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Lorenzo Solarte, el salvador del violín patiano, y el oportunismo publicitario

¿Por qué es tan valiosa la figura de Lorenzo para la música colombiana?
Foto: Enrique González Ayerbe (@egonayerbe)
Foto: Enrique González Ayerbe (@egonayerbe)
Por
Eduardo Santos Galeano

Lorenzo Solarte es reconocido como el último violinista empírico del Valle del Patía. Recientemente, su imagen se hizo popular porque apareció en una valla publicitaria que lo emparentaba con una marca de licor. La pieza despertó indignación porque, a cambio, le ofrecieron una botella de ron. ¿Por qué es tan valiosa la figura de Lorenzo para la música colombiana? ¿Qué tan interesadas en la cultura están las campañas publicitarias? Buscamos al músico que es un profeta en su tierra. 

Por Eduardo Santos Galeano // @edusantosg

En la tarde del pasado jueves 9 de enero, mientras que cientos de personas se debatían en Internet por el uso de su imagen en una valla publicitaria, Lorenzo Solarte, completamente ajeno a cualquier red social, afinaba su guitarra a oído y se tomaba unos tragos de chancuco (licor artesanal del Patía) antes de ir a cantar a un cumpleaños. Solarte tiene 61 años, hace 12 se quedó ciego por una enfermedad hereditaria y, aunque su nombre hoy esté sonando en medio de la polémica de turno, basta con darse un googlazo para saber quién es: uno de los últimos intérpretes del ancestral violín patiano. 

“Yo me interesé por la música desde muy pequeño y por ahí a los ocho o nueve años mi mamá me regaló un brujo, un instrumento de cinco cuerdas que hacían con la cola del caballo y que los viejos usaban para comunicarse con duendes, diablos y ese tipo de cosas”, cuenta Lorenzo. Como muchos otros músicos mayores en las regiones, es un artista empírico que ha pulido su técnica entre comparsas y aguardientes. En su caso, a lo largo del Valle del Patía, en el sur del Cauca. 

A sus padres y sus tíos, los “ancestros” como les llama él, les aprendió viéndolos en las furruscas, y aunque los instrumentos pasaban de mano en mano, el violín era de uso exclusivo de los mayores y lo celaban como a ningún otro. “Los viejos no lo dejaban tocar a uno por ser un instrumento muy delicado en el modo de cogerlo, por los pelos del arquillo y, mejor dicho, una mano de misterios”, dice antes de soltar una sonora carcajada. 

En su investigación La música del Patía: Negros, violines, brujos y bambucos, la musicóloga Paloma Muñoz cuenta que en esta región el violín es un símbolo de resistencia. Un instrumento que los esclavos negros tomaron de sus amos hace siglos y resignificaron dentro de su propia cultura. Uno que además aprendieron a construir de manera artesanal con guadua, higuerón y totumo, dominándolo empíricamente y creando nuevos sonidos en el camino. 

Para Lorenzo primero fue la guitarra, luego el requinto y, ya entrado en años, como lo hicieran sus viejos, el violín. El último intérprete empírico del instrumento que quedaba en el municipio había muerto recientemente. Él, para no dejar morir la tradición y, a pesar de su ceguera, se dedicó a pasar el arquillo por las cuerdas una y otra vez, tratando de recrear los bambucos que sonaban en las parrandas de sus padres. Una vez más, aprendiendo a tocar solo, a puro oído, pero esta vez para recuperar una tradición al borde de la muerte. 

La decisión la hizo con las tripas, con miedo de que se perdiera parte del patrimonio de su pueblo, pero se llevaría su recompensa. En el 2009, cuando estaba todavía aprendiendo a dominar el instrumento, se presentó en el Festival Petronio Álvarez con algunas canciones que había preparado con las Cantaoras del Patía y se llevaron al premio en la categoría de violines caucanos. “Eso fue un éxito total. Después me conseguí un violín bueno y me puse a trabajar con la alcaldía municipal”. 

Hoy, mientras que su nombre se riega por Internet, los días de Lorenzo se dividen entre el grupo de 250 niños a los que les ha inculcado los saberes del violín caucano y cumpleaños, fiestas de madre, serenatas de ventana y prácticamente cualquier lugar en donde lo contraten para tocar con su guitarra o violín en mano. Sabe bien que su trabajo como artista vale y, dependiendo del cliente, puede cobrar entre $50,000 y $300,000 pesos. “Como decimos acá, depende del marrano”, dice, entre risas, antes de comenzar toda una serie de dichos de su tierra.

Aunque la misma información sobre el lío con la empresa de ron está replicada en todos los medios, es necesario preguntarle: ¿siente que se aprovecharon de usted? ¿Finalmente van a responder con algo más de una botella de trago por utilizar su imagen para publicidad? Según Lorenzo, a quien ya han contactado para intentar suavizar el golpe, todo ha sido arreglado y se trató de un malentendido. Aun así, es bien enfático en decir que inicialmente no sabía que utilizarían una foto suya para una valla, que finalmente fue lo que se vio en redes sociales y lo que comenzó la oleada de justificada indignación. 

Puede que para Lorenzo ya sea un tema del pasado, pero no hay duda que la manera en la que la marca se acercó a él es cuestionable. Claro que es válido buscar a un músico mayor para escucharlo e intentar darle visibilidad a su trabajo, pero cuando la búsqueda está atravesada por un interés comercial y hay dinero y productos de por medio, lo mínimo que se espera es que se le dé una retribución por algo que, finalmente, se traduce en ventas. La imagen de un artista que ha trabajado con tanto esfuerzo por mantener viva una tradición no debería ser utilizada a cambio de migajas, menos si la idea es hacer una campaña con un supuesto interés en la cultura; y mucho menos, sabiendo que, a estas alturas, la explotación de la imagen de las personas es un mercado extendido y bien conocido.

Como bien dice Mario Galeano, una de las cabezas de Ondatrópica, el último gran ensamble colombiano que se ha puesto en la tarea de exaltar y darle su lugar a los músicos mayores, “muy seguramente tendrán todos los papeles firmados pero en el fondo hay una mala fe de saber que la marca va a poner esas publicidades en todos lados. Es aprovecharse de lo tradicional y los saberes ancestrales para vender cosas, una cagada”. 

Por ahora Lorenzo no sabe si aprovechar toda la publicidad que le ha dado este caso para grabar sus primeras canciones. Aunque dice que tiene varias composiciones, no tiene el dinero ni los medios de distribución que, según él, necesitaría para que valiera la pena ponerse en la tarea. “Todo lo que he logrado, lo he logrado con astucia. Soy invidente y me ha tocado prácticamente solo, ya veremos si me grabo algo para que todos puedan escuchar”. 

Lo que sí tiene claro es que se vienen muchas más tardes y noches de chancucos y bambucos, cortesía de un músico patiano que, a pesar de los años, la ceguera y las marcas ventajosas, seguirá firme en el ruedo, como lo ha hecho siempre.

 

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