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¿Dónde está y para dónde va el reggae en Colombia?

¿Está muriendo el reggae en Colombia? ¿Hay escena? ¿Para dónde va la movida?
Foto Daniel Álvarez
Foto Daniel Álvarez
Por
Fabián Páez López

Hay un notorio crecimiento del público del reggae en Colombia. La asistencia masiva a un festival como el Jamming y las décadas en actividad de bandas como Alerta, Providencia, Ras Jahonnan o De Bruces a Mí suenan alentadores, pero para los actos locales la cosa no despega: factores como la hibridación musical, la distancia imaginaria entre el roots y el dancehall, y la escasez de espacios para los nuevos proyectos indican que el entorno todavía es muy rudo.

Por Fabián Páez López @Davidchaka

Antes de la versión 2016 de Rock al Parque, que es como un termometro de las escenas nacionales, nos preguntamos en un artículo por la merma de actos de reggae en el festival (Vea: ¿El reggae bogotano se estancó?). El evento, firme y sin falta le dedicaba cada año una tarima al reggae y al ska, pero bajó la cuota de representantes de esos ritmos desde esa edición. Y a pesar de que nombres como Alerta, Ras Jahonnan, Nawal, De Bruces a Mí, Providencia, Coffe Makers o The Klaxons le abrieron trocha al género desde hace años y se mantienen vigentes, señalábamos que las nuevas bandas eran cada vez más escasas, o que se estaban quedando sin la visibilidad que parecía iban a tener en 2007, año en el que el periódico El Tiempo escribía sobre una atípica explosión de estos ritmos en la capital.

Solo hubo dos actos de reggae locales en Rock al Parque 2016 y el año siguiente se mantuvo la tendencia a la baja. El oriundo de la isla de Providencia, Elkin Robinson, fue el único artista local que figuraba como representante del género, aunque su sonido está más emparentado con el mento y la música tradicional antillana.

A estas alturas, la sensación que transmite la escena reggae local parece ambigua. Al mismo tiempo que el público crece, los espacios se cierran. Las bandas locales no encuentran campo y las nuevas lógicas de la industria y del consumo de música han propiciado que el género mute, en formato y sonido, a lugares que todavía no se ven como un movimiento fuerte.

¿Está creciendo la escena reggae?

Son muchos los pequeños proyectos que mueven esa cosa amorfa (compuesta por músicos, productores, empresarios, promotores, gestores y público) que llamamos ‘escena’ reggae. Pero la prueba más certera de que hay público interesado tiene letrero y dirección en el corazón de Chapinero: el bar Casa Babylon.

Ha sido tanto el crecimiento de este lugar que en los últimos años tumbaron las paredes para expandirse y recibir a un público que hace fila todos los fines de semana. La fiesta y la programación del lugar no descansan. Allí mismo, también se cocina desde hace siete años una marca festivalera cada vez más sólida: el Jamming, un evento que pasó de 4.000 a 20.000 asistentes en siete ediciones y que ya tiene un hijo pequeño, el Jamming Summer (que ha celebrado dos ediciones fuera de Bogotá en Ricaurte, Cundinamarca, a dos horas en carro de la capital).

Desde luego, si bien Casa Babylon es hoy por hoy el espacio central, no es el único que está moviendo al parche. Del 28 de abril al 28 de mayo, por ejemplo, es el mes del reggae en Bogotá. Durante 30 días hay una serie de eventos académicos, audiovisuales y musicales organizados por la fundación SUWAO en todas las localidades de la ciudad. La celebración termina con el Rototom Colombia, la franquicia del festival más grande que tiene el género en Europa y que en su versión criolla tiene un cartel con más de 20 nombres entre dj y bandas.  

Pero la vuelta de tuerca de ese crecimiento, según Alexander Bonilla, cartagenero fundador del portal web ReggaeColombia.com (uno de los pocos medios especializados que le quedan al reggae en el país) es que todo está centralizado en la capital. Visto desde afuera, para que una banda local tenga espacio, no hay opción que no sea trastearse a Bogotá. Desde cerca, la cosa es mucho más compleja, pues si bien hay eventos masivos, el espacio y la demanda para las nuevas bandas son limitados. Por poner un ejemplo, solo siete nombres de reggae o dancehall locales han pisado la tarima del Jamming en ocho ediciones: Ras Jahonnan, Alerta, Afaz Natural, De Bruces a Mí, Lion Reggae, Magical Beat, Profetas y Hety & Zambo (Ha habido más actos nacionales, claro, pero de otros géneros de música afrocaribeña o de hip hop).  

Con la desaparición del Rastazo hace varios años en Bogotá, la ruta Rock al Parque, Jamming, Rototom y el Festival Altavoz (Medellín) no son suficientes para formar y hacer crecer un proyecto. Las tarimas pequeñas o intermedias son contadas. “Si está difícil para nosotros que llevamos años, imagínate para los pelaos. No encuentran dónde tocar”, cuenta Afaz Natural, uno de los nombres de la escena local que ya pisó las tarimas grandes y recién cumplió 10 años de carrera.

El nuevo mapa del reggae y la economía del soundsystem

A lo largo y ancho del país se hace reggae, pero el sonido y el formato están en proceso de hibridación y desencuentros. Hay roots clásico, new roots, fusiones y una oleada creciente de singjays.

Camilo Restrepo, integrante de una banda de la vieja guardia de la escena paisa, Providencia, cuenta que la explosión que tuvo la movida reggae y ska a finales de los noventa vio su punto mediático máximo alrededor del 2005, pero desde ese entonces ha bajado el interés por las bandas locales y “lo que nos encontramos del 2010 para acá es el boom de los mc y el dancehall” (conocidos también como singjay).

Para Camilo, en Medellín, a diferencia del circuito ska y rocksteady, el reggae roots no revivió con la misma fuerza que otros géneros en los últimos años. Hubo una mutación que difuminó al género entre los formatos reducidos y los híbridos pop o de cantautores alternativos como Salomón Beda o Solo Valencia; o las fusiones que ocasionalmente juegan con el reggae, como Ciénaga, La Ronera o Payambó.

Además de los viejos conocidos, y por mencionar a algunos, en tiempos recientes, se mantienen Makonnen Soul, Tarmac, Ghetto Warriors y Lion Reggae en Bogotá; Afaz Natural, Mística o Latifa en Medellín; Tubará en Barranquilla; Cuna Guane en Bucaramanga; y, por supuesto, la extensa camada de San Andrés y Providencia en la que figuran Elkin Robinson o Irie Kingz.

Es difícil meterlos a todos en un mismo costal. La tendencia es que se han ido desbaratando las fronteras de género y formato en el reggae. Ha sido una renovación que tiene que ver con un forzoso acoplamiento a la lógica festivalera.

“Cuando me llaman para un show yo doy un precio con banda y otro en formato soundsystem. Los empresarios casi siempre eligen el más barato. Por eso me ha tocado a mí gestionarme mis propios eventos. Es muy difícil hacer un evento acá, la gente no paga más de $20.000 por ver un solo artista. Si tú lo ves en un festival en el que pagan unos $200.000, cada nombre termina costando eso. Lo que importa es sumar artistas al cartel”, dice Afaz Natural describiendo una lógica económica que no solo ha pegado duro en el reggae, sino en todos los campos de la música; y que explica también la cantidad de dj que figuran en los carteles de los festivales.

Naturalmente, los proyectos de reggae en el mundo han cambiado su sonido hasta tal punto que muchos hablan de una ola de new roots. Sintetizadores, electrónica, EDM, cruces con hip hop y una exploración sonora más amplía definen los proyectos de los nuevos nombres que están triunfando en el mundo, como Chronixx, Protoje o Skip Marley. En Colombia, esos cruces se encuentran también con las músicas tradicionales.

A la avanzada del nuevo roots hay que sumarle también que el hijo discotequero del reggae, el dancehall, ya es un fenómeno gigante que no solo ha sido bien recibido por su potencial comercial y bailable, sino porque, para cuestiones logísticas, cumple los estándares de ser un formato más rentable que el de una banda abultada.

El camino pendiente para el reggae termina siendo el mismo que sufren muchos movimientos musicales que quieren nadar en la corriente comercial: adaptación a las condiciones o morir. Pura selección natural.

(Vea también: Jamming 2018, el festival de las improbabilidades) 

 

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