movimiento rapero de manera general. Aunque aparecen estilos como el trap con un gran influjo y masividad a nivel mundial, el carácter rapero en Colombia sostiene una perspectiva realista y poética, lo cual con el auge de las redes sociales virtuales se ha intensificado.

En nuestras investigaciones sobre los raperos de Cali se encuentran relaciones de carácter étnico (afrodescendiente), y una fuerte indexicalidad narrativa en las líricas. Esto último se comprende dentro del rap como cierta capacidad pragmática de enganche con las realidades inmediatas de los escuchas y el territorio o espacio convivencial, en tanto conductas musicales e identificaciones culturales, lo cual indica consideraciones artísticas, estéticas y representatividades territoriales. 

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En su artículo académico del 2016 ‘Escenarios de no-guerra: el papel de la música en la transformación de las sociedades en conflicto’, Luján cita el caso del concierto One Love Peace Concert de 1978 en Jamaica como un ejemplo de un gran encuentro centrado en la música que fue clave para pacificar a un país al borde de la guerra civil. En el año de la pandemia y en medio de un escenario de masacres brutal, en Colombia se convocó el #CantoxColombia para que artistas de distintos géneros y creencias ideológicas se encontraran en un solo cartel para manifestarse en contra de la matanza. Las críticas no faltaron hacia este intento de manifestación virtual artística. 

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Pensando en estos grandes encuentros que podrían ser transformadores de conflictos, se me viene a la mente el #CantoXColombia, donde artistas de distintas partes del país e incluso orillas políticas se juntaron virtualmente para cantar y manifestarse en contra de esta oleada de masacres. ¿Cree que una iniciativa como esta puede tener un impacto real sobre los violentos? ¿Desde la etnomusicología ve algún tipo de transformación en un evento como ese? 

En el panorama de los estudios de intervenciones musicales a nivel poblacional existen algunas constantes. La primera, es la necesidad de establecer un carácter procesual en las partes que constituyen las propuestas de trabajo. En este nivel colectivo, todo indica que los espacios compartidos de conflicto exigen un compromiso a largo plazo en el tipo de interacción definida, si lo que desea obtener es un efecto o desenlace a posteriori.

Todos los esfuerzos estratégicos que promuevan estimular sentimientos comunales, relajar las tensiones, mejorar los contenidos de las interacciones, expresar solidaridad, negociar el conflicto y, en última instancia, conducir a la reconciliación, a través de manifestaciones de apoyo, solidaridad, empatía o asertividad en contextos de violencia homicida y relaciones de poder asimétricas son fundamentales en ese tipo de acciones conducentes a una mejor convivencia. El libro Music and Conflict de J.M. O’Connell y S.S. Castelo-Branco recoge diversos ejemplos alrededor del mundo, y es inspirador al respecto, sin duda alguna.   

En el caso de un #CantoXColombia y regresando un poco a la primera pregunta, hubo una polémica por la participación de Carlos Vives, quien apoyó en campaña a Iván Duque, el candidato de los representantes de un lado de la guerra en Colombia. ¿Qué piensa acerca de que se le quieran cerrar este tipo de espacios a artistas que han tenido filiaciones políticas aun cuando se supone que su participación parte de una actitud conciliadora?

Partamos de una premisa fundamental: toda acción implica una lectura, una interpretación y socialmente lo que hacemos o dejamos de hacer tiene implicaciones. Diversos estudios demuestran que los procesos musicales que propenden por entablar diálogos de pacificación y espacios para su ejercicio en sociedades en transición, exigen un accionar práctico. La violencia es una constante en nuestro país. Además de la contemporaneidad, en este sentido los diálogos de paz y música están atravesados de manera inherente por acciones prácticas que responden a la resolución de conflictos. Es importante recalcar que los discursos evidencian la carga de posturas e ideologías, pero en el terreno de las intervenciones de pacificación a través de lo musical, la mediación conflictual amerita llevar a cabo diversas acciones pragmáticas, parte de escenarios éticos de participación alternativa. Los conflictos humanos surgen en contextos donde grupos heterogéneos interactúan entre sí, y eso requiere de actividades cooperativas más allá de los discursos.  

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Así como en el 2017 se formó todo un movimiento en contra de la participación del músico Paul Gillman en Rock al Parque por su apoyo al chavismo, este año hubo protestas en redes por la participación de Carlos Vives en el último #CantoXColombia. La razón: la cantidad de fotos y videos de Vives apoyando a Iván Duque durante su campaña presidencial en el 2018. Vives se ha defendido negando su vínculo directo con Duque y diciendo que “es hora de superar esa militancia”, algo que para muchos no es para nada creíble en este punto. 

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Volviendo al tema de la polarización, para nadie es un secreto que hoy Colombia está fuertemente dividida en bandos. Unos bandos que además viven en una constante tensión alrededor del post-conflicto y sus implicaciones. ¿Hay algún caso histórico en el que la música haya funcionado para reconciliar países al que nos podamos remitir? ¿Vivimos en un contexto atípico? 

El éxito de un proceso de pacificación musical depende de muchos factores y debido a su naturaleza interdisciplinaria no es sencillo, ni existen recetas específicas para alcanzar los resultados esperados, debido a que depende en gran medida de las disímiles variables de cada contexto del conflicto. Existen experiencias locales que se han beneficiado con el ejercicio colectivo de la música en contextos de cohesión social fortalecidos, y algunos de estos resultados los hemos podido evaluar (para próximas publicaciones científicas), demostrando el poder y efectos de la música en espacios de participación social que incluyen entornos rurales, urbanos y poblaciones en situación de migración forzada. Estos estudios establecen que a través de la comunicación en comunidades se ha logrado un mayor sentido de interacción humana, fundamental en contextos conflictivos para la resolución de conflictos, por ejemplo, en experiencias con algunos casos intra-étnicos.

Entre los casos internacionales documentados se encuentran procesos en Brasil, Bosnia-Herzegovina, Noruega, Kosovo (sureste de Europa), Vietnam, Estados Unidos, Azerbajan, Irlanda del Norte, Indonesia, Alemania, Haití, Irak, Canadá, Marruecos, Senegal, México, Croacia, Bulgaria, Rumania, y sobre diversos campos de refugiados en el continente africano la literatura también es masiva, sobre todo desde la musicoterapia. 

Más arriba mencionamos al rap, pero yéndonos al lado más mainstream de la música en el país, géneros como el reggaetón, el vallenato y la música popular mandan la parada. Músicas que en el imaginario suelen ser conflictivas por cargar mensajes machistas y violentos. También por haber tenido una relación estrecha con grupos armados como los paramilitares. ¿Es posible que esta parte de la industria integre los procesos conciliadores que necesita Colombia? 

A nivel mundial la industria musical afronta una crisis manifiesta debido a las bajas ventas de discos. Como sabemos, la digitalización y el streaming redujo presupuestos de producción, bajó las ventas y cerró el flujo de acción de las disqueras a nichos pequeños de consumo, y se presume que esta situación se agudizará aún más. Más allá de los tipos de músicas y estéticas sonoras, la importancia de este tipo de experiencias se refleja en términos de los mecanismos y prácticas participativas y de inclusión, viabilizando la potencialidad de los aspectos biopsicosociales de los miembros de cualquier comunidad, y el posible rescate de aspectos ancestrales e introspectivos de las personas.

Oliver Sacks, en su libro Musicofilia, explicó cómo la música como experiencia comunitaria crea un auténtico vínculo o matrimonio de los sistemas nerviosos. Por ejemplo, a través de la cualidad del ritmo musical que crea comunión, un oyente se convierte en participante de la ocasión musical en curso, la escucha es activa y motora, y se crea un efecto de sincronización de los sistemas nerviosos y las mentes. Pensemos por ejemplo, en los desfiles militares, las marchas fúnebres, los cultos religiosos o los conciertos, donde el poder del ritmo es casi irresistible en la permeación del movimiento y las emociones sociales, así podemos decir que la música nos mueve y conmueve. Sea la que sea.

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Para nadie es un secreto que en Colombia géneros populares como el vallenato y la misma música popular han hecho parte del imaginario del conflicto armado desde hace décadas. Desde corridos guerrilleros hasta el famoso “Que viva la tierra paramilitar” de Poncho Zuleta la música también ha tenido un papel de identificación dentro de la guerra y como ha dicho Luján, puede crear una comunión entre las personas así como hacerlas enfrentarse y entenderse como enemigos a muerte. Esa violencia incluso ha quedado narrada en temas como “Historia de un guerrillero y un paraco” de Uriel Henao, conocido como ‘El Rey de los narcocorridos’. 

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En su intervención en el seminario de Música y Desplazamientos mencionó que es posible utilizar la energía violenta y desplazarla a la creación musical y creativa. ¿En Colombia están puestas las condiciones para que eso pueda pasar? ¿Es posible desarrollar estos procesos desde cárceles en condiciones deterioradas y de hacinamiento? 

Existen algunos casos exitosos de experiencias musicales en prisiones de países como Estados Unidos, España, Inglaterra y Australia. Desde mediados del siglo pasado, se descubrieron músicos increíbles y documentos, como es el caso del cancionero elaborado a cargo de Alan Lomax en cárceles de Mississippi, donde fueron presentadas leyendas como Lead Belly o Robert Pete Williams. El propio Nelson Mandela reflexionó en sus memorias sobre el poder del canto evidenciado en carne propia en su largo periodo de vida en la cárcel. Hace poco fue lanzado un reflexivo documental titulado Modelo Estéreo, del director Mario Grande, sobre la experiencia de vida positiva de dos raperos en la Cárcel Distrital de Bogotá a través de la música. En este sentido, las experiencias que podemos denominar de aprendizaje, experimentación expresiva y constructiva de la vida misma dentro de los penales son aspectos que hacen parte de un complejo espacio por sus degradadas condiciones de habitabilidad.   

Cuatro años después de la firma de paz, ¿cómo ve que la música ha tenido un papel dentro del post-conflicto? ¿Han existido procesos de diálogo importantes desde la música en el país durante este tiempo o todavía falta trabajo?

Sí, la música como expresión artística tiene un gran potencial como mecanismo que cohesiona esfuerzos y disímiles voluntades. Puede ejercer un papel muy importante en el marco del post-conflicto, pero requiere un proceso que presente una apuesta integral que articule sectores, instituciones y la comunidad. No es fácil que arroje los resultados esperados en corto tiempo. Es importante señalar la función de la música en diversos contextos juveniles del panorama nacional, y su papel en la transformación conflictual, más allá del divertimento ocasional, a través de la creación y reflexión, respecto a su capacidad para movilizar y construir esfuerzos en torno al diálogo y resolución de conflictos territoriales (las fronteras invisibles), ideológicos o atribuidos a factores externos. Lo anterior, si consideramos que para muchas personas de diferentes edades y orígenes la música es considerada no solo una válvula de escape a los problemas cotidianos, sino que también comporta la posibilidad de movilizar ideas de un mundo mejor posible, que alienta a diversos conglomerados a pensarse como una opción trascendental que, articulada y potenciada de forma integral.  

Para ver | Un canto x Colombia vuelve a unirse contra las masacres

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