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El tortuoso camino para hacerse el examen del SIDA

En el día mundial del SIDA, una crónica para reflexionar sobre la importancia de cuidarse.
Por
Redacción Shock

En un país como Colombia, en una sociedad como la nuestra, todo tiende a hacerse más difícil.

Por: Alejandro Álvarez // @AlejoAlvarezj / Foto: Serie Love

Hace un par de días me entregaron el resultado de la prueba de VIH. Llegar a este punto no fue fácil. Al menos para mí que soy altamente sugestionable. Primero, hay que ser consciente que debes hacerte revisar el cuerpo cada cierto tiempo, por la razón que sea, que además es solo de tu incumbencia. Segundo, debería ser el ejercicio más tranquilo para cualquier miembro de una sociedad. Tercero, el acceso a los mecanismos para lograr examinarse debería ser sencillo. Pero en un país como Colombia, en una sociedad como la nuestra, todo tiende a hacerse más difícil. Algo como la presencia de Uber, tomarse fotos desnudo(a) y ser profesor, hablar abiertamente de la inclinación sexual, decir que ya no se escucha rock, o hacerse un examen de rutina, se convierte en un problema, algo rayador, aparatoso.

Rayador porque uno no entiende cómo, después de decidir hacerse un examen, la EPS pone tantas trabas. ¿No se supone que el sistema de salud trata de prevenir? Es decir, hay que pedir una cita médica que se asigna a su amaño; después solicitar el examen y ver si el médico le da la gana de remitir porque el POS cubre este examen (si no sabe qué cubre el POS, simplemente llame a la línea de atención de su EPS y pregunte). Si el médico considera que es necesario –cosa que debe ser sin ningún rollo– y lo ordena, hay que esperar a que asignen la realización de los exámenes.

Para que el médico apruebe los exámenes toca responder un cuestionario regularizado por el decreto 1543 de 1997 del Ministerio de Salud por el cual se reglamentan los mecanismos de prevención, diagnóstico, manejo y reporte epidemiológico de la infección por VIH. Si el doctor queda convencido, que viene siendo como contarle cualquier cosa que él considere que es un factor de riesgo (relaciones sexuales sin condón, un tatuaje, una transfusión, o un tratamiento odontológico dudoso), ordenará los exámenes. Si no, no.

Allí comienza otro proceso. Por lo general esos servicios los presta un laboratorio clínico privado. Lugares bonitos estos, en su mayoría inversiones hechas por un combo de bacteriólogos que vieron potencial en esa línea de trabajo. Si van como particulares, los atienden como reyes. No hay filas ni salas de espera, solo turno preferencial. Si van por la EPS, es decir, por medio del POS, púdranse; deben esperar entre dos y tres horas entre adultos mayores y muchos enfermos y quedar a merced de las auxiliares, que parece que estuvieran haciendo un favor personal. O que hubieran desayunado con alacranes.

Entonces hay que esperar. Esperar, esperar y esperar. Cuando por fin llega el turno, pasar al mostrador. En mi caso, una señora en principio muy amable, me preguntó todos mis datos para corroborar qué tipo de examen era el que iba a hacerme. Entonces, cuando lo supo, fue como si se hubiera prendido una alarma. Levantó su mirada lentamente para ver al “tipo”. Se levantó de su puesto, fue hasta un cajón y sacó una hoja para posteriormente iniciar un cuestionario entre, irrespetuoso, riguroso y caprichoso.

“¿Estado civil?, ¿Tatuajes recientes? ¿Ha tenido relaciones sexuales sin condón últimamente? ¿Ha hecho transfusiones de sangre últimamente? ¿Es homosexual? ¿Es bisexual? ¿Es transexual? ¿Es heterosexual?”

Posteriormente, me hicieron pasar a un pequeño cuarto donde me tomaron la muestra de sangre. Una auxiliar me saludó amablemente y me informó que los resultados del examen serían confidenciales, que debía recibirlos en persona y no por correo electrónico. Me entregó una hoja con otro cuestionario, similar al anterior. Me pincharon el brazo y extrajeron algunos centímetros cúbicos de sangre. La auxiliar reiteró que debía venir por el examen preferiblemente acompañado.

En ese momento inició un conteo regresivo. Veinticuatro horas de incertidumbre sazonadas por las preguntas del cuestionario aquel dando vueltas en tu cabeza. Y por lo de “debe venir preferiblemente acompañado”, cosa que atormenta sobre todo si eres un provinciano estudiante más bien solo en la ciudad. Ese conteo regresivo significó el resumen, en mi caso, de los últimos once meses de haber tenido sexo casual, ebrio, re-ebrio, en sano juicio, sin condón, con condón, con novia, sin novia, grupal. Y de haberme tatuado tres veces –ya se mamá, hay dos que no has visto–.

No hay aún cura para el VIH ni tampoco una vacuna que proteja. Aunque hay tratamientos y medicamentos mucho mejores que hace quince años, el SIDA sigue siendo una enfermedad mortal. Es decir, un buen número de personas con el VIH que desarrollan el SIDA, se morirán: 1,1 millones de personas fallecieron a causa de enfermedades relacionadas con el sida (final de 2015) según la hoja informativa de noviembre de 2016 de la ONU. Y eso sucede en mayor proporción en los países subdesarrollados o con una infraestructura en salud perrata, como Colombia, donde las personas de bajos recursos no pueden acceder a los medicamentos básicos para tratar esta enfermedad. Es decir, los pobres están muertos.

Fueron veinticuatro horas de pensadera. De no enfocarme. De considerar diferentes escenarios. De ver una y otra vez la cara incisiva de la señora del mostrador como diciendo “si este viene a hacerse ese examen es por algo, debe ser marica, o debe estar infectado por algo. La gente que se hace ese examen ‘porque sí’ es sospechosa”.

Al otro día tomé fuerzas y me fui muy puntual a reclamar el resultado de mi examen de VIH o prueba de Eliza que le llaman. Porque, se me olvidaba, es una entre otras pruebas que existen y que acepté, pues cuando se firma el cuestionario, se accede a que si la primera prueba sale positiva hay que hacerse otra más certera. Llegué de nuevo al mostrador. Me volvieron a mirar de arriba abajo después de entregar mi cedula y de corroborar que venía por un examen de VIH.

-¿Ya llenó el formulario reglamentario?

-Sí.

-¿Viene con acompañante?

-No. (Le dije cabreado)

Si me preguntaba por mi acompañante era porque algo raro pasaba. Comencé a sudar. Me pasaron a la sala de espera y esperara; ahí me cabrié mas. Sudé más y pensé en mi familia. En mi mamá llorando. En mis amigos. En South Park y el capítulo de Magic Johnson. Me deprimí pues supuse que no podría ser padre. Pensé en un culito de cierto día de agosto en Suesca. En fin, pensé lo peor mientras veía el reloj del laboratorio aquel. Y la médica nada que salía a llamarme.

Veintidós minutos después salió la médica y me llamó por mis dos apellidos. Me paré tembloroso hasta un cubículo que ella me señaló. Entré. Me quedé solo un ratito hasta que una puerta corrediza se movió y entró la médica que me saludó amablemente. Sacó una hoja de papel, me pidió que la firmara y me hizo un cuestionario que contenía las siguientes preguntas: ¿Estado civil?, ¿Tatuajes recientes? ¿Ha tenido relaciones sexuales sin condón últimamente? ¿Ha hecho transfusiones de sangre últimamente? ¿Es homosexual? ¿Es bisexual? ¿Es transexual? ¿Es heterosexual? ¿Tiene razones para sospechar que está contagiado con VIH? Explique brevemente.

-Estos son los resultados de su prueba. Pero antes dígame, ¿trajo acompañante?

-No.

-No importa. Su prueba ha salido negativa. Pero debe asegurarse de haber respondido bien las anteriores preguntas.

Las revisé de nuevo y exhalé. Celebré como si fuera el ascenso del América a la A, levantando los dos brazos y mirando al cielo. Salí a la calle y la séptima se veía hermosa, fue como volver a nacer.

Así es todo en este país donde vivimos, que todavía se escandaliza por las fotos de una profesora desnuda en Cereté. Este país morboso y medieval donde si sos promiscuo, pecador u homosexual estás enfermo. Este país y su sistema, que todo lo enreda y lo hace difícil. Este país que amamos y en el que nos quedamos. Háganse la prueba, aprovechen que el primero de diciembre es el Día Internacional de la Lucha contra el VIH y que las cifras de esta enfermedad en Bogotá aumentaron entre los tales millenials. Denle esa excusa a la señora del mostrador. Y aprovechen que el examen es barato como particular y no tienen que esperar. Vale cuarenta lucas. O sino por la EPS, y esperan.

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