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¿Quién es James Rhodes, el pianista de moda del que todo el mundo habla?

James Rhodes en Bogotá: un concierto de piano en Vans y sin formalismos
James Rhodes (Foto: Getty)
James Rhodes (Foto: Getty)
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El pianista británico, abusado sexualmente por años, tocó el pasado jueves 23 de noviembre en Bogotá. Fue un recital sin luces ni selfies ni ruido ni aires de solemnidad. La belleza de la sencillez.

Por: William Martínez // @MartinezWill77

Durante su día de concierto, el pianista británico James Rhodes no concede entrevistas. Y no es porque esté buscando la atmósfera adecuada para repasar mentalmente las piezas que tocará en la noche. Es porque está sobreviviendo a sí mismo. Un buen ejemplo de esto ocurrió en vísperas a la primera fecha de su gira europea, en Madrid, agosto de 2016. En la madrugada del día del concierto estaba de rodillas, en el baño de un hotel, a punto de vomitar. Soñó que el altavoz de un camerino, el cual emite todo el bullicio del auditorio, iba a estallarle la cabeza. En el escenario lo esperaba una enorme orquesta sinfónica y 3.000 personas aplaudiendo. La orquesta estaba lista para interpretar una pieza de Rachmaninoff. Una pieza que él nunca había aprendido ni tocado. Al cabo de cuatro compases, Rhodes no sabía cómo continuar: el público reía alborotado y él gemía del dolor y gritaba como si todos sus putos enemigos pudieran oírlo.

Eso cuenta el pianista de 42 años en su más reciente libro, Fugas, un diario que escribió mientras estaba de gira en 2016. Al despertar de la pesadilla, continúa Rhodes, recuerda que no quería tocar en Madrid, porque había planeado tomar dos semanas de vacaciones. Que él estaba ahí, apaleado como un perro, por la insistencia de su mánager. Que él lo apoyaba siempre; siempre y cuando se impusieran sus intereses, como todos lo hicieron en su momento: sus exmujeres, los periodistas, los editores. Como él mismo lo hace cuando se empecina en conseguir sexo, por ejemplo. Su cabeza echaba fuego. Rhodes sólo logró apagar las voces de paranoia de su cabeza cuando cruzó la puerta del backstage y se acercó al piano. Es su retiro espiritual. Es su batalla por redimir a quienes le hicieron la vida menos ordinaria (Bach, Chopin, Beethoven) después de que su profesor de gimnasia lo violara, de los seis a los 10 años, y eso le destrozara los nervios para siempre.

La voz que salía por los parlantes del Teatro Jorge Eliécer Gaitán, en Bogotá, prohibió sacar fotografías y ordenó apagar los celulares antes de que comenzara el concierto. James Rhodes salió al escenario con Vans blancas, jean negro y un buso estampado con la palabra "Bach". Con movimientos rígidos y torpes saludó al público; dos segundos después estaba aporreando las teclas. En un recinto que era todo oscuridad, sólo un destello de una luz amarillenta alumbraba al pianista. Cómo cuesta encontrar silencio en Bogotá, cómo cuesta aprender a callarse, cómo cuesta dejar de registrar la vida en redes sociales, cómo cuesta disfrutar la oscuridad, y este cabrón lo ha conseguido con sólo aparecer. Ese silencio impetuoso, sólo roto por melodías que acariciaban el alma, fue la atmósfera que se mantuvo en una hora y media de recital.

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James Rhodes en el Teatro Jorge Eliécer Gaitán (Foto: Idartes)

Pareciera que Rhodes no resistiera los aplausos y los chiflidos de la gente: hacía una reverencia, desaparecía del escenario y volvía. Así, una y otra vez. Cuando agarraba el micrófono para hablar de música clásica, esa tensión se diluía. Su discurso fue conciso y didáctico. Antes de interpretar cada pieza, explicaba —fresco, entusiasmado, bromista, como se cuentan las obsesiones entre amigos—la relevancia de cada compositor y penetraba en su vida. Bach, huérfano de padre y huérfano de madre a los 10 años, vio morir a 11 de sus 20 hijos al poco de nacer y, sin embargo, creó más música que casi cualquier otro compositor de la historia; tradujo la rabia y el desasosiego en sonido y le alcanzó para dejar una canción de amor perdurable en su último aliento de vida. Beethoven, por su parte, tuvo una infancia y una vida de borracheras, mazazos en el hogar, líos económicos, una sordera temprana y la terquedad de componer hasta su muerte. En Fugas, Rhodes sintetizó la experiencia de tocar así: “dejo que la música se apodere de mí y me lleve a un lugar seguro. Por eso me dedico a esto. (…) Todo el día de mierda, de preocupaciones, de angustias desaparece y me quedo tendido junto a un océano, amado, acogido”.

Entre pieza y pieza, varias personas del público se paraban para aplaudirlo. Rhodes, el sobreviviente (no la víctima), sonreía conmocionado. Después del oasis vino el meet and greet, la fila de dos cuadras para la firma de autógrafos, esa vida de ruido exterior que lo hace sentir expuesto, indefenso, pero que eligió vivir. Ahí estaba James Rhodes, obediente, sonriendo para la selfie, aunque quizás anhelara con todas sus fuerzas tumbarse sobre una cama. Ahí estaba el tipo que amanece vomitando de miedo y pasa la noche sintiéndose un poco menos miserable. Sobreviviendo.

 

 

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