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Korn: el debut de un gigante y una promesa cumplida

El show de Korn en Bogotá no solo supuso el gigantesco debut del gran bajista de 12 años, Tye Trujillo, sino un llamado generacional al rock duro.

El show de Korn en Bogotá el pasado 17 de abril no solo supuso el gigantesco debut del gran bajista de 12 años, Tye Trujillo, sino un llamado generacional al legado del rock duro.

Por Eugenio Chahin // Fotos: Daniel Álvarez

“Metal show with a Hip-Hop low end”, eso decía en el rider técnico que recibió la producción local por parte de Korn semanas antes de su segundo concierto en Colombia. Y eso al final del día quería decir realmente es que el bajo iba a tener que sonar como un hijuemadre.

Los que hayan escuchado al menos una canción de la banda o visto alguno de sus videos saben cómo es la cosa, y por supuesto, las 3000 personas que entraron ese 17 de abril por las puertas del Chamorro Entertaiment City Hall sobre la Autopista Norte de Bogotá habían hecho ambas cosas ya, muchísimas veces antes.

De todos modos eso de  “el bajo” –o, más puntualmente, “el bajista”– resultaba precisamente el signo de interrogación que habría de manera gigantesca la actual estancia suramericana de la banda californiana, que comenzaba su recorrido justo con esta fecha para después pasar por Brasil, Argentina, Chile y terminar en Perú. Citando motivos de fuerza mayor, el integrante fundador Reginald “Fieldy” Arvizu se vio obligado a no aparecer en este tramo de la gira.

Tras unas pocas semanas de haber asimilado la eventualidad, y con Right Now y Here To Stay abriendo su presentación, Korn se paraba firmemente frente a su ruidoso público local junto a una decisión de remplazo que medía algo más de un metro y medio y respondía al monosilábico nombre de Tye.

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Internet ya se había encargado de filtrar la noticia, sin embargo este era el debut en vivo definitivo para el hijo de 12 años de Robert Trujillo (correcto: el bajista de Metallica), quien, apenas con un par de ensayos en hombros, atravesó desde el comienzo aquel intenso repertorio standard de Korn como solo un grande puede hacerlo.

Pasada la contención que trajeron las primeras canciones, se vio a la banda incluir un par de nuevos números como Rotting in Vain e Insane, del reciente The Serenity of Suffering, pero ante todo ahondar sin mayor inconveniente en diferentes territorios de su ya extenso catálogo.

Ya en la marcha se hacía imposible no pensar que Tye tocaba –entre sereno y nervioso, pero siempre con una naturalidad abrumadora– canciones que significaron la columna vertebral de esa gran tendencia del rock pesado mal conocida como nü metal y sonaban ya por todas partes mucho antes que de él naciera.

Mientras James “Munky” Shaffer y Brian “Head” Welch batían de manera icónica sus cabezas aún plagadas de dreads, sobre las consabidas guitarras de siete cuerdas que terminaron por darle personalidad a toda una generación de bandas que los sucedieron,

Jonathan Davis iba de un extremo al otro de la tarima representando al gran frontman en el que la historia lo ha convertido; echándose la noche al bolsillo sin apelar a muchas retoricas discursivas pero sí a varios de sus distintivos gruñidos a manera de jeringonza y algunos retorcidos pasos tipo cumbia metalera.

Para Y’ All Want a Single el cantante le pidió a la gente levantar su dedo del medio porque sí, y así lo siguieron casi todos, mientras el groove rabioso de aquel sencillo hacia que ese ingenuo gesto de subordinación primitiva saliera con cierto decoro fuera del sombrero de trucos del rock. 

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Después de que “Make Me Bad” le devolviera a buena parte del auditorio una refrendada nostalgia por los jeans anchos y el MTV que pasaba videos musicales, la visceral “Shoots and Ladders” fue hasta el ácido primer larga duración de la banda para hacer saltar a todos como si estuvieran en 1994.

Ahora. Si uno es el bajista de la banda de metal más popular de todos los tiempos, esa noche tendría que haber sido en equivalente a la de cualquier padre del común que ve como su hijo anota quince goles en su partido debut con la liga colegial de fútbol. Y eso es lo que representó para Robert Trujillo, que no paraba de observar con una sonrisa imborrable en su rostro como su hijo (y claro, su mejor alumno) empezaba a ganarse la vida al frente del negocio familiar por cuenta propia.

Y justo cuando se terminaban los últimos acordes de Shoots and Ladders, dándole paso al machacante redoble rítmico que marca el climático final de One  de Metallica, el ciclo de la vida parecía haberse completado; con Robert Trujillo meneando la cabeza al costado derecho de la tras escena, fuera de la luz de los reflectores, escuchando esa canción que ha sido llamado a tocar durante todas sus jornadas laborales obligatoriamente, pero, esta vez, como uno más de los fanáticos en el lugar.

De todos modos este concierto no fue planteado como un espectáculo de curiosidades con un niño bajista como atracción principal. La banda, completada por el baterista Ray Luzier y Davey Oberlin en los teclados y las atmosferas sintetizadas, resolvió su parte con el mismo hermético profesionalismo que lo hiciera en Varsovia, Zúrich, Lisboa y cualquier otra parada de la misma gira.

Y Tye, ondeando la lisa melena que le caía hasta la cintura por encima de su camiseta de Meshuggah (¡vamos bien ahí!) mientras golpeaba frenéticamente las cuerdas con sus dedos sin un pick de por medio, le valió a Korn un animal de espíritu más que un músico de remplazo.

Un guiño generacional cuanto menos, por parte de una banda que vivió sus mejores momentos canalizando la enajenación adolecente y que ahora, con sus integrantes ya bien adentrados en sus años cuarenta, viven en medio la necesaria crisis humana de replantearse la existencia. 

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Por otro lado, no hubo mayor sorpresa. A estas instancias de la historia un set list de Korn es tan esquemático como los porcentajes en Setlist.Fm lo pueden presagiar. Y a pesar de que una cantidad importante (¿un %80?) de la fanaticada llevó al menos una prenda de vestir marca Adidas, incluyendo a varios re vendedores de ilegales de aguardiente que lograban camuflarse entre ellos, A.D.I.D.A.S., la canción que hizo a muchos amar a esta banda y tomar una que otra decisión chistosa de guarda ropa, no sonó.

Para muchos la noche, que tampoco incluyó esa otra gran favorita llamada Got The Life, estuvo llena de energía intensa pero corta de repertorio. En todo caso el clásico temprano Blind hizo retumbar el piso, mientras que Twist (con su cantidad importante de palabras fuertes) y Good God (que también está incluido en aquel oscuro e impactante Life is Peachy de 1996) se pusieron a la altura.

El encore contó con un peluche gigantesco, sacado de la portada del álbum Issues, que funcionó como un Eddie de Iron Maiden en modo tierno, como para contrastar los versos fatalistas de Falling Away From Me. Freak On a Leash cerró la hora y media de intenso presente que Korn le dejó a Bogotá, junto al integrante más joven que tal vez haya pasado por una gran banda de rock duro durante una gira mundial.

Así es como, por sobre todas las cosas, esa noche logró hacerse sentir como parte importante de una historia conjunta, que logró ir más allá de la banda, sus integrantes y sus fanáticos.

En tiempos en los que grandes del heavy (Black Sabbath, Mötley Crüe) dejan de tocar y emblemas del rock (Ronnie James Dio, Lemmy Kilmister) se van del mundo, este concierto no pudo tener otro sabor de boca que el de un rito de pasaje. O el de una necesaria renovación de votos con los sonidos pesados que, tal vez (ojalá), logre marcar un simbólico comienzo de capitulo para su legado. Uno que parece estar reclamando su continuación desde ya.

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