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J. Cole trabaja duro en 'The Off-Season'

Con el álbum 'The Off-Season', J. Cole, el veterano rapero de Fayeteville, Carolina del Norte, vuelve a la ética de sus primeros mixtapes: el entrenamiento como la única forma de mejorar y hacerse grande. El esfuerzo se le nota, y esa es la virtud y la debilidad en sus canciones.

J. Cole en concierto - New York, NY
J. Cole en concierto en el Madison Square Garden en octubre 1 de 2018 en New York City.
// Foto: Steven Ferdman/Getty Images

J. Cole estaba borracho y trabado cuando, en la mitad de una fiesta, sintió el peso de la vida aplastar su pecho. Salió al patio a tomar aire y, en unos minutos, se vio envuelto en una intervención de parte de sus amigos.

Por Santiago Cembrano | @scembrano

Era 2007, tenía 22 años y ya se había graduado con honores de la universidad de St. Johns. Estaba quebrado, pero no pensaba ejercer su título de comunicaciones. Había publicado el mixtape The Come Up, y esperaba un contrato discográfico que le cambiara la vida.

Esa noche, en el patio de la casa donde estaban, sus amigos lo retaron: si tanto amaba el rap y quería construir una carrera como MC, ¿por qué siempre estaba de fiesta? ¿por qué estaba tan relajado si no había logrado nada? Él pensó en el basket, su otra gran pasión; en por qué no había llegado a la NBA, como soñaba de niño. La respuesta: no había trabajado lo suficiente, no lanzaba mil tiros al día. Si quería lograr una carrera en el rap, tenía que esforzarse y trabajar más. Mucho más.

El rapero de Fayeteville, Carolina del Norte, empezó a escribir y hacer beats todos los días. Se retaba y hacía ejercicios para empujarse y elevar su habilidad. De esa revelación y ese enfoque vigoroso y renovado surgió The Warm Up (2009), su segundo mixtape.

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En la portada, un joven Cole, encapuchado, abraza un balón. La metáfora del baloncesto como rap, y viceversa, se extendió a la portada de su tercer mixtape, Friday Night Lights (2010): la silueta de un jugador, que se agarra la cabeza preocupado, sobre un balón. Incluso está presente en su álbum debut Cole World: The Sideline Story (2011). Y es a esa mentalidad, a esa ética, a ese acercamiento al rap y a la vida, a los que J. Cole retorna con The Off-Season, su nuevo disco, publicado el 14 de mayo de 2021 por Dreamville (Roc Nation Records), y su primero desde KOD (2018). En la portada, un Cole de 36 años, con experiencia y veteranía, descansa frente a un aro de baloncesto en llamas.

J. Cole es uno de los raperos más grandes de su generación. Se ha constituido como un autor que puede elaborar proyectos conceptuales con ambición de profundidad sin sacrificar ni un ápice de éxito comercial: todos sus álbumes han sido discos de platino, con más de un millón de copias vendidas cada uno.

Ha rapeado sobre el entorno en el que creció (2014 Forest Hills Drive), contado historias que honran la memoria de sus amigos muertos (4 Your Eyez Only) e incluso, con los años, asumido el rol de mentor para advertirles a los raperos más jóvenes sobre los peligros de los excesos de la fiesta y la fugacidad de la plata y la fama (KOD). Lo logró. El trabajo duro no fue en vano. Pero la situación es esta: ¿qué hace un rapero de 36 años con varios discos de platino, dos hijos y la vida solucionada? Jugar basket en la liga africana, como hizo Cole en el mes pasado cuando firmó por algunos partidos con el Patriots Basketball Club y mostró que como basquetbolista es buen rapero. No, pero en serio, la respuesta de Cole a esa pregunta es The Off-Season.

A diferencia de sus últimos tres álbumes, la plantilla de The Off-Season, el mejor disco del primer semestre del 2021 para el portal Complex, está cargada de colaboraciones: en el micrófono, Cole invita a 21 Savage, Morray, Bas, Lil Baby y 6LACK; en la producción, a Boi-1da, Timbaland, Jake One, TaeBeast, T-Minus y DJ Dahi.

J Cole The Off Season cover album
The Off Season (2021) - J. Cole
// Album cover

Su enfoque también es mucho más abierto, un contraste claro frente a la insularidad que lo había caracterizado recientemente. En general, se siente ligero: salta de flow en flow y aborda distintos temas como quien está en la cancha puliendo sus movimientos (los tiros libres, el juego de pies en el poste, la media distancia saliendo de la triple amenaza) para competir por el anillo una vez más la temporada que viene, como si fuera LeBron James, uno de tantos jugadores de la NBA que referencia. Y en 1 0 0 . m i l hace una gran afirmación, en consonancia con LeBron y ese es el momento en el que reconoce su lugar en la historia del rap: “I’m on that Mount Rushmore / You niggas can’t front no more”.

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La comodidad es el enemigo claro para J Cole en este momento de su vida, como lo revela en el minidocumental Applying Pressure, que captura el proceso de The Off-Season, y en una entrevista con Brandon “Jinx” Jenkins para la mítica revista Slam.

¿Cómo mantener su lapicero afilado y evitar la complacencia? Cole cuenta que luego de hacer 2014 Forest Hill Drive pudo estar tranquilo por primera vez en años. Se permitió ver series, jugar videojuegos y vivir de una forma de la que antes huía porque debía seguir trabajando para mejorar. “Me di ese tiempo. Y con ese tiempo vinieron pensamientos muy cómodos. Como ‘Hey, más o menos llegaste a donde siempre querías llegar, ¿ahora qué?’”, le confesó a Jenkins.

Como no había maximizado sus habilidades, siguió empujando con más fuerza. Después de todo, Jordan nunca dejó de entrenar, ni cuando era claramente el mejor del mundo y acumulaba anillos año tras año. Es más, porque entrenaba como lo hacía era que se mantuvo en la cima tanto tiempo mientras lo intentaban tumbar. Añade Cole: The Off-Season representa el trabajo que toma llegar a lo más alto de lo alto, las horas y meses y años que toma llegar a un estado óptimo”.

Aunque The Off-Season no tiene un concepto único, hay dos ejes temáticos que lo impulsan: el entorno violento de Fayeteville al que Cole sobrevivió y su estatus como uno de los grandes de la historia del rap. Ambos están entrelazados, como si los uniera una relación causal (que Cole no explicita): es grande precisamente por lo que vivió.

En 9 5 . s o u t h, que abre el disco, presume lo fácil que se le da rapear y lo mucho que vende, e inmediatamente yuxtapone esta afirmación con recuerdos de la época cuando manejaba de Carolina del Norte a Nueva York y el asfalto a su alrededor estaba lleno de casquillos de plomo.

En a m a r i celebra sus triunfos y resalta el hambre que aún lo impulsa y en m y . l i f e se adentra en la historia de adicción que corroe a familia y la pobreza que precedió su éxito en el rap. Y no sería un disco de J. Cole si no incluyera pasajes que para sus fans son regaños y consejos necesarios y para sus detractores sermones insoportables que muestran su peor versión: en a p p l y i n g . p r e s s u r e invita a los raperos que fingen tener plata y ni pueden pagar la hipoteca de su casa a ser honestos y abrazar que están quebrados, así como él lo estaba cuando empezó.

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J. Cole suena rejuvenecido en The Off-Season, equilibra la ética neoyorquina de las barras que lo crio con flows doble tempo y experimentos melódicos más cercanos al sur de Estados Unidos y de su casa en Carolina del Norte. En la producción, por momentos hay boom bap contemporáneo, así como elementos de trap.

Es la evolución lógica del sonido de J. Cole, versión 2021, tras años de buscar el balance entre sus distintas influencias e intereses sonoros (y comerciales), y su propia forma de incorporar todo lo aprendido. Dentro de su entrenamiento es claro que le importa la versatilidad: quiere dominar todos los flows, partir todo tipo de beats. En esta misión le ayudan invitados como 21 Savage y Lil Baby, dos de los nombres más rutilantes del firmamento rapero actual, que claramente inspiran el estilo de Cole en el disco.

No lo dice ni en la entrevista ni en el documental, pero seguro que parte de las horas de trabajo también está direccionada a adaptarse al panorama, a mantener sus fundamentos de vieja escuela con los sabores de la nueva camada, como un poste que aprende a lanzar triples para mantenerse vigente.

La disposición de Cole a evolucionar puede ser una fortaleza de The Off-Season, pero también es la principal debilidad del álbum. Al medir su flow moderno con sus invitados suele quedar en evidencia, como si Shaq se midiera con Curry en lanzamientos desde media cancha. Sobre todo, la búsqueda de nuevos estilos ha diluido su sonido persona, su huella digital, lo que es suyo y de nadie más en el rap.

¿Qué diferencia a J. Cole del resto de raperos del 2021 cuando él voluntariamente está surfeando olas exitosas propulsadas por otros? Además de Lil Baby, por ejemplo, en The Off-Season se escucha la marca de raperos como Future y Swae Lee. Y a J. Cole no le quedan mal estas estructuras, pero ya hay otros que lo hacen mejor. Si un caballito de mar invierte 10.000 horas en intentar volar, por más que se esfuerce difícilmente alcanzará a un halcón.

Pero si Cole confía tanto en los frutos que resultan del trabajo duro es porque fue lo que lo elevó de un rapero interesante a una súper estrella global. Lo suyo no es el talento innato ni el carisma magnético. No se puede olvidar que su primer disco, Cole World: The Sideline Story, fue un trabajo mediocre, y varios de los problemas de ese proyecto se trasladaron a su segundo álbum, Born Sinner. Pero a punta de esfuerzo y voluntad subió de nivel.

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A partir de Forest Hill Drive encontró su lugar, una forma más contundente de expresar sus ideas y una atmósfera sonora que se adaptaba a las historias que quería narrar. Mejoró en todos los campos. No pudo eliminar todas sus debilidades, pero, en retrospectiva, sí es notable cómo logró establecerse como un rapero de alto nivel a través de una jornada que se asemeja al sueño americano del rap, en el que el sudor desemboca en un océano de éxito.

El problema es que Cole, lo ha dejado claro desde el principio, aspira a ser más que un rapero de alto nivel: quiere estar entre los nombres que se nombran cuando la pregunta es quién es el mejor. Sus referentes son Jay-Z y Nas y todo un panorama de clásicos, nombres indelebles que, más allá de gustos, cuentan con el respeto absoluto de todo el hip hop. Ellos construyeron un mundo propio, formas de rapear, de escribir y de encarnar la cultura, tanto así que no se puede morder su estilo, so pena de ser centro de burlas y dedos acusatorios. Por eso es confusa la decisión estética de Cole de avanzar por caminos que raperos más jóvenes que él construyeron: su identidad propia, lo que lo hace distinto, se diluye en la misma medida que sus canciones se adaptan bien a la corriente principal del rap en el 2021.

En 1 0 0 . m i l’, además de enunciar su pertenencia al monte Rushmore, Cole afirma que sigue mejorando, incluso después de quince años en el juego. A diferencia del basket, en el que las horas en el gimnasio no pueden derrotar el paso del tiempo, J. Cole sabe que su nivel no tendría por qué disminuir si él no baja la guardia ni se duerme en sus laureles.

“Si bajara de nivel, sería porque lo permití. Puedes ser víctima de eso y aceptarlo y seguir haciendo música porque sí o por negocio, o puedes de verdad trabajar las horas, meses y años que necesitar para maximizar tu habilidad. Así, cuando mires atrás podrás decir cómo ‘De verdad me empujé tan fuerte como pude’”, le dice a Jenkins para Slam. Insiste en el tema de las horas, porque para él es la diferencia entre los talentosos y las leyendas.

J. Cole en el NBA All-Star Saturday Night
J. Cole haciendo gracias en el All-Star Saturday Night de la NBA en el Spectrum Center. February 16 de 2019 en Charlotte, North Carolina.
// Foto: Kevin Mazur/Getty Images

Y acá es donde su teoría de las horas de trabajo se queda coja. Kevin Durant trabaja duro, claro, pero su habilidad para anotar 30 puntos por noche con la misma facilidad que su vecino se para de la cama no viene solo del entrenamiento: hay un talento anterior que el entrenamiento potencia y resalta, pero que no depende de la voluntad ni el esfuerzo. Andre Drummond, el poste de Los Lakers, seguro trabajó duro durante toda su carrera, pero así hubiera trabajado el doble no habría alcanzado a ser ni la sombra de postes como Hakeem Olajuwon o Kareem Abdul-Jabbar.

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La gracia de los mejores raperos es que hacen parecer fácil algo que para el 99% de la humanidad es imposible, y uno de los problemas de J. Cole es la intensidad con la que se marcan las venas de su frente, el esfuerzo máximo que se nota en sus canciones y él mismo se encarga de resaltar. Cuanto más destaca las horas de trabajo invertidas, más se aleja J. Cole de ese panteón de los que exudan talento solo con abrir la boca y decir hey yo.

The Off-Season es un disco decente y J. Cole es un buen rapero. La pasión con la que se acerca al rap, y esa determinación de no dejar que nadie trabaje más duro que él son entrañables. Seguramente pasará a la historia como uno de los principales nombres de su generación y su racha de discos platino sin colaboraciones será recordada, aún si sus barras no son tan notables como a él le gustaría pensar.

Al final, más allá del monte Rushmore y de su estatus en el ranking histórico del rap, la gracia de ese espacio entre temporadas a la que remite The Off-Season es retarse a uno mismo, seguir mejorando, pulir los puntos débiles. No por nada este disco, que puede pensarse más como un mixtape, antecede su siguiente álbum, The Fall-Off, que continuará su batalla contra la complacencia y la comodidad, con ese momento en el que supuestamente los raperos empiezan a decaer. Aunque apunta al MVP, todo su trabajo le ha hecho merecedor de otro premio, que simboliza su carrera: el del jugador que más ha mejorado. Pero Julius Randle no es Nikola Jokić.

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