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La estúpida y sensual obsesión por el “sold out”

¿Los “sold out” en Colombia son reales? ¿O nos están vendiendo éxitos que no existen?
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Por
Chucky García

Con bombos y platillos, artistas y sus empresarios han venido anunciando que sus shows han terminado en “sold out”. ¿Son reales o tan solo una máquina de humo que nos vende la ilusión de que la industria musical está mejor de lo que realmente pasa?

Por: @chuckygarcia

Hace solo algunas semanas, las palabras “sold out” parecen haber cobrado más relevancia que nunca en nuestro medio. Esta expresión, más cercana a la industria angloparlante y más vieja que la panela, más bien poco se usa por estas tierras, pero pareciera que todo aquel que ahora se quiere presentar aquí no aspira a menos: a tener su propio sold out y completar el 100% del aforo del escenario donde se presenta, sin importar que en algunos casos no hayan vendido ni el 30% de la boletería disponible.

Asesorada por la Real Academia Española, la Fundación del Español Urgente nos recuerda que el diccionario Cambridge explica que sold out se usa “cuando se han vendido todas las entradas para una película, concierto, etc.”, o “cuando en una tienda no queda nada que vender de un determinado producto”. Siendo un anglicismo, la misma fundación recomienda usar mejor “agotado” que “sold out”, ó, incluso “entradas agotadas”, aunque lo que aquí se debate no es eso sino por qué se está volviendo una obsesión, qué tan sana es y qué pasa cuando el artista vende pocas boletas, pero llena con boletas regaladas: ¿es sold out, o no?

Uno de los casos más recientes bien puede ser el de Maluma, un show con todos los juguetes y de los más esperados en el año, del que se dice vendió muy pocas boletas pero en el que también se dice que la orden del artista y sus manejadores era llenar el escenario a como diera lugar, del modo que fuera y sin que eso pusiera más en riesgo al empresario. Al final del día, algunos invitados VIP, personajes de la industria invitados e influenciadores salieron a anunciar por redes el “sold out” de Maluma, mientras otros lanzaban el interrogante de por qué si el reggaetón sonaba hasta en la sopa en Colombia, en cuestión de venta de entradas era una papa caliente.

Lo cierto es que la música siempre escapa a nuestras cuentas o como en cualquier casa tiene una gotera donde menos se espera, y en el caso de Maluma estamos hablando justamente del artista que hace solo un año ocupó la tercera casilla del top 10 de las giras internacionales más exitosas en España. Según el IX Anuario de la Música en Vivo que en 2018 publicó la Asociación de Promotores Musicales (APM) de España, el World Tour del colombiano, organizado en ese país por la empresa Planet Events, vendió 70.914 boletas de 84.438 posibles, de las cuales 10.995 fueron en Madrid y 10.826 en Barcelona. Posiblemente, muchas más de las que vendió en Bogotá este año, y casi las mismas que vendió en España en 2016, cuando no era tan famoso y aún así se fajó 30.000 boletas en 7 fechas.

 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 

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Renglón aparte, vemos el reggaetón como ese gran monstruo y fenómeno musical de masas nacido en parte en Colombia y que además de posicionarse en las emisoras y plataformas de acá y de afuera también arrasa en los premios y se codea con las altas esferas de la industria del entretenimiento y hasta de la política global; e incluso algunos le conceden a sus principales figuras apelativos como “músicos trasgresores”, que en un contexto más amplio y mirando no solo una parte de la foto sino la foto entera, solo algunos músicos de trayectorias voluminosas han alcanzado, como el desaparecido Frank Zappa. Pero olvidamos que a géneros como el rock, el hip hop y hasta la música electrónica le tomó décadas enteras (por no decir hasta un tercio de siglo o medio centenario) establecer una fidelidad y un consumo realmente arraigados entre los públicos; en el que incluso tuvieron que ver las restricciones sociales y cambios culturales profundos a los que se vieron expuestos; y hasta el valor que adquirieron entre la gente los formatos físicos de reproducción musical disponibles para acceder a sus principales artistas.

 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 

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Volviendo al tema y ya para finalizar, en una entrevista para el diario español El País, Alfonso Santiago, director del festival vasco BBK Live, aseguraba que la obsesión por el sold out y por mostrar unas cifras de asistencia magnas “A veces tiene que ver con la vanidad, otras veces con el dinero, muy pocas con que te guste realmente lo que haces. Hay gente que quiere hacer lo más interesante, y otros que quieren hacer lo más grande, como todo en la vida”. ¿Qué de todo esto tiene que ver con los sold out que se están dando en nuestro país? Y, más allá de que sean la aspiración normal y lógica de hacer de la música un escenario rentable y un negocio en el que tanto el artista como el empresario salgan bien librados, ¿acaso se están convirtiendo en una realidad distorsionada más que en una data confiable y útil para hacer un trazado de cómo se comporta el consumo de la música en vivo? ¿O son la nueva fórmula mágica para generar un mérito sobre el papel y no sobre las cifras reales?

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De momento, nos viene a la mente el título de una vieja película de 1951, Hell Is Sold Out, con lo cual, quizás, la clave es no hacer del sold out una máquina para vender humo y mucho menos un infierno pequeño y autoinflingido, como dispararse en el pie, en un territorio en el que queda mucho por hacer en materia de incentivos para la compra legal y anticipada de entradas. Y ni hablar de mejorar la frecuencia con que cada colombiano lo hace, así esto sea como aspirar al paraíso de los paraísos, en medio de una oferta de conciertos que, contrario a lo que se cree y siempre se dice, sigue siendo reducida y está lejos de ser considerada realmente como una “sobre oferta”.

Para no irnos más lejos, España tiene casi la misma población de Colombia, unos 46 millones de humanos, y según datos de la APM y la SGAE, publicados justamente en el IX Anuario de la Música en Vivo, allá se llevaron a cabo 86.348 conciertos en 2017. Una cifra que dejó una facturación neta de casi 270 millones de euros (269.168.730, para ser más exactos), y que en vez de ir en detrimento de la industria –como se piensa aquí cuando se habla de “sobre oferta de shows”– impulsó un crecimiento del 20%, con relación al 2016.

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