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¿Qué tan a la altura del momento político están nuestros músicos?

¿Comprometidos? ¿Indiferentes? ¿Permisivos? ¿Existe una verdadera causa o a fin de cuentas se trata solo de promoción “humanitaria”?
Cortesía Chucky
Cortesía Chucky
Por
Chucky García

Si hoy, en este preciso momento, un músico quisiera parodiar a un insurgente, ¿qué pasaría? ¿Cómo sería la división turbulenta de las aguas? ¿Qué comentarios leeríamos por redes y cuál sería la posición de la prensa? 

Por: @chuckygarcia

Hace 30 años exactamente apareció La Pestilencia, y a pesar de que tanta agua ha corrido bajo el puente de la música nacional -a chorros, diría yo- su canción Fango (aquella que dice “Podredumbre y corrupción / todo es causa es la nación / burocracia y ambición / anarquía es la solución”) sigue cayendo como anillo al dedo para describir nuestra situación actual. 

¿Acaso fue una letra absolutamente visionaria y adelantada a su tiempo? ¿O sencillamente vivimos en un bucle de país, atrapados y condenados a repetir las mismas cosas y dar los mismos pasos, como esos pequeños hámsteres dentro de una rueda metálica? Para no decirnos mentiras, pareciera que entre más uno corre para alejarse, más cerca está de ver cómo se repite la misma historia.

Hace pocos días, fui entrevistado para un documental que actualmente se graba en Colombia sobre el gran Noel Petro, el famoso “Burro Mocho”, ícono de nuestra música tropical y, como el también célebre y recordado Don Ramón en El Chavo del 8, músico empírico y soñador incansable toreado en mil plazas. Eso sí, El Burro Mocho nunca ha sido cascarrabias y ha pagado sus deudas, goza de un humor y de una capacidad de mamarse gallo como pocos, y ni hablar de que fue quien introdujo el requinto eléctrico a la música bailable colombiana. 

Revisando los muchos álbumes que ha grabado durante 65 años de carrera, encontré uno, Mi guerrilla, en cuya portada Noel Petro aparece vestido de insurgente, pero en vez de un fusil tiene un salchichón, en lugar de granadas tiene aguacates y en reemplazo de las cartucheras con balas, unos bananos. La chaqueta militar que luce dice “U.S. Army”, y es un álbum de 1985, cuando el país afrontó una de las tragedias que partieron en dos su historia: la toma del Palacio de Justicia por parte de la guerrilla del M-19, y cuyo desenlace no solo dejó 100 muertos y más de 10 desaparecidos, sino una frase lamentablemente célebre: “¡Aquí, defendiendo la democracia, maestro!”, frase del entonces coronel Luis Alfonso Plazas Vega, primer condenado y luego absuelto por la retoma del Palacio.

Si hoy, en este preciso momento, un músico quisiera parodiar a un insurgente, ¿qué pasaría? ¿Cómo sería la división turbulenta de las aguas? ¿Qué comentarios leeríamos por redes y cuál sería la posición de la prensa? 

Partiendo de un momento real y no ficticio, donde el chiste de un niño sobre un senador con más de 100 investigaciones es fumigado con insultos, el disfraz de primera dama de una señora de edad en carnaval fue destrozado por las barras bravas de la política y un dirigente que sufre de Párkinson fue ridiculizado por estos mismos e igualmente rociado con el glifosato de su radicalismo; ¿a dónde iría a parar algo similar?

Ya conocemos que con tal de seguir dividiendo el de por sí dividido país, los niveles de bajeza que hoy vemos en cualquier debate que tenga que ver con la forma en que estamos siendo gobernados no tienen parangón alguno; pero, haciendo una relación inversamente proporcional para llevar la misma pregunta a otro renglón de discusión, ¿qué tan a la altura del momento político están entonces nuestros músicos?

El referente más reciente, por ejemplo, el del show de la ayuda humanitaria en la frontera con Venezuela, fue la muestra perfecta de que la vara para ellos está más alta de lo que ellos mismos creen, y que con figurar en un concierto con más alcance mediático que económico (que en últimas se supone era el objetivo, recaudar fondos); no es suficiente. 

Y también es un ejemplo más de lo que mal comienza mal termina, como dicen las abuelas.

Nadie quiso hacer un balance de lo que realmente significó ese concierto, y así como las imágenes de los asistentes fueron editadas y manipuladas -por no hablar de las imágenes de los camiones que fueron quemados de este lado y no del otro-; pues también les recortaron importancia a las cifras de sus verdaderos resultados. 

 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 

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Y si uno quisiera hilar más fino, de cara a ese “potrero organizado”, como bien lo calificó uno de sus propios organizadores, pues quizás hasta se toparía con el dato de que lo que se recaudó no superó lo que se invirtió: que los gastos del montaje y de todas las luminarias musicales que hicieron parte fueron superiores a los dineros recaudados. Pero claro: es más fácil creer que todo iba a ser como en la película de Queen, y no como en la telenovela de un país llamado Colombia que sigue buscando la raíz de sus males en cuerpo ajeno.

La queja más recurrente, sin duda, fue justamente por qué nuestros artistas no se unían por otras causas humanitarias, comenzando por las que suceden de fronteras para adentro y que en número son hasta mayores que la de nuestros países vecinos. Imagínense hacer un concierto por cada problema actual que no se atiende en nuestro país y que se tapa con la enorme cortina de humo en la que vivimos: casi que tendríamos un concierto por semana o al menos uno por mes, y nuestros músicos irían a tocar a regiones donde quizás nunca han ido y todos esos pequeños, medianos y grandes empresarios que durante el año dedican todos su esfuerzos a sacar adelante festivales, conciertos autogestionados y toques para públicos muy específicos, podrían sumarse con su experiencia y visión.

Pero claro, como la naranja que nos prometieron en campaña ya se volvió mermelada al calor del momento político que vivimos, pues más vale la experticia en montajes y conciertos de un “dotor” que le vende insumos a las fuerzas armadas que la de los anteriormente nombrados; y por otra parte pues la invitación a sumarse, en cuanto a lo musical, no es para todo el mundo. Pareciera que solo es para los artistas que piensan que hacen lo correcto, que se alinean con lo que se supone está bien hacer y que también creen en eso de que sacar corriendo al diablo que habita en la casa del vecino es la fórmula mágica para exorcizar de una buena vez por todas lo que pasa en nuestra propia casa, en nuestro país. 

A los otros, a esos artistas que no quieren mojar pantalla sino remangarse la camisa y ayudar un poquito a que esta mula de patria en que vivimos -con perdón de esos bellos animales- salga del fango y deje de creer que la razón por la cual se quedó atollada es una distinta a su propia terquedad; pues que se unan por su cuenta y miren a ver cómo le hacen.

Dejando de lado retóricas y metáforas, y poniéndonos serios, hagámonos la siguiente pregunta y pensemos: ¿cuántos de nuestros artistas están tomando nota o aprendiendo de lo que nos está pasando? ¿O la pregunta no viene a cuento porque ni su misión es tomar nota ni lo que queremos es que nos narren lo que está pasando, como si fueran esos locutores deportivos que lo que gritan y vociferan es justamente lo que uno está viendo con sus propios ojos sobre el terreno de juego? 

¿Debe nuestra música tomar distancia o acercarse al conflicto real?  ¿O lo mejor es que mantenga su cuerpo lejos de esta podadora de cabezas que son las redes sociales y nuestra opinión pública?

Lo que sí no se niega, es que mientras las alarmas por la contaminación ambiental causada por las cortinas de humo siguen encendidas y la corrupción sigue campante sin pico y placa que la detenga, lo que se siente es que a nuestros artistas les quieren imponer un estilo de corte, o al menos una forma de peinarse y llevar el copete. Y si lo pensamos con detenimiento, no existe cosa más despelucada que nuestra música misma, una que ni en las peores épocas que hemos vivido los violentos lograron callarla, como para que ahora quieran engominarla y volverla correcta, bien peinada y lista para servir a la promoción “humanitaria”.

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