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La persecución a Marduk: cuando satanizar al metal es la salida fácil

¿Qué hay detrás de la polémica sobre el concierto de la banda sueca?
FOTO MARDUK // PRESS MARDUK.NU
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Redacción Shock

Este 3 de octubre en Pasto y 5 de octubre en Bogotá la agrupación sueca de black metal Marduk tenía preparado su reencuentro con la robusta escena metalera colombiana. Aunque la banda logró presentarse en Pasto; en la cuidad de Bogotá no fue posible, así lo afirmaron los organizadores del evento. Todo inició el pasado jueves 27 de septiembre cuando el Distrito selló el establecimiento donde la agrupación se iba a presentar en Bogotá . Así lo publicó Miguel Uribe Turbay, secretario de Gobierno de Bogotá, a través de su cuenta de Twitter porque según él, el lugar no cumple con los requisitos de Código de Policía para eventos públicos.



Marduk es una banda de Suecia que nació hace 28 años (1990) creada por Morgan Steinmeyer Hakansson, su guitarrista, convirtiéndose en una de las primeras en la escena del black metal al lado de Dark Funeral, Abruptum y Disecction. La agrupación ha grabado más de 14 producciones en estudio, ha participado en giras itinerantes de Europa como X Max Festival o el Metalfest Open Air, además de presentarse en tremendos escenarios como el Inferno Metal Festival de Oslo, el Festival Waken de Alemania o el Dynamo Open Air de Holanda. Gracias a su estética y recorrido musical han participado en reconocidos premios internacionales como los Billboard Heatseekers o los Swedish Metal Awards. Recientemente la banda presentó su nuevo álbum llamado Victoria (2018).   

La noticia de este concierto habría pasado ignorada y de relevancia exclusiva para el gigantesco nicho metalero de Bogotá y Colombia, si no fuera porque el oportunista y mediático "concejal de la familia", Marco Fidel Ramírez, comenzó a darle palo a esta presentación. Con declaraciones del tipo “rechazo categóricamente la pretensión de presentar en Colombia a esta asquerosa, satánica, corrupta y blasfema banda de rock sueca que ofende los valores fundamentales de la cristiandad y que corrompe a millones de jóvenes alrededor del planeta”, el concejal que recordaran por películas como “La Bella y la Bestia vuelve gays a los niños” o “Riahanna y Shakira tiene el rayo lesbianizador”, entre otras. 

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Que las letras de sus canciones abordan temas paganos y antirreligiosos o que su iconografía va en contra de los católicos son algunas de las insignias que se convierten según Ramírez en las razones por las que no deberían presentarse en Colombia. Si nos apegamos a los hechos, el concierto de Marduk en Bogotá no se canceló por razones ideológicas o religiosas sino por meros trámites burocráticos, pero no deja de ser interesante que en pleno siglo XXI, cuando las expresiones culturales han avanzado tanto, cuando el acceso a la información es más masivo que nunca, cuando se supone que vivimos en una sociedad racional y no ensombrecida por el misticismo esotérico y religioso, un dirigente político infunda miedo a la población a través del mismísimo Patas.

Suponiendo que el concejal y cualquier otro dirigente ya han hecho su tarea regulando y debatiendo temas como subsidios, muerte de niños por hambre, maltrato infantil e intrafamiliar, o el acceso a la educación, su forma de acercarse a la reflexión sobre el mensaje de la música debería ser más maduro o, al menos, a la altura de lo que exigen nuestros tiempos. ¿Qué es, a fin de cuentas, el satanismo y la blasfemia? ¿Qué propone, en últimas, sino una construcción de un mundo paralelo al que forjó durante siglos la Iglesia Católica a punta de torturas, inquisiciones, segregaciones y corrupción?

Pero el caso, a Dios lo que es de Dios y al Diablo lo que es del Diablo, lo importante acá es la música y la reflexión sobre los límites que debe tener el poder político sobre manifestaciones culturales, sea la que sea. ¿Dónde queda el límite entre "cuidado a la población" y "censura a la libre expresión"? ¿Qué tan lejos podemos quedar ahora de una potencial quema de libros, discos y películas que contengan valores que cuestionan el deber ser o la tradicional moral católica? ¿Dónde queda la libertad de cultos?

Obviamente comienzan a emerger las comparaciones con otros géneros. Si hay fiscalización y análisis hacia un género que habla del Patas, debería existir también y con el mismo ahínco hacia otro tipo de expresiones que han perpetuado el maltrato a la mujer, el machismo o las relaciones tóxicas.

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¿Se han vuelto el metal y el reggaetón los chivos expiatorios de los problemas de nuestra sociedad? ¿Se ha vuelto la música la salida fácil para encontrarle problemas a actos violentos corruptos, violaciones a niños y mujeres? ¿Dónde queda el papel de la familia la educación en todo esto? ¿Vamos a tomar la salida fácil de culpar a unos manes vestidos de negro en vez de asumir y reflexionar nuestros modelos de educación?

Concejal (y demás inquisidores culturales): perseguir un tipo de música no es más que una salida mediocre y una evasión irresponsable de una reflexión profunda sobre el origen de los males de nuestra sociedad; de una sociedad donde todo y todos tienen precio, donde la plata corroe y corrompe. El metal, el pop, el vallenato, la electrónica, la salsa, el bolero, apenas son documentos de nuestros tiempos así como vehículos del descontento. Pensar que una canción hace más daño que un político que se roba la plata de la alimentación de los niños, que patrocina grupos paramilitares, o que promueve medidas para perseguir a otros por pensar diferente no es más que un acto ignorante... y demoniaco. 

Por favor no nos proteja de nada.