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Radiohead es mucho más que Creep y Thom Yorke

El anhelado y ansiado concierto de Radiohead en Colombia resultó ser todo lo que se esperaba y más, muchísimo más.
Fotos: Alejandro Gómez Niño
Fotos: Alejandro Gómez Niño
Por
Juan Pablo Castiblanco Ricaurte

Radiohead se formó en 1985; sacó su mítico sencillo Creep en 1992 y su primer disco –Pablo Honey– en 1993; definió el espíritu del fin de milenio y sus ansiedades tecnológicas en 1997 con OK Computer; revolcó la industria musical en el 2007 con In Rainbows y apenas se presentó en Colombia en el 2018. La deuda con nuestro país era inmensa, larguísima, pero quedó bien saldada.

Por: Juan Pablo Castiblanco Ricaurte // @KidCasti – Fotos: Alejandro Gómez Niño // @lupas91

Guste o no, Radiohead ha moldeado las canciones que oímos de los últimos 30 años, no solo en lo artístico sino también en lo industrial. De pasar de ser la joya de EMI, encendió la llama de la revolución digital y llevaron a su clímax lo que ya habían iniciado Napster y MySpace cuando en el 2007 decidió “regalar” su música entregando el In Rainbows por lo que su público quisiera pagar por internet. Antes que muchos, Radiohead entendió las dinámicas de sus tiempos. Desde todos los frentes ha sido una banda de visionarios, pioneros y trasgresores. Por eso verlos en vivo, estar en su presencia en un concierto de más de dos horas, era también la posibilidad de contemplar el hilo conductor de la música en las últimas tres décadas. El concierto que hizo parte de la última fecha del Soundhearts Festival este 25 de abril en Bogotá fue un repaso desde rock hasta techno, pasando por el noise, sicodelia, ambient, drum and bass y post-rock.

¿Qué es, en últimas, Radiohead? ¿Es una banda de rock? ¿Es una banda depresiva? Como era de esperar tocaron la ya lejana Creep, el mítico himno de los desadaptados, y la dejaron en el penúltimo puesto antes de cerrar con Karma Police. Tuvieron 23 canciones antes de tocar su gran hit comercial, del que ahora el propio Thom Yorke pareciera reírse, para transitar libremente otros caminos y desligarse de cualquier rótulo –o al menos del de “depresivos”–. Cada canción fue la oportunidad para desbaratar lo que habían hecho en la anterior y comenzar de ceros.

Su campo de acción ya desborda lo que podríamos entender y nombrar como “música anglo” y se ha nutrido de la riqueza sonora que el resto del mundo tiene para ofrecer. Complejas líneas de bajo, secuencias hipnóticas, guitarras envenenadas, la propia voz de Yorke licuada y retorcida con sus máquinas para hacer infinitos sus matices, se vieron complementadas con percusión que en momentos rozaba colores caribeños y temperaturas más cálidas.

Por eso la figura de Thom Yorke, tan mítica y representativa de la marca Radiohead, llega a pasar a un segundo plano para darle paso y relevancia a los nombres y portes de sus compañeros de banda que han sido igual de determinantes para este monstruo sonoro. Los coros de Ed O’Brien, los experimentos sonoros de Jonny Greenwood, la ruta insinuante que dibujaba Colin Greenwood desde el bajo, la batería ecléctica y caprichosa de Philip Selway, construyeron canción tras canción un ritmo demoledor que obligaba a hacerse una pregunta fundamental: ¿cuántas bandas puede llegar a ser Radiohead? ¿Cómo ha hecho Radiohead para seguir siendo fiel a todas las versiones de sí mismos?

Radiohead ha hecho lo que se le ha dado la gana con su música y con su público. Cerraron sus redes sociales y las volvieron a abrir, hablaron sin tapujos de la depresión del rockstar, plantearon ácidos comentarios políticos, desnudaron la desazón del ser humano en el cambio de milenio, leyeron el reglamento de lo que debería hacer un músico y lo desobedecieron paso por paso. Entendieron la música también como un diálogo y por eso, para agregarle otra capa a la perfección de su presentación, convirtieron su show en un pequeño festival.

La agresiva y sorprendente propuesta de los colombianos de Ghetto Kumbé fue la encargada de abrir el Soundhearts Festival. Los siguió el globalizado ensamble liderado por el propio Jonny Greenwood junto a músicos israelís e indios, para tocar las canciones del proyecto Junun; y remató el preámbulo la trasgresora presentación de Flying Lotus: un acto electrónico que servía de preámbulo para una celebración y un viaje a lo más profundo del sonido. Cero artificios, pura música. 

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