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Rock bogotano: Una casa en busca de identidad

Lecciones de historia en un género clave para la música de la capital.
ComicSans // Getty Images
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Por
Alejandro Araújo

"Rock bogotano" es un término que abarca una gran cantidad de estilos, bandas e influencias. Este es un intento por intentar definir los elementos que han permitido que la escena rock bogotana crezca en más de 50 años de historia, desde Los Flippers hasta Nanook el Último Esquimal. La casa ya es cada vez más sólida. 

Por Alejandro Araújo 

Desde que llegaron los Beatles a la casa todo cambió, los cuartos se llenaron con el sonido de las voces de los cuatro de Liverpool. El 7 de febrero de 1964, cuando aterrizaron por primera vez en Estados Unidos, miles de fanáticos los recibieron en el aeropuerto, fueron un fenómeno y solo fue cuestión de días para que su música llegara a las emisoras colombianas. En casa todo el mundo enloqueció, en un cuarto aparecieron los Flippers, en otro los Ampex, en otro The Spekers, los Yetis y la historia de nuestro rock empezó.

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Esta primera generación quería imitar a los Beatles directamente: tocaban sus canciones y si alguno se animaba a componer propias, eran prácticamente calcos de la música de Lennon y McCartney. Como un bebé que aprende imitando a sus padres, esta primera generación tuvo a The Beatles como principal inspiración. 

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Siguió llegando música de afuera y hubo que construir un segundo piso en la casa. Bob Dylan, Jimmi Hendrix y Santana con la psicodelia y luego Pink Floyd, Cream y todo el progresivo. En ese segundo piso nacieron Banda Nueva y más adelante Ship. Los años 70 en Estados Unidos llegaron un poco más tarde a Bogotá, pero la revolución sexual, cultural, las drogas, la cultura hippie y todo lo demás de una manera muy nuestra, apareció.

Llegó música de otras partes del mundo, de países hermanos que nos tomaron ventaja en esa búsqueda de identidad musical. Soda Stereo, Charly García, Café Tacvba, Molotov, Argentina y México nos mostraron que el rock a pesar de haber nacido en Inglaterra y Estados Unidos, podía ser latino y sonar tan propio con el folklore mismo.

Como resultado, aparecieron dos de los primeros grandes hijos de Bogotá y el rock: Aterciopelados y La Derecha. Dos bandas que encontraron un sonido extrañamente similar, tenían su propio piso, pero empezaron a invadir la sala, el comedor y la cocina, la cotidianidad los puso al lado de la gente. Decidieron hablar de su contexto, letras para pensar, para cambiar, con cosas por decir, críticas a la sociedad, inconformismo por las injusticias que cometían los dirigentes, y por primera vez, de forma consolidada, el lenguaje propio de la cultura bogotana, palabras que se usan día a día, palabras fuertes, nuestras palabras, un primer sello de identidad, tal vez el más importante.

Por fin hay arreglos que tienen influencias de música colombiana, cosa que el jazz ya había hecho tiempo atrás. Percusiones latinas, toms afinados como timbales o timbales directamente, congas, bajos sincopados, acordeón, las fusiones que aparecieron en manos de gente como Carlos Vives en otras regiones del país, también hicieron eco en Bogotá y en el rock.

Como adolescentes que quitan la decoración de niños de su cuarto y pegan posters en las paredes para sentirlos suyos, por primera vez los bogotanos se apropiaron de su casa y la llenaron de sus sonidos.

Llegó el nuevo milenio y hubo que construir una planta más, tres alas diferentes, pero que convivían tranquilamente. Por un lado llegaron Blink 182, Green day, NOFX, Sum 41 y compañía. Bogotá encontró un nuevo pasatiempo, el Skateboarding y la música que viene con él, una particular vertiente del punk, más suave, cómica en ocasiones, fiestera y sentimental. Aparecieron El sin sentido, Don Tetto, K 93, Area 12 y muchas más. Una escena que creció rápidamente. Letras de amor y desamor, letras introspectivas y algún comentario sobre la cotidianidad en la ciudad, aunque estuvieron bastante lejos de esa identidad que lograron Aterciopelados y La Derecha.

 

Aún así, era un sonido que dentro de su nicho, resultaba bastante particular, muy influenciado por MTV latinoamérica, que pasaba en su mayoría bandas mexicanas de emo punk como Allison y Pxndx, pero también se alimentaba del metalcore californiano e incluía doble bombo en la batería o afinaciones más graves en las guitarras.

 

La siguiente ala tenía otras corrientes paralelas y semejantes que estaban más cerca del ska y el reggae, influidas por grupos como Los Fabulosos Cadillacs o Ska-P. Nacieron 1280 Almas, Dr. Krápula y varias más, pero tampoco tenían un sonido que se sintiera representativo de la ciudad, a pesar de contar con una gran fanaticada.

La tercera ala de la planta tenía como espejos el rock indie, principalmente, Muse, The Killers, Interpol y The Strokes, entre otros, derivaron en The Mills, The Hall Effect, V for Volume y compañía. Los sintetizadores y secuenciadores tomaron el protagonismo y alejándose más aún de la búsqueda de un estilo propio, empiezan a cantar en inglés. Es una generación que siguió el ejemplo de sus antecesores, y como los Flippers o los Yetis, copian lo de afuera con admiración, sin ser tan literales en este caso.

Nuevamente la casa parecía invadida por extranjeros, cada cuarto tenía una bandera diferente, la mirada afuera, buena música, cada vez más profesionalismo, la industria creció junto a la casa, la ciudad aprendió a hacer conciertos, festivales, discos y videoclips, la estructura se define cada vez más, pero el ambiente volvió a ser completamente ajeno.

En 2009 se lanza en todo el mundo Spotify. Las plataformas de streaming arrasaron con el mercado musical, YouTube se convirtió en un fenómeno, aparecieron artistas como Justin Bieber, producto de internet, y se rompieron las barreras. La casa se volvió loca, aparecieron bandas como hormigas debajo de las piedras, nació una nueva camada de rock bogotano, Diamante Eléctrico, Revólver Plateado, Telebit, Oh’laville, Los Petit fellas, volvió el español, volvió el lenguaje, volvió cierta sensación de pertenencia a pesar del abanico de estilos.

Desde guitarras crudas, riffs pesados y bluseros con sonido norteamericano, pasando por cosas mas latinoamericanas con tamboras andinas, guitarras espaciales y riff bailables, hasta fusiones con hip hop, todos cubiertos por un gran manto de sintetizadores y samplers, cada uno a su manera. Pero a pesar de la variedad de sonidos, el idioma hace la diferencia: los temas siguen siendo introspectivos, de amor y de fiesta, pero también de vez en cuando se habla de la calle, de algún tema social o político, los videoclips muestran la ciudad, vuelve un aire de identidad.

Gracias al boom de las plataformas de streaming y la autogestión como bandera, de los cuartos de atrás de la casa, después del patio interno pero en el primer piso, más cerca de los cuartos de los años 70 y 80 que de los contemporáneos, de donde nadie había mirado mucho, empezaron a salir bandas que vienen de una tradición de tocar en bares pequeños, de estar bajo las sombras, más cerca del punk que del rock comercial, de estar ignorados por los medios y la industria. Pero ahora todo es distinto, ahora no necesitan de nada de eso, ahora solo hacen falta un computador y lo que ya tienen, intereses genuinos de hacer música sólo para expresarse, para opinar sobre el funcionamiento de la casa, sobre la pintura, los muebles, el aseo, la comida, el transporte público, las calles, las largas caminatas para evitar el caos, las noches de fiestas independientes con música diferente, que no suena en la radio tradicional, pero ahora no importa, ahora existe YouTube.

Empezaron a obligar al resto de la casa a mirar hacia allá, las emisoras tuvieron que abrir sus bibliotecas y dejar entrar otras cosas. La ciudad se sorprendió porque estos descendientes de marginados llenan mejor las paredes, envuelven mejor el ambiente, encajan naturalmente en cada espacio, tienen el espíritu de identidad que tuvieron Aterciopelados y La Derecha en los 90, piensan la música desde su completa y sincera individualidad, aceptan su contexto y su sonido es el resultado.

Nanook el Último Esquimal, Nicolás y los fumadores, Hermanos Menores, Arrabalero, Bliss, entre muchas otras, son una generación de bandas que mira hacia adentro para llevar afuera, que se la juega con la suya porque se encarga de todo, ama lo que hace porque el esfuerzo que requiere hacerlo vale la pena. El sonido como resultado de su contexto y la cercanía con los años 70 y 80, una tendencia mundial en estos días, dieron un lugar importante a la instrumentación, incluso varias bandas son instrumentales o tienen temas instrumentales, buscan mezclas con otros sonidos, no tienen miedo a la experimentación, a hacer una canción de un minuto o de nueve, no tienen restricciones porque no necesitan sonar en radio, se sienten libres y se expresan igualmente.

La casa empieza a tomar forma, se siente cada vez más propia y el rock bogotano parece por fin estar saliendo de su adolescencia. Hay una gran variedad de sonidos, muchos parches y un gran impulso por hacer cosas. Se siente un aire de madurez y mucho futuro.

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