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Residente: un artista pop que no es vacío pero que no transgrede

Las grandes contradicciones del ex integrante de Calle 13.
Tomado de: GettyImages
Tomado de: GettyImages
Por
William Martínez

Para el artista puertorriqueño la vida es solo una ecuación de víctimas y victimarios, de pobres y poderosos. Lo suyo son consignas fáciles de tragar, rimas que se vuelven íconos publicitarios. ¿Por qué sus mensajes de protesta suelen quedarse a mitad de camino?

Por: William Martínez // @MartinezWill77

Uno no puede negar que Rene Pérez Joglar, más conocido como Residente, es distinto del resto de artistas mainstream. Ninguno de los artistas que se sienta a su lado en los Grammy cantaría sus letras. A diferencia de ellos, él utiliza la música como un medio para expresar ideas y como medio de protesta. Para muchos, de hecho, encarna la música de protesta de nuestros días. Es un tipo singular, sí, es un tipo que renunció a la fama de Calle 13 para hacer, en solitario, una búsqueda espiritual y terapéutica del arte. Pero todo esto es la superficie. Apenas la superficie.

Contra lo que podría pensarse, Residente tiene una mirada más bien monótona y estrecha del mundo. Sus letras tienden a dividir los temas en grupos binarios. Poderoso vs pueblo, colonos vs campesinos, victimarios vs víctimas. “Aguantamos hoy por hoy que todavía existan reyes /Castigamos al humilde y aguantamos al cruel /Aguantamos ser esclavos por nuestro color de piel”, canta en El aguante, una canción de Calle 13. “Crecimos, pero pa' que otro se aproveche / Somos un pueblo con dientes de leche / Los hijos del trabajo sin merienda / La limonada para el capataz de la hacienda”, canta en Hijos del cañaveral, el tema que cierra su primer álbum en solitario.

En letras como estas, Residente tiene una mirada simplona y fácil del mundo, sin matices, que termina reduciendo el debate a una división entre héroes y villanos. Nada más alejado de la realidad. ¿Y los campesinos que trabajan para los colonos qué? ¿Son meras víctimas? ¿No son más que víctimas? ¿Y los capataces, que se mueven entre ambos mundos? Y el pueblo, ¿es tan inocente y subyugado como parece? ¿No son responsables del caos los pueblos que votan por líderes como Donald Trump o los que se declaran ‘apolíticos’?

Sus letras son inmensamente ambiguas: por momentos parecen una encarnación decente de la música de Silvio Rodríguez o Mercedes Sosa (Latinoamérica y Guerra, por ejemplo) y en otros tramos parecen el primer fanzine de un punkero. Ingenuas. Básicas. Limitadas. Refunfuñar sin atacar algo concreto, se sabe, es saludar a la bandera. Rendir obediencia. Para verlo más claro, deshuesemos La Bala: “Pero no es así, se mata por montones / Las balas son igual de baratas que los condones / Hay poca educación, hay muchos cartuchos / Cuando se lee poco, se dispara mucho”.

Si el objetivo de Residente es, como ha dicho, remover conciencias, hacer pensar, contagiar el sentimiento de protesta, esa consigna (“cuando se lee poco, se dispara mucho”) carece de fondo. No discute nada. Reduce los factores de la violencia a una premisa fácil de decir, fácil de tragar, fácil de tumbar. Si bien la falta de escuelas puede empujar a la violencia, no es el único factor en la ecuación. El mundo no sale adelante, como propone Residente, leyendo libros, porque hay desempleo, hay narcotráfico, hay conflictos territoriales, hay líneas invisibles, hay represión y abandono del Estado. Como protesta, su mensaje se queda a mitad de camino.

Si bien una canción no es un reportaje, también es capaz de encerrar en sí misma un mundo entero y de ser transgresora en su fugacidad. Prueba de esto es Silvio Rodríguez y Rubén Blades, referentes de Residente y con quienes grabó temas (para entender este punto pueden escuchar estas canciones:

El problema, aclaro, no es La bala, el problema es que en otras canciones que abordan la violencia, como El hormiguero y Ley de gravedad, Residente también es ligero. Lo suyo, dan a entender algunas de sus letras, es lanzar rimas consonantes con potencial de eslogan publicitario. Por eso, en parte, su popularidad.

Las letras no son la única ambigüedad en la vida artística de Residente. Él, que aprovecha cada rueda de prensa para decir que los artistas pop están dañando la música porque “hacen cualquier porquería para vender”, grabó con Shakira la canción Gordita (2010) y salió de gira con ella. Un año después, luego de llegar cinco horas tarde a un concierto en Lima, soltó acalorado: “Acá no hemos dormido en tres cabrones días. Yo no soy Luis Miguel, ni Shakira, que se la pasan en un cabrón jacuzzi, agarrándome las bolas. Yo trabajo sin parar como un cabrón”.

En 2015, en una entrevista concedida al diario español ABC, le preguntaron por qué colaboraba con artistas tan alejados de su visión de mundo, como la cantante barranquillera y Nelly Furtado, a lo cual respondió: “Yo no colaboro con todo el mundo. Esas eran colaboraciones para sus discos, en los nuestros no entra cualquiera. Es muy diferente cuando te invitan. Por ejemplo, tocamos con Shakira cuando sacamos nuestro segundo disco y lo encontré necesario para llegar a otros públicos con el mensaje que queríamos transmitir”. Residente, naturalmente, insistió en que este no fue un gesto puramente estratégico.

Es decir: para Residente, Shakira es una artista que no trabaja, que se la pasa matando el tiempo como cualquier millonario, que representa lo que él odia, pero esa misma artista moralmente inocua le sirve porque tiene público. ¿No es eso una suerte de hipocresía que él mismo criticaría, por ejemplo, en un político? Para Residente, lo importante son las ideas, sin importar el medio que utilice para expandir su mensaje, sin importar las afinidades. El puertorriqueño, por lo general, no se mete con artistas menores que tienen públicos pequeños. ¿No es curioso que los únicos premios que medio le gusten sean los Grammy, unos de los más populares pero también unos de los que menos concuerdan con su visión de la música?

Hace un año, en un Facebook Live que hizo El País de España, Residente sentenció: “No te puedes meter en peleas políticas si no comprendes a plenitud los problemas”. Por esa razón, decía que lo suyo era denunciar violaciones a los derechos humanos y no meterse en disputas entre bandos políticos. El chavismo y la oposición, por ejemplo. Dice eso y a la vez apoya a cuanto movimiento social exista en América Latina. ¿Está tan bien informado que puede, al mismo tiempo, prestar su apoyo a los mapuches y a los estudiantes que protestaron contra la Ley 30 de Educación en Colombia? Residente parece disparar para todos lados sin tener un objetivo preciso. En esa aparente lucha por el poder popular, gana créditos para su imagen pública, pero, en el fondo, se sostiene en bases endebles, con poca influencia real.

Así como encuentro fisuras entre su objetivo y su discurso, debo reconocer que Residente es un tipo incómodo, con ambiciones musicales. Prueba de esto fue la decisión de cambiar la dirección de su carrera justo cuando estaba en lo más alto: Calle 13 recibió 25 premios Grammy (21 de ellos latinos, es la banda de la región que más ha recibido en la historia del certamen), cuatros premios MTV, giras mundiales con sold out en la mayoría de fechas, reconocimientos por su contenido social que entregaron la Universidad de La Plata (Argentina) y Amnistía Internacional. En el principio del proceso, junto a Eduardo Cabra, su hermano, mostró preocupación por ensamblar música urbana con los más variados sonidos latinoamericanos sin caer en un folclorismo cursi. En su álbum en solitario, Residente (2017), el artista desarrolla una sensibilidad distinta, quizá más madura.

Luego de realizarse una prueba de ADN y descubrir que sus raíces estaban ancladas en medio mundo, se embarcó en un viaje por 14 países durante dos años. Como resultado, este álbum se aparta en gran medida de los sonidos explosivos y bailables de Calle 13 y mete al oyente en un trance terapéutico e introspectivo cuya banda sonora son las músicas del mundo. Una apuesta arriesgada, más apaciguada, en la que mezcla rap con coros de mujeres de Georgia que no conocen la vida sin guerra y también con ópera china y tambores africanos y arreglos electrónicos. Una apuesta que, en definitiva, renuncia los beats psicológicos de los grandes hits.

En este álbum, sin embargo, mantiene el mismo discurso en por los menos la mitad de las letras. Habla de política y de opresión y del proletariado como si la vida no fuera más que la lucha de clases, como si no hubiera nada más que esculcar en la condición humana. En Hijos del cañaveral, una canción dedicada a Puerto Rico, Residente intenta explorar una perspectiva espiritual y ambiental, pero termina recayendo en lo político. Y eso muestra su mirada estrecha de la vida. La vida no es una ecuación de ellos y nosotros, de poderosos y víctimas.

Libertad, decía George Orwell, significa el derecho a decirle a la gente lo que no quiere oír.

 

 

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