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Los diez años de un disco fundamental colombiano: “Once Rasqas”

¿Cabe el país entero en un solo disco? La respuesta es sí, su portada es un burro en una piscina y está de aniversario.
Por
Chucky García

Este año celebramos el décimo cumpleaños de un disco fundamental de la música colombiano, Once Rasqas, que entre guabina, carranga, jazz, música de cantautor y de acordeón, samplers, teclados y rock habla de un país al que le han dado más duro que rata en balde. 

Por: @chuckygarcia

La canción final de Once Rasqas, primer disco de Velandia y La Tigra, sigue y seguirá siendo una epístola máxima de lo que en el fondo y sin darnos cuenta aceptamos ser como país: uno terco, absurdo, burdo, salvaje y en donde la gente se amaña más que en otros lados. La canción se llama Farra Garrotera, y micrófono en mano, en medio de una procesión religiosa de un pueblo, un alcalde vocifera: “Mirad esta avalancha de inconsecuencias no es otra cosa sino la confirmación del universo. No dejemos pasar este momento de inconciencia: paisanos míos, ¡brindemos por el fracaso!”.

Más que un fracaso, eso sí, Once Rasqas, el álbum de Farra Garrotera y otros diez temas más se volvió una obra de referencia en la música nacional, y ponerle una etiqueta específica diez años después sigue siendo como cazar un Yeti: algo muy jodido. Pero no piensen en una “obra de referencia” como algo que uno baja de la estantería de una biblioteca para consultar como si fuera un tomo de la Enciclopedia Espasa; en este caso estamos hablando de un conjunto vívido de composiciones versadas y perspicaces que no pierden su poder, originalidad y acento: la voz de ese pueblo al que hace referencia en primera medida, Piedecuesta, en Santander, pero en el que a la vez cabe todo el resto del país como en talego de pobre.

Es el de las mafias, las trochas, las ánimas, la gente que se cree más que el otro y los otros que saben más pero que no cuentan; los páramos, las montañas, las pastillas para el amor, los músicos municipales o que cargan una guitarra para defensa propia; los que no tienen empleo porque solo trabajan de diez millones pa’ rriba, el país donde aún quedan tigres y donde los burros sí que no escasean.

Con Once Rasqas, del que este año se celebra su décimo aniversario, incluso devino un género propio conocido como “Rasqa”, y que tiene tanto de música campesina y rural como de urbana y moderna, y que como nombre fue tomado prestado del lenguaje circense y más exactamente del oficio de payaso. Su gestor fue el músico santandereano Edson Velandia y la banda que primero lo tocó Velandia y La Tigra, que desde aquel entonces cambió de formaciones y formatos pero que siempre mantuvo y sigue manteniendo lo ecléctico, el humor negro, el tono político y esas baladas que le pueden arrugar el alma al más macho. 

Guabina, carranga, jazz, música de cantautor y de acordeón, samplers, teclados y rock se ven las caras en Once Rasqas, con tanta seriedad y soltura a la vez que parece como el encuentro de músicos de varias generaciones y escuelas en un mismo balneario. El disco tiene en su portada un burro que a sus anchas tiene la piscina de un balneario, en la vida real el balneario Los Troncos de Piedecuesta; y de principio a fin es difícil dejar de pararle oreja por todo lo que tiene para decir y todos los demás significados que en todo caso puede llegar a tener.

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Once Rasqas salió en 2007, un año en el que también salieron álbumes como Somos Pacífico de ChocQuibTown (la edición del sello Polen Records) y Kill the Cuentero de Odio a Botero, que fueron decisivos y a los cuales también hay que partirles la torta por sus diez años y por méritos propios: como este debut de Velandia y La Tigra, no necesitaron de un rótulo para hacerse valer y mucho menos del permiso de los puristas que se rasgan las vestiduras porque nuestra música es un reflejo de lo que somos: mezcla de mezclas.

En Farra Garrotera, finalmente, se pregunta el alcalde, que en sí es el burro de la piscina, si acaso puede “Este pueblo soportar un siglo más de fetidez”. De entrada es posible pensar que sí, que este país es de caucho y le pueden dar como a rata en balde sin que se sonroje, cuando Once Rasqas cumpla 20 años de hecho estaremos tomando el sol en la misma piscina y rebuznando en todo caso de felicidad por lo vivido.

 


 

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