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El viaje cultural de Gabriel Garzón-Montano: 'Agüita'

El cantante anglocolombiano habló con Shock durante la grabación en Medellín del video de su nuevo sencillo.
Por
Santiago Cembrano

I

Desde que le contaron la historia, el ritmo de la frase lo atrapó. Agüita, mi niño. Así le conto un amigo a Gabriel Garzón-Montano que pedían cerveza en un bar de Ciudad de México. Cualquier otra forma, como deme una cerveza, por favor, era ignorada: había que decir Agüita, mi niño. Esa frase rápidamente se volvió en un ritmo para el cantautor colombo-franco-estadounidense: la empezó a repetir y cantar a ritmo de triplete. Así nació Agüita, la nueva canción de Garzón-Montano, producida –como toda su música– por él mismo.

Por: Santiago Cembrano // @scembrano

Nacido en Brooklyn en el 89, Gabriel Garzón-Montano es músico y cantante. Hijo de un colombiano y una francesa, su mezcla cultural también lo ha llevado a mezclar músicas como R&B, soul y funk. Su álbum debut fue Jardín, publicado por el mítico sello indie Stones Throw Records. Hombre orquesta, aprendió a tocar batería a los 12, y luego pasó a la guitarra, el piano y el bajo. No son conocimientos olvidados: él toca todos los instrumentos en sus canciones.

Gabriel cuenta esta historia en una terraza de El Poblado, Medellín, donde está para grabar el video de “Agüita”, su nuevo sencillo. Para escribir la letra, exploró las posibilidades semánticas de “agüita”, como que en inglés “drip” (que traduce goteo) es sinónimo de estar bien vestido. Ahí fueron viniendo otras palabras como “aguacero”, “emparamado”, “mojado”, “gotas”. “Todo me parecía muy fértil para hacer una canción que fuera profunda, con capas”, explica el cantante.

Garzón-Montano explica que la instrumental de Agüita empezó como un cover de Fruit Salad de la cantante y rapera Tierra Whack: de ahí fue mutando hasta lo que terminó siendo el beat de Agüita. “Le puse flautas. Quería darle un aspecto de cumbia de Totó La Momposina, ese es el porqué de algunos sonidos más orgánicos. Todo está dentro de un estilo muy de trap de Atlanta para crear el beat”, explica Garzón-Montano sobre el proceso de musicalizar esa frase, ese motivo que le dio vida a la canción: Agüita, mi niño.

El día que tuvo lugar esta conversación fue en pleno rodaje de Agüita. Este video, como varios de los anteriores que ha hecho para sus canciones, es responsabilidad de Santiago Carrasquilla. Se conocieron cuando tenían 18 años, en Los Ángeles: sus novias de entonces eran mejores amigas. Se hicieron amigos inmediatamente. Lo primero que hicieron juntos fue la portada del primer EP de Garzón-Montano: Bishouné: Alma del Huila (2014), y a los pocos meses hicieron un video. Agüita será el sexto video que hacen juntos.

Para ponerse de acuerdo respecto a qué quieren hacer en cada video, explica Santiago, “nos sentamos a imaginar cosas y vamos compartiendo esas imágenes. Nos basamos en la canción y su energía”, dice. Las imágenes y las decisiones también surgen de lo que llaman la vida real. Parte del video de Agüita tiene lugar en Pereira, porque Garzón-Montano tiene una finca allá y en los últimos tres años ha ido varias veces y ha conocido gente.

Juntar el paisaje industrial con el natural, para lograr contrastes grandes, era algo que Garzón-Montano quería lograr en Agüita. Por eso, explica, el video puede pasar de un guadual a un grupo picando sus motos. Buscó también lograr un “misterio ansioso”, que la gente no supiera bien qué está pasando. Así se va armando el mundo al que Garzón-Montano quiere invitar a sus oyentes en Agüita y el disco que viene.

Si bien lo principal es el resultado final del video, también importa que incluya símbolos que representen sus vidas. “Por eso estamos en Colombia, es la segunda vez que grabamos acá. Gabriel es colombiano, yo soy colombiano, pero hemos vivido la mayor parte de nuestras vidas por fuera del país. Estos trabajos son un retorno a nuestras raíces. Poder estar hablando de esto en español, para nosotros que no vivimos acá, tiene un poder especial”, acota Carrasquilla.

Agüita es el video más grande que han hecho Gabriel y Santiago, tanto por su presupuesto como por lo que esto permite: tener bailarinas, traer un equipo de cámaras desde Estados Unidos, trabajar con una productora y tener 50 personas en el set en un día. Para Carrasquilla, es el momento preciso para hacerlo así. Los videos anteriores que han hecho les han dado la experiencia y los aprendizajes necesarios. Ya cometieron muchos errores con el mismo equipo principal, por lo que ya están preparados para entrar a una nueva etapa.

La inmediatez del momento: ese fue el que concepto que se quiso transmitir con el video de Agüita. Carrasquilla y Garzón-Montano querían que la gente se sintiera atraída a lo que está pasando en el video, que se vieran obligados a estar presentes en lo que está pasando. Aparte de esa premisa principal, profundiza Carrasquilla, y de jugar con la noción y posibilidades del agua, el movimiento de las cámaras fue un punto clave. “Estamos basando mucha de la estructura del movimiento y la edición del video en ideas específicas de cómo se debe mover la cámara para unir escenas que son, a propósito, una muy distinta de la otra. Las queremos atar con el movimiento de la cámara y la energía que trae”, concluye el director.

II

Los contrastes y la fluidez entre distintas identidades e ideas son columnas del disco (al que pertenecerá Agüita) en el que está trabajando Garzón-Montano. El disco busca abordar ese turismo cultural del que él ha sido parte con sus tres nacionalidades, ese que ha sentido cuando en Estados Unidos no es gringo, pero en Colombia tampoco encaja.

“Me fijaba en Drake, un canadiense que decidió ser de Houston y de Atlanta. Lo aceptaron por su búsqueda y su trabajo, por la ejecución del sonido a base de estudiar los grandes. La gente escoge la familia. No basta con nacer en un lugar. Uno va armando un mestizaje propio a base de sus intereses”, explica. Garzón-Montano, pues, reta la idea de la identidad como un monolito sólido, e invita a escucharla como algo fluido, en movimiento, líquido: como el agüita.

Ese proceso ha sido liberador y sabroso, cuenta. Le ha permitido encontrar poder en cosas que hasta entonces se había negado. Ha aprendido a abrazar ese mestizaje, porque en principio, dice, fue “fucking confusing” crecer con tres identidades entrelazadas. “Uno se siente como un turista, y a nadie le gusta el turista. También es lindo conocer algo diferente. Yo era muy exótico para un gringo. En la casa hablaba español y francés; y en la calle, inglés”, recuerda.

La búsqueda musical de Garzón-Montano es una de ruptura, de desestabilizar lo dado, de develar lo natural como cultural. “Como dice Ru Paul: uno nace desnuda y el resto es drag. Todo es performance. Uno es una bola de energía y ya, el resto es un disfraz”, afirma. Por eso quiere amalgamar todas sus experiencias e identidades, así como sus intereses musicales: “No se ve a alguien que pueda sentarse al piano y hacer una poema bien lindo con unos acordes bien raros, y después pararse y romperla en la disco. Ahí vi un espacio donde podía aportar algo”. Esto lo hace con cariño y con la convicción de que va a florecer, pero también admite que sabe que le conviene desde una perspectiva comercial.

Haber crecido en Nueva York le dio a Garzón-Montano las herramientas para establecer diálogos interculturales –y entre géneros musicales– en su música. Por un lado, dice, en Nueva York se consolidó la salsa, que a su vez reúne distintas influencias, con estilos viejos y nuevos, como quiere hacer él. Sin embargo, aclara, necesita el Caribe, que lo aterriza y le recuerda la clave y el tumbao’. También explora hacia África, aún si esa parte de la herencia, plantea, ha sido borrada. “El español es una lengua africana, y no se enseña en el colegio que los moros y los africanos islámicos ocuparon España ochocientos años. Se enseña que España ocupó este continente por 400 años, la mitad. ¿Cuál es más contundente? ¿La Alhambra dónde se ve por aquí? En Cartagena hay un castillo de invierno. Ahí se nota el racismo que no permite que la gente experimente con culturas”.

Sus postulados son poco convencionales, pero no son comentarios excéntricos porque sí, sino que lo guían a un descubrimiento musical de resistencia y reivindicación cultural que plantea con Agüita. “Uno ni siquiera sabe quién es y se califica a partir de un lenguaje con necesidad económica, de vender una mierda. Ahí me di cuenta de que esto es una protesta. Esto es grande, mucho más que un trap. Eso es la propuesta, la tesis. Como Bruce Lee, hay que ser como el agua: acomodar, no resistir”, afirma. Por eso, canta en Agüita, en el barrio de Brooklyn lo mueven hasta San Basilio. En Atlanta se escucha Totó, en Bogotá ponen Migos. Es decir, las fronteras son una ficción.

La columna vertebral va quedando clara: retar identidades, romper paradigmas, crear a partir de la confusión que puede generar crecer en Brooklyn con herencias colombiana y francesa. Por eso, no se queda solamente en su búsqueda personal, sino que hace una invitación amplia a que todos conozcan la música a su manera: “Que todos toquen los instrumentos, que hagan la letra, que graben en cinta. Que eso exista al lado de un sonido básico y popular que cuenta todo”, propone.

Antes de hacer Agüita, Garzón-Montano dice que estudió la música colombiana y pensó que podía aportarle nuevo con esta canción. “Acá los artistas más populares no tienen un sonido agresivo. Yo quería meterle más raspar la voz y hacer lo que hacen los gringos. Lo que yo escuchaba de la música comercial colombiana es que es muy suave, muy placentera. También en la letra, no sé, quería meter palabras más allá de las normales, dentro de un esquema bien comercial. Esta canción representa romper con una estética de una manera muy brava y por lo tanto muy deliciosa”.

Si insiste en relacionar su propuesta con el rap es porque es un género en el que la gente no quiere ser linda, explica, en el que no se busca tener una voz bonita. “Young Thug se atreve a estirar su voz. Rompe con la estética placentera. Los raperos están innovando con eso, son los que empezaron a ir primero que el tambor, adelante del beat, como DaBaby. No creo que Adele o Sam Smith hicieran eso, sería como un error”, propone. Así, dice, los raperos están abriendo caminos para que las personas canten sin miedo y no se encarcelen en propuestas obsoletas.

Gabriel Garzón-Montano sabe que su propuesta es ambiciosa y que solo funciona si está bien hecha. “Si está mal hecha esta conversación no ocurriría, nadie se interesaría. Sería un no evento. Pero si se hace bien…”. Es temerario cuando habla y busca serlo cuando crea. Esa es parte de la búsqueda que trata de responder con su arte, como también lo es sanar y transformar. No huye del miedo, sino que lo usa para saber justamente qué debe intentar. Él sube la vara de exigencia, y dice que una canción como Agüita podría acabar con su carrera si se ejecutara mal, “porque qué pena salir con un rap que no funcionó”. Incluso, cuenta, la escondió mientras hacía el disco, y a la hora de mostrarla no creían que fuera él.

Esa ruptura es lo que lo emociona y guía, al final de todo. “La continuación es una cosa muy agradable. Pero romper con ella representa los momentos más grandes en el arte”.