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Colombianos que se mantienen fieles a sí mismos, como Jack Daniel’s

Solo quienes persiguen su pasión hacen historia.
Por
Redacción Shock

El whiskey más famoso del mundo está celebrando un siglo y medio de existencia.  Un cumpleaños de una pasión que hoy se mantiene más viva que nunca. Desde sus inicios, Jack Daniel’s se ha producido artesanalmente en la misma destilería y siguiendo la misma receta de hace 150 años; logrando crear un whiskey merecedor del título único ‘Tennessee Whiskey’. Por eso en este cumpleaños legendario Jack se une a sus amigos y celebra la originalidad de siete colombianos; siete personajes que  al igual que Jack, nunca dejaron de creer en ellos mismos. 150 años y contando…

En este aniversario N.150 Jack Daniel’s le rinde homenaje a siete colombianos (haciendo alusión  a su clásico whiskey Old N.7) que se han mantenido fieles a su esencia. Porque solo quienes persiguen su pasión hacen historia, un valor que Jack ha promulgado desde 1866. Produciendo cada gota de whiskey de una manera única. #Jacks150

Juan Galeano, un rockero pura sangre 

A pulso por un Grammy

Hace cinco años, Juan Galeano se sentía ansioso. En ese entonces era solista, tenía 30 años, había estudiado contrabajo jazz durante 4 años en el conservatorio de Rotterdam (Países Bajos) y andaba con pocos pesos en su bolsillo. También era la época de su primer disco, Peregrino, producido en 2010 por el legendario Andrew Loog Oldham, a quien le atribuyen haber descubierto a los Rolling Stones en los 60. No había posibilidad de equivocarse: un genio producía a otro genio.

Dos años después, Peregrino vendió mil copias; no hubo plata, no hubo fama y el reconocimiento de la industria no fue avasallador. Pero ese tropiezo fue el inicio de la historia del Diamante Eléctrico,  la banda que hace poco ganó el Grammy Latino a Mejor álbum Rock, convirtiéndose en los segundos artistas colombianos en lograrlo después de Aterciopelados en 2001.

Sus tres integrantes se subieron encorbatados a recibir el Gramófono dorado. Ese día los nombraron en la sección de farándula de los noticieros nacionales y aparecieron fotos de la gente en fiestas con ellos a su lado.

La respuesta de la banda fue simpática y contundente: un meme con el texto “Si no me quisiste así, no me busques cuando esté así”. En un lado aparecía Galeano ebrio, con una cerveza en la mano y la camiseta abierta y sudada. En el otro un Galeano vestido de corbata negra en Las Vegas.

Días de hambre

Después de Peregrino Juan se las arreglaba para sobrevivir.  Los parámetros de la industria lo presionaban, le pedían un nuevo trabajo, pero no había con qué. En el 2012 una multinacional de licores le propuso hacer otro disco producido por Oldham, grabado en los estudios más prestigiosos de Nueva York, Nashville y Londres. Todo el proceso se documentaría y la marca se pegaría del “éxito” de ese trabajo con vallas, revistas y pauta digital. Era una inversión cercana a los 500 millones de pesos. Sin embargo, después de un año entero de arduo trabajo, el proyecto fue dado de baja una semana antes de su ejecución. Galeano se decepcionó de la industria, sintió que perdió un año de vida y quedó desalentado para hacer música. Pero esto último era mentira.

Nace el Diamante

En silencio, Galeano se reunía con músicos para formar Diamante Eléctrico y hacía plata como siempre lo había hecho: “lavé platos dos años, recogí manzanas, trabajé en call centers y les di clases de música a niños, que es la cosa que más me emputa en la vida”. Primero buscó a Daniel Álvarez, guitarrista, que llevaba años sin tocar, estaba desencantado de la música y dedicado a la consultoría en administración.

Luego buscó a Andee Zeta, baterista, a quien conoció diez años atrás. “Usted es el batero de mi nueva banda, se llama el Diamante Eléctrico”, escribió Galeano en un mensaje de texto. Zeta no tuvo ningún reparo en aceptar. Y empezaron a tocar con una sola premisa: dejar de pensar en fórmulas. Y así, Galeano se dejó rescatar con música de lo que esta misma le había dejado. Formando una banda  con dos amigos y cantando canciones como “Matar a un hombre muerto”, que revelan la peor de las tusas, la descorazonada de la música que los tres vivieron.

Ya han tocado más de 200 conciertos, se han parado en tarimas del tamaño del Vive Latino, en México, el Lamc de Nueva York, y los festivales Rock al Parque y Estéreo Picnic de Bogotá. Le han abierto a grandes como Foo los Fighters y los Stones. Han logrado sacar con las uñas dos muy buenos discos, el primero financiado por una plataforma de crowdfunding llamada Pledge Music. La meta era recoger cinco mil dólares y lograron 5160. Lo último que les faltaba en estos escasos tres años era ganarse el Grammy…y se lo ganaron con toda la rebeldía del mundo. “B”, el trabajo ganador de Blues fue grabado a la vieja usanza, en una sola noche, en un mismo lugar. En vivo, sin tanto artificio para recoger el sonido sucio y rudo de los instrumentos.

Por ahora están trabajando en su siguiente disco que grabarán en “cinta”. No saben cuánta plata llegará, ni cuántos conciertos harán, pero están motivados. Galeano recuerda una frase de un amigo “Si no vamos a hacer plata, hagamos historia. Nosotros estamos escribiendo la historia de la música del país; con machete, espada… como sea”. Ya son 15 años haciendo rock contra todos los pronósticos y ahí seguirá, soñando con tocar corazones  hasta el fondo sin dejar de ser él.   

Alejando Cuéllar el cocinero de alto riesgo.

Un cocinero innato

Su relación amorosa  con la comida data de 1987, cuando a sus tres años de edad prendió un fogón por primera vez.  En ese momento, conquistado por las pizzas que sacaba su papá del horno, aprendió a armar galletas con las sobras de la masa sin sal. Las recetas, que mezclaban ingredientes tan dispares como chispas de dulces certs con mantequilla y chocolatina con crema de dientes, resultaron ser un sorpresivo acierto culinario.

El campo y su mamá también formaron al futuro cocinero. Beatriz, amante de la fotografía y de las flores comestibles, fue la primera persona en darle a probar capuchinas y pensamientos, revelándole todo un mundo de sabores desconocidos. Gracias a eso aprendió la mejor lección: entender que las flores también se llevan a la boca y que la cocina puede parecer insensata.

El siguiente plato de su empírico menú fueron las pizzas caseras. Tajadas de pan Bimbo aplanado al horno con salsa napolitana, aceitunas, orégano, jamones y quesos. Recetas que ganaron buena fama entre sus amigos  y sus padres durante la época del colegio. Aunque en ese momento ya un chef había nacido, Cuéllar nunca supo que quería serlo.

La receta

Cuando cumplió 18 años se escapó una larga temporada a Francia donde despertó esa curiosidad que hoy lo caracteriza: enterarse de todo lo que un plato de comida tiene por contar. También se enamoró de los sabores mediterráneos, cocina pura y sincera donde se le rinde homenaje al producto.  A pesar de esto, al volver, en vez de estudiar Gastronomía, empezó Administración de Empresas en Los Andes.

Mientras tanto, enseñaba la música que aprendió empíricamente de su papá, dictaba cursos de su cocina, practicaba ajedrez, se volvió un maestro para los trucos de magia y componía canciones con un aire a banda sonora.

Durante esa época nació Radio La 15, la banda de rock que formó con su viejo. Tenía madera, sus papás querían que fuera músico pero Cuéllar se rehusaba a convertir ese don en su trabajo-, pues  como él mismo dice: “le rompería el alma”. Siguió probando suerte con la Administración hasta que decidió retirarse en tercer semestre. Algo había cambiado en él, no podía dejar de fantasear con las experiencias gastronómicas que vivió en Europa y quiso matar esa curiosidad.

Decidió irse a vivir a Buenos Aires donde estudió en el colegio de gastronomía Gato Dumas. Esos años no solo lo convirtieron en un artista de los fogones, sino en un fotógrafo apasionado. Después de cinco años en Argentina regresó para sentar, sin darse cuenta, un precedente en la cocina colombiana. Su primer trabajo fue en TAO Cocina donde tuvo la oportunidad de codearse con grandes de la gastronomía colombiana. Luego  estuvo al mando de la cocina del empresario Leo Katz, un cargo que dejó al poco tiempo para dedicarse a su propia empresa de catering, ‘su primer hijo’, como él la llama. Y fue así, como después de servir cientos de platos de su cocina experimental, se convirtió en una excepción a la regla: ganarse un premio La Barra sin ser dueño de un restaurante.

Gastronomía silvestre

“Sabe a zapote”, esto responde Cuéllar sobre el sabor de la flor pensamiento, una de las 19 flores que cosecha en su huerta ubicada a las afueras de Bogotá. Estas, junto a las begonias y las oxalis, despertaron su amor por la cocina silvestre hace nueve años, siendo prácticamente el único chef colombiano en asumir este riesgo.

Cuéllar va más allá de la creación de una receta. Le interesa contar la historia que hay detrás de cada plato, valorando todos los factores que lo inspiran y lo hacen posible: la naturaleza, los campesinos, el equipo de cocina y el comensal. Por eso tiene una huerta que funciona por trueque y surte su catering, unas colmenas de abejas que producen miel para sus postres y una pequeña casona donde pule las lajas que le sirven de plato.

Hoy con 31 años, Alejando sigue apostándole a la creación de platos irreverentes, sin importarle si los entienden o no, pues su único fin es servir algo “delicioso”. Le perdió el miedo a equivocarse, venció las críticas de quienes cuestionaban su talento y  se convirtió en  un promotor de la gastronomía consciente.  Es un chef que se alimenta de la satisfacción de sus clientes, que utiliza como ingrediente principal la curiosidad y que continuará promulgando su cocina, esa que no aparece en los tradicionales libros de recetas.  

Jimena Hoyos, la protagonista de la historia de los perros

Artista en mayúsculas

Desde que tiene memoria, se la pasaba tarareando libretos e imitando a grandes intérpretes del cine como al trío Bette Davis, Ingrid Bergman y Greta Garbo. Así creció Jimena Hoyos, una fanática consagrada de la pantalla grande, el teatro y el arte. Lo suyo eran las cámaras, las luces y la acción. Soñaba con interpretar roles frente y detrás de cámaras, pues uno de sus grandes retos siempre fue sentarse en la silla de director.

Al graduarse del colegio Nueva Granada en Bogotá, empezó a estudiar Artes Plásticas en la Universidad de Los Andes, una carrera que abandonó en la mitad del camino para probar suerte como actriz en la gran manzana. Y la sacó del estadio. Quince días después de su llegada a Nueva York, ya estaba en la mira para los diferentes castings en la ciudad. Estudió actuación en el reconocido Stella Adler Studio Of Acting y pronto se convirtió en una artista multifacética. Pintaba, moldeaba esculturas, desfilaba en pasarelas y actuaba frente a los públicos como si estos talentos formaran parte de su naturaleza. Al poco tiempo su nombre también empezó a sonar en Colombia, figurando en el reparto de producciones como la serie ‘Francisco el Matemático’ y las telenovelas ‘Solterita y a la orden’ y ‘Se armó la gorda’.

En Estados Unidos se codeó con gigantes. Debutó en el reality I Wanna Be A Soap Star, actuó en la famosa serie Dexter y compartió pantalla en la película The Devil Wears Prada con Meryl Streep, la actriz con el mayor número de nominaciones al Oscar en toda la historia. Cada día se acercaba más al paseo de la fama en Hollywood, pero pronto emprendería una nueva lucha.

El papel de su vida

Durante una de sus visitas a Bogotá, en plena Avenida Caracas, Jimena se enamoró de Zico, un perro callejero que rescató de una jaula pagando solo unos pocos pesos por él; 25 mil para ser más exactos. El cachorro, un fila brasilero, se convirtió desde esa tarde y durante los futuros 8 años en su compañero fiel.

En 2012, años después de la dolorosa partida de Zico, Jimena dejó su carrera actoral para interpretar el verdadero papel de su vida: ser la guerrera de los perros huérfanos. Así nació Gozques, la fundación que busca dignificar la vida de los perros de la calle. Su primera apuesta fue crear un dispensador público de comida que albergaría 30 kilos de concentrado. Después de días en el taller y de diseñar siete modelos previos que fallaron, Jimena instaló el primer comedero en las puertas de su restaurante Carambola en Cajicá. La idea tuvo un éxito inmediato, se convirtió en el plato  de cientos de perros vecinos, instalando nuevos dispensadores en Tabio, Sopó, Chia, Tenjo y Zipaquirá;  pero el precio era demasiado alto…

Para financiar el proyecto Jimena aprendió sola a disparar la cámara fotográfica; quería retratar a los perros, contar sus historias, bautizarlos con un nombre y vender sus fotografías. Gracias a una pequeña exposición que montó en su restaurante, Julio Isaza, dueño de un lujoso hotel canino llamado D.O.G, compró 40 cuadros y la invitó a presentar su trabajo en Estados Unidos. Fue así como las fotos montadas en marcos hechos de chatarra y material reciclado,  se convirtieron en la esperanza de vida de miles de perros. Hoy gracias a ese contacto y a la alianza que hizo con el veterinario Juan Manuel Montoya del proyecto Comedogs,  alrededor de 1.000 perros sido adoptados y unos 5.000 se alimentan de los 400 dispensadores que están regados por el país.

Así vive Jimena, manifestando su cariño a cuanto perro encuentra a través de su lente. Para ella la discriminación no existe, porque ellos, a diferencia de los humanos: “sí saben perdonar”.  No la trasnocha haber renunciado a todo por Gozques, porque en últimas lo único que importa es luchar por el verdadero amor; y  el suyo lo encuentra en cada uno de esos perros que se cruzan en su camino.

‘El Duque’, el baterista de ‘contracorriente’.

El melómano

No es fácil resumir en pocos párrafos quién es Alejandro Duque, más conocido como ‘El Duque’. Entre baquetas, pentagramas, corcheas, una voz gruesa, bigote, Soles, Res, Mis, Fas, crestas metaleras de alta peluquería, auditorios repletos de gente y hasta pocas monedas en los bolsillos, este guerrero ha superado mil batallas.

Y es que ser músico nato en un país en donde ese arte es una ficción teórica necesita de altas dosis de fortaleza, y eso al Duque le sobra. Altibajos e inestabilidad parecen ser características permanentes de su entorno, pero él, valiente y hasta miope ha seguido adelante.

Pereirano de nacimiento, terco como mula, heredero de un linaje del que nunca se sintió dueño gracias a un apellido tradicional, pero con los pies bien parados en la tierra, Alejandro siempre se percibió bien distinto a sus familiares.  A los 13 años se enamoró de la batería, aunque su contexto sugería que el fútbol profesional sería su destino. La cosa era así: por un lado entrenaba como arquero para las menores del Pereira, para luego empaquetar guayos, guantes y uniforme y arrancar a tocar.

El frenético ritmo le regaló una panorámica clara: con el fútbol –“que no es más que un negocio”– se jubilaría a los 35, mientras que con la música podría revolucionar corazones. Ingenuo o no, entre el vaivén de las dos actividades encontró motivaciones que lo acercaron cada vez más a la música y lo alejaron, como era de suponerse, de la cancha. Por ejemplo, el marcador de punta (de su equipo) era amante de la salsa y el delantero del metal; una de esas casualidades que lo ayudaron a tomar la decisión de su vida: tocar batería hasta que cargue una lápida encima.

Los estruendos  de ‘El Duque’

Desde entonces ha pertenecido a más de 20 bandas, ha recorrido el mundo dando conciertos, ha hecho del insomnio y el cigarrillo sus más leales compañeros, ha perdido tres dientes en el camino y ya la cuenta de operaciones en sus rodillas va en el número seis. Duque es un soñador, un aventurero que ha sido testigo y actor de la reciente historia del rock nacional.

Romper baquetas siempre fue su especialidad. Black Sabbath, Slayer y otra tonelada de bandas le hicieron dar sus primeros pasos en el metal, en el rock y hasta en el ska.  Por eso en el 93, cuando llevaba un par de semestres de Filosofía y Letras en una universidad de Bogotá, decidió ensayar junto a Andrea Echeverry y Héctor Buitrago. Entonces la gloria se materializó, se fue de gira siendo apenas un chino y Aterciopleados fue su pedestal.

Más tarde llegarían Bajo Tierra y Bohemia Suburbana. La voz de ‘El Duque’, sus platillos y  su nombre mismo, se consagraron y retumban en los oídos de miles de fanáticos que aún le recuerdan.  A un batallador como él  pocas cosas le causan miedo. Tras brillar sobre los tarros, le dio por enfrentar otro rol, que mucho menos agradecido, es vital para el mundo de la música. Ahora es el tipo que se dedica a lograr que cada detalle de un festival, de un escenario, de una presentación resulte impecable.

Los periodistas le llamarían el ‘cargaladrillos’ y, si bien se ve, tiene mucha lógica. Alejandro perfeccionista enfermizo es hoy en día todo un roadie, un controlador de todo lo que sucede en una tarima y fuera de ella… un técnico que vive por el rock.

Y es que El Duque ya ha enfrentado las grandes ligas: Rock Al Parque, Premios Shock, conciertos de artistas de los géneros más extremos, rumbas de reguetón, eventos en bares, ferias de pueblos, DJ’s, colectivos, audiencias enfurecidas, y en sí, todos los gajes del oficio de un roadie.

Si de algo no queda duda es que hay Duque para rato. A pesar de los imprevistos que han marcado su historia, el legado continúa.  Le dicen ‘rockstar’ y no se equivocan. Ya ha pasado más de 20 años ‘guerreándola’, dejando claro que la música es su motor de fondo y su mejor mitad.

Tato Ospina, el artífice de la fiesta

Rocanrolero de corazón

Hace 15 años José Luis Ospina Giraldo, más conocido como Tato Ospina, se despidió de la vieja escuela para dedicarse a ser un artífice de lo que ocurre en las noches capitalinas. Después de tres intentos fallidos por terminar una carrera universitaria, decidió apostarle a su verdadera pasión: el negocio de los bares y las discotecas.

Su relación con la música y la fiesta viene de tiempo atrás. Desde que tiene memoria, ha estado entregado al rock y a sus ídolos. Los sonidos y las voces de Kiss, Iron Maiden, Pantera y Metallica, lo animaron a tocar guitarra durante su adolescencia, y aunque su viejo intentó enseñarle cómo tocarla, aprendió los acordes por cuenta propia. Allí se empezó a formar como un auténtico rocanrolero, esos tipos que van en contra de todo, a pesar del tedioso ‘qué dirán’ y de las presiones sociales de las que todos hemos sido víctimas.

Por eso cuando tenía 18 años, recién graduado del colegio José Joaquin Casas de Bogotá, empezó a trabajar en WAKO un bar donde fue bartender, mesero, DJ, bouncer y hasta animador de barra. Allí se enamoró del tema, estaba ganándose buena plata, tenía licencia para enfiestarse al ‘gratín’, podía atender a sus amigos y lograba tener algo de éxito con las mujeres… un sueño hecho realidad. Pero lo que realmente lo enamoró era lo que estaba detrás del negocio; montar una escenografía que invite a la gente a involucrarse, pues según él,  todo se resume a lo vivido en ese preciso momento, en ese preciso lugar.

Los inicios de un empresario

En 2002 tomó el riesgo de montar su primer bar, FLAT. En ese momento  se acababa de retirar de Cine y estaba empezando Comunicación Social en La Sabana, carrera que eligió ante la insistencia de sus papás de rendirse como creativo y dedicarse a algo más ‘serio’, pues ya había  pasado también por Artes Visuales.  El negocio fracasó y año y medio  después de su apertura, Tato tuvo que declararse en quiebra por primera vez con 21 años. Pero ese sentimiento de emprendedor y de rebeldía ganó, así que mientras estudiaba montó ABAJO, un rematadero que funcionaba en la carrera 15 con 100.  En 2007 gracias a su éxito, tomó la decisión de dedicarse de lleno al negocio de la noche, perdiendo su tercer intento de cartón

Continuó jugándose el todo por el todo, finalmente el Tato vestido de traje y cumpliendo un horario de oficina era impensable, sus sueños eran otros. Abrió un par de negocios más, fallando una y otra vez, ya que por esa época, año 2008, pasó la ley zanahoria, los sitios cerraban temprano y asesinaron a un joven en la 85.  Al mismo tiempo le sellaron un negocio recién inaugurado en Usaquén… llegó una quiebra más.

A sus 26 años contaba con deudas casi imposibles de saldar y una centena de personas encima. Tocó fondo pero nunca dio su brazo a torcer, su decisión de vida ya estaba tomada.

El original

Rendirse nunca fue una opción. Por eso entre el 2002 y el 2005  trabajó como bartender, quería aprender del negocio y canalizar sus pasiones para que fueran rentables.  Por eso,  en sus sitios mezcla lo que le quita el sueño: el cine, el arte y la música, creando tarimas  y espacios donde pasa de todo.

De la crisis nacen las ideas que valen la pena, así nació ABAJO aquel rumbeadero  que montó con “tres pesos” y el apoyo de un grupo de negociantes que andaban en las mismas. El lugar despegó muy bien y su éxito fue tan rotundo que se llenó todos los fines de semana durante una década.  Esos años lo volvieron experto en el tema, abriendo y cerrando lugares de fiesta a su paso,  hasta que en 2013 decidió apostarle a la champeta, un ritmo musical que apenas estaba tocando las puertas en Bogotá. Tato, amante del género, convenció a sus socios de abrir un rumbeadero con una banda de champeta en vivo, se llamaría CAMPANARIO y solo sonaría este ritmo caribeño.

Y es que ahí está la clave, entender que los negocios deben ser una extensión de uno  mismo, logrando que los demás tengan ese mismo sentimiento. En el mismo edificio de Campanario montó DRUNKEN FOX, un roto espectacular de rock diseñado por Tato como el primer bar y  no pub de  este género en la zona rosa.  Y triunfó, montando un bar que diera la sensación de estar en la sala de su propia casa, donde se escuchara la música que lo marcó (Zeppelin, Pink Floyd  Queen y Sex Pistols) y donde sus amigos y él quisieran estar siempre. Luego el turno fue para La Zorra un sitio donde cantar champeta a grito herido es la regla y La Imperial un restaurante de comida mexicana, amenizado por los toques en vivo  de una banda norteña.

Hoy  después de tantos años Tato puede decir que está cumpliendo su sueño, gracias a esta premisa: mantenerse fiel  a su esencia hasta el final. Porque solo así, pase lo que pase, se alcanza el éxito.  

Actualidad Panamericana, la voz sin filtro.

“Noticias mentirosas, verdades dolorosas”

Un ‘criadero’ de enanos en el Espinal, Tolima y el anuncio de sanciones a los conductores que estuvieran manejando después de haber comido helado de ron con pasas, fueron las primeras ‘chivas’ con las que Actualidad Panamericana se dio a conocer en Colombia hace dos años.

La indignación y el estupor en redes sociales no se hicieron esperar. Decenas de personas cayeron con este par de ‘noticias’ del portal que se ha convertido en el referente de humor y sátira en nuestro país.

Desde entonces, varios respetados medios de comunicación y reconocidos políticos han sucumbido ante la información que produce la redacción de Actualidad Panamericana, un colectivo integrado por un grupo de amigos que escriben desde el anonimato.  Leovigildo Galarza, Bernardo del Portillo, Aquiles Baeza, Abelardo Gómez, Iván Madrazo, Doctor Diente y Pancracia Monocuco, son los nombres que utilizan estos creativos para firmar aquellas notas de ficción que se confunden con la realidad.

Imposible olvidar el escándalo que quiso provocar en redes sociales uno de nuestros ex vicepresidentes, al compartir, indignado, una noticia donde se afirmaba que ni el brillante científico Rodolfo Llinás comprendía cómo funcionaban las tarjetas de SITP y Transmilenio. Otro ‘golazo’ fue la discusión que sostuvo al aire la mesa de una prestigiosa emisora radial, sobre un comunicado (falso, por supuesto) de la Unión Europea en el que solicitaba a los colombianos dejar de pedir cosas “regaladas” cuando en realidad iban a pagar por ellas.

Y es que sus trampas no se limitan a fronteras colombianas. El popular diario deportivo argentino Olé cayó ‘redondito’ cuando difundió una noticia informando sobre un supuesto pleito legal de los futbolistas Jairo Castillo y Radamel Falcao García por el apodo ‘El Tigre’; un enrollo jurídico en el que además figuraba la Tigresa del Oriente como mediadora. Los medios alemanes también fueron víctimas al replicar con asombro la nota sobre un grupo neonazi alemán que habría golpeado brutalmente a cinco neonazis colombianos al confundirlos con refugiados sirios. Así queda demostrado, que con Actualidad aplica el lema “sálvese quien pueda” cobra relevancia.

Máscaras versus realidad

La calidad de las noticias falsas que genera Actualidad Panamericana es el principal anzuelo para pescar incautos: “noticias únicas para visitantes únicos”. Tal y como un medio de comunicación tradicional, los integrantes de este portal satírico están en un constante consejo de redacción a través de un chat. Allí discuten los temas que tratarán cada día, el enfoque que se le debe dar e incluso el formato en el que debe salir publicado. Y es que, como los mismos integrantes de Actualidad Panamericana explican, “siempre hay algo de verdad” en sus noticias, haciéndole frente, sin intención, a los grandes medios. Pero existe una diferencia abismal frente a los competidores: la falta de apetito de protagonismo de sus redactores. Mientras que para los periodistas comunes y silvestres ver su nombre y su foto en primera página sirve de bálsamo para el ego, los integrantes de Actualidad Panamericana usan máscaras para no ser reconocidos. Sin ‘querer queriendo’, como lo reza la filosofía de El Chavo del Ocho, Actualidad Panamericana está mandando un mensaje poderoso: lo importante es la noticia, no el periodista que la da.

Su popularidad y el más de medio millón de personas que los leen, se lo deben a sus ingeniosos apuntes, al abandono de egos y al talento para convertir las catarsis en letras de humor. Aunque han recibido propuestas tentadoras, se han mantenido firmes en su decisión: ser independientes a toda costa. 

Mientras que sus fanáticos siguen ascendiendo, Actualidad oprime con más fuerza su dedo en la llaga en temas que, aunque sean tratados con el más fino humor, vienen cargados de una poderosa carga de realidad. Noticias falsas con verdades dolorosas producidas por un colectivo que no da su brazo a torcer.

Juan Shool, la ley del talento.

 

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