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Un viaje sin retorno a la central nuclear de KRAFTWERK

Una historia no contada sobre la banda alemana que sonó en la televisión colombiana de los 80, en medio de la visita del papa y la masacre de Pozzetto.
Foto: Mike Coppola/Getty Images
Foto: Mike Coppola/Getty Images
Por
Chucky García

Si a este mundo en el que aún vivimos, aferrados a un tapabocas y un pote de gel antibacterial mientras la vida se nos va lavando platos, no lo mata el 2020, Kraftwerk estará de regreso, en vivo, en 2021 y según su web oficial, con fechas programadas para abril y junio en Europa. Dios, Buda, la Virgen de Fátima o el alma de Schneider quiera que tengamos chance de verlos

Por chuckygarcia // @chuckygarcia – Foto: Mike Coppola/Getty Images

El título es exagerado pero la historia es muy sencilla. En 1986, la realidad en Colombia era como meterle la mano a una licuadora en pleno funcionamiento, no sin antes santiguarse para que el fallido experimento salga bien. Nada distinto a la de ahora, cuando el gobierno nacional derrocha diez mil millones de pesos en una semana como rico nuevo en mall de Miami; y frente a la grave crisis de salud en el Amazonas por Covid-19 tiene como respuesta enviar un contingente de soldados y consagrar al país a la Virgen de Fátima.

Entre otras noticias de ese año estuvieron la visita del papa Juan Pablo II y la masacre del restaurante Pozzetto, que para quienes no lo saben o no lo recuerdan dejó una treintena de muertos y docena y media de heridos a manos de un exmilitar colombiano, veterano de la guerra de Vietnam y comensal asiduo del lugar al que se le corrió el champú y a cuchillo y bala firmó tan comentada desgracia.

En medio de eso, sin embargo y como también siempre pasa en este país que se dice ser laico y democrático pero en el que nos toca convivir con medidas de personas abyectas e imposiciones que menoscaban hasta la libertad de credo; un programa de televisión de emisión diaria y corta duración radiaba una pequeña luz de esperanza. Se trataba de El Boletín del Consumidor, un espacio auspiciado por la Confederación Colombiana de Consumidores para orientar a los consumidores sobre sus derechos y deberes a la hora de adquirir bienes o servicios, creado originalmente en 1970 y en el que básicamente tenían voz las personas de estratos medios y bajos que habían comprado un colchón y les había salido relleno de aserrín; o que con sus ingresos de asalariados habían adquirido una olla pitadora y los fríjoles no se ablandaban.

Una delicia de formato, pionero e innovador pese a que era el mismo chorrero de quejas en el que hoy nos bañamos los colombianos, y con una musicalización que pocas veces se ha visto y oído en la historia de la televisión y los medios de comunicación de este bello platanal sin Dios ni ley. Gracias a El Boletín del Consumidor conocí la música de la mítica banda inglesa Pink Floyd y especialmente la de icónica agrupación alemana Kraftwerk, que en este programa usaban para muchas notas (específicamente su canción The Man Machine, la misma que le prestó su nombre al que es considerado su manifiesto futurista por excelencia, su álbum más influyente o el que los pone en el rango de revolucionarios, junto a The Beatles o la aparición del movimiento punk inglés).

Entre el 86 y el 87, a mis tiernos 13 años, yo había caído en las garras de bandas como Metallica, Slayer, Megadeth y Anthrax, y gracias a que un primo me presentó a un pelao del Eje Cafetero al que en el barrio cariñosamente llamaban “El Pollo”, quien tenía casetes de los cuatro grandes del thrash rigurosamente escondidos bajo una piedra del jardín y solo se los mostraba a uno cuando su mamá no estaba en casa. Conocer esa música underground que por aquel entonces ya se había comenzado a pavonear con mucho éxito en la gran industria de la música me cambió la vida, pero cada vez que en El Boletín del Consumidor sonaba Kraftwerk, la cabeza me daba vueltas y me quedaba pensando toda la noche en qué coños era esa esa especie de melodía robótica de la era post industrial, tan sugestiva y entrañable, y quiénes estaban detrás de ella.

Para ese entonces, Kraftwerk ya era una fábrica de hacer álbumes de vanguardia que además eran consumidos en masa, y más que una central eléctrica (significado literal de su nombre) era como una nuclear: la radioactividad, tanto como la robotización de la fuerza laboral y la cotidianidad humana, estaba justamente entre sus obsesiones estéticas y las líneas de sus canciones, al punto de que ya había lanzado un disco bajo el título de Radio-Activity (1975). Un dato no menor, si tenemos en cuenta que 1986 fue además el año en que a la planta nuclear Vladímir Ilich Lenin, la famosa protagonista de la serie de HBO Chernobyl, ​le dio por sacar la mano y paralizó al mundo con una catástrofe sin antecedentes.

Kraftwerk en 1981. Foto:  Koh Hasebe/Shinko Music . Getty Images.

Kraftwerk: ¿Por qué es la banda más importante de las últimas décadas?

Homenaje a Florian Schneider (1947 - 2020)

Entre 1970 y ese bendito 86, bien puede decirse que Kraftwerk sentó, consolidó y prácticamente selló las bases de su carrera. Produjo todos los álbumes de estudio por los que hoy son conocidos en el mundo entero y atomizó cualquier duda de su inclusión en la historia universal de la música, lograda enteramente por humanos con sensibilidad de maniquíes robotizados, entre ellos el gran Florian Schneider, cofundador y a quien su reciente fallecimiento trajo de regreso a la palestra, si bien se había retirado del grupo en 2009.

Treinta años exactos después de mi primer encuentro con su música a través de un televisor de 14 pulgadas, en 2016, tuve que irme hasta Argentina para poder ver en vivo su show en 3D en el Luna Park de Buenos Aires, y eso que estuve a un pelo de no lograrlo porque a pocas semanas de su realización lo suspendieron. La razón fue que en abril de ese año cinco muchachos murieron en un festival de música electrónica por sobredosis, por lo cual las autoridades locales pensaron que podía suceder lo mismo en el concierto de Kraftwerk programado para noviembre.

Nada más alejado de la realidad, el tipo de fan que los alemanes cultivaron y cosecharon a lo largo y ancho de Latinoamérica siempre ha distado en muy buena medida del fiestero electrónico de fin de semana y amanecida, o del público que habitualmente consume corrientes de baile derivadas del género y que normalmente giran en torno a la figura del DJ. Sin sonar pretencioso, hay en el seguidor de Kraftwerk un sentimiento común más cercano a la noción de colectividad, al activismo, a la idea de la música como un campo que puede conciliar las cifras de grandes ventas con el arte hasta el punto de volverse una obra en sí, como en este caso lo es; o incluso a ese tira y afloje entre la gloria y el averno en el que nos criamos quienes crecimos en los años 80 con Juan Pablo II, Pozzetto, Chernóbil, la caída del Muro de Berlín o las hazañas de Lucho Herrera y Fabio Parra en el Tour de Francia, evento al que Kraftwerk le hizo un single en 1983, Tour de France, que en México lanzaron en vinilo bajo el nombre de El baile de la escoba.

Relanzado como álbum en 2003, en el marco del aniversario número 100 de la vuelta ciclística y bajo el título de Tour de France Soundtracks, de momento es su última grabación, concebida como buena parte de todas las demás en su guarida de toda la vida, sus estudios Kling Klang en Düsseldorf, Alemania. Fue la última vez que Florian Schneider trabajó hombro a hombro con el otro fundador de Kraftwerk, Ralf Hütter, quien en una entrevista de buen barrido para el diario español El País, en junio de 2013 y titulada “La emoción de las máquinas”, llamó a su banda un organismo vivo, una orquesta en directo, no algo rígido sino una escultura viviente: “No venimos de una escena musical, sino del arte. Pero durante muchos años hemos estado girando por salas de conciertos y teatros”.

El telón se baja en la entrevista con las palabras de uno de los padres del techno Detroit, Derrick May, cuya carrera despegó en 1987, quien siempre reconoció a los alemanes como influencia fundamental, algo así como lo fue para David Bowie o lo ha sido para Jay Z: “Encontramos en su música una visión del futuro, encantadora, dura y suave a la vez. Más que una influencia, fueron un sueño. Cerrabas los ojos, los escuchabas e imaginabas otro mundo”.

Si a este en el que aún vivimos, aferrados a un tapabocas y un pote de gel antibacterial mientras la vida se nos va lavando platos, no lo mata el 2020, Kraftwerk estará de regreso, en vivo, en 2021 y según su web oficial, con fechas programadas para abril y junio en Europa. Dios, Buda, la Virgen de Fátima o el alma de Schneider quiera que tengamos chance de verlos de regreso tras la pérdida de uno de sus magnos operadores, el propio Florian, para volver a entonar ese estribillo de su canción en el que la radioactividad viaja libremente en el aire para el bien de la humanidad y haciéndonos sentir más vivos que nunca por temor a la hecatombe.

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