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“Yo estuve en el oro de Óscar Figueroa” (no, no es Dilian Francisca)

Pongan el himno: un colombiano narra cómo se vivió el épico triunfo de Óscar Figueroa en los Juegos Olímpicos.
Óscar Figueroa, medallista de oro en Río 2016
Óscar Figueroa, medallista de oro en Río 2016
Por
Raúl Riveros

Un colombiano con máscara de marimonda, y sin dinero de Coldeportes, estuvo entre el público que apoyó y vitoreó a Óscar Figueroa en la conquista de su histórica medalla de oro. Crónica de un triunfo que sacó del parqueadero el bus de la victoria.

Por: Raúl Riveros

Son las 4:30am en Río de Janeiro. Ya pasaron como seis horas del oro de Óscar Figueroa. Pueden ser más o pueden ser menos; cuando uno se expone a tantísima emoción se pierde la noción del tiempo. Hoy la jornada fue bastante dura, tocó madrugar y andar en todos los medios de transporte de la ciudad para poder ir a apoyar a Óscar y a Lina Marcela Rivas, pero todavía la euforia no me deja pegar el ojo. No dejo de pensar en la competencia, en su enorme significado y en haber tenido el honor de conocer a Óscar, su familia y su entrenador.

El Pabellón 2 del Riocentro, en Barra de Tijuca, fue el escenario al que llegamos un poco de colombianos, la mayoría sin mucho conocimiento sobre el desarrollo del deporte, pero todos sabiendo que había un compatriota verraco al que había que alentar. Muchos llegamos solos, otros en pequeños grupos, pero a las 6:50 pm, cuando faltaban 10 minutos para el inicio de la prueba, ya todos éramos conocidos y habíamos armado una gran mancha amarilla en la tribuna, que tuvo su primera explosión cuando mencionaron al pesista en la presentación.

Poco a poco íbamos comprendiendo mejor las reglas y la lógica del asunto. Unos se preocupaban porque Óscar se demorara tanto en realizar su primer intento, sin saber que eso era algo positivo y beneficioso. Cuando por fin llegó el momento la emoción de todos los colombianos contagió al público local, que no tenía a ningún brasileño que apoyar. La mayoría del estadio quería que el levantamiento fuera exitoso, y cuando lo hizo, supimos que la medalla de oro era posible. Se sentía un ambiente muy favorable y de completa felicidad.

Yo llevé parte de mi kit olímpico: las chinelas tricolores, la camiseta amarilla del mundial de Estados Unidos 1994, la mochila, el sombrero vueltiao, la bandera y la máscara de marimonda, que es muy incómoda, poco práctica y acalora demasiado, pero es tanta la alegría y simpatía que proyecta que vale la pena el sacrificio. Le dejé el sombrero a uno de los tantos colombianos que no conocía media hora antes pero que ya era amigo, y me ponía la máscara para los intentos de Óscar. La emoción y la recocha son parte del deporte, y los colombianos sí que somos expertos para eso, así que cuando le iba a tocar su turno el escándalo que hacíamos era impresionante. Eso sí, ¡ay del que no se callara cuando ya se aproximaba el momento del levantamiento y el entrenador hiciera la seña de parar el ruido!

El segundo intento exitoso nos dio mayor confianza así como la lesión de Lijun Chen, el chino poseedor del record mundial. El espíritu olímpico no consiste en alegrarse por el mal de un contrincante, pero era inevitable sentir ese alivio. Además una lesión de ese tipo es algo normal en la competencia deportiva de alto rendimiento: el mismo Figueroa lo había sufrido precisamente en Pekín hace 8 años. La cosa iba por muy buen camino y en el ambiente se sentía.

El tercer intento, que fue fallido, no nos preocupó mucho. Ya todos nos habíamos vuelto conocedores del deporte y sabíamos que Óscar pesaba menos que el indonesio Eko Yuli Irawan, así que en caso de empate teníamos ventaja. Dieron 10 minutos de descanso para el envión que sirvieron para tomar fotos, conocer mejor a los nuevos amigos colombianos y comunicarse con la familia, que estaba en Colombia prendida al televisor y que ya varias veces habían podido ver a la marimonda.

Una vez reiniciada la prueba pareció eterna la espera para que llegara el primer intento. Eso sí, tuvo emoción desde la previa, viendo en la pantalla el cambio de peso solicitado por el kazajo Farkhad Kharki, el indonesio y Óscar. Por fin nos tocó el turno y volvió la emoción, ahora más prolongada debido al tiempo que la barra descansa en los hombros. Figueroa esperaba a que el tiempo estuviera casi en cero para iniciar su levantamiento. Hasta daban ganas de avisarle y decirle que se afanara, como si él no entrenara a diario y estuviera completamente consciente del cronómetro.

El levantamiento exitoso daba en nuestras cuentas que ya estaba asegurada, como mínimo, la medalla de plata. Fue claro que la estrategia del entrenador con el peso solicitado funcionó, ya que ahora los que cambiaban eran el kazajo y el indonesio, mientras que Colombia sólo respondía: teníamos la sartén por el mango. Ya a estas alturas todos éramos expertos en el tema y con toda seguridad gritábamos: "Súbale un kilo", "bájele dos", "déjelo así".  Llegó el momento del segundo intento y creo que no fui el único que apretó cada músculo de su cuerpo tratando de enviarle fuerza a Óscar. Cuando lo consiguió sabíamos que ese oro no se nos iba a escapar. La euforia fue inmensa, no sabía qué más hacer, ya no me quedaba voz, me quité la máscara y seguí gritando y brincando con los demás.

Al indonesio también le quedaba un intento más, que tenía que superar al más reciente de Óscar; cosa bien complicada, teniendo en cuenta que él había fallado su segundo turno. Empezó lo que parecía una subasta entre los dos entrenadores: el indonesio subiendo de a un kilo y el colombiano igualando la oferta, esperando a ver hasta dónde iba a llevarla su rival. Ese duelo de póker lo había ganado hacía rato el colombiano, así que el indonesio plantó rápido y le dejó la opción a Óscar de cerrar la prueba.

De todos modos no iba a haber necesidad, ya que Eko Yuli Irawan falló su intento asegurando oro para Colombia y una gritería en el Pabellón 2 que queríamos que se escuchara hasta Zaragoza, pueblo natal de nuestro gran deportista. Figueroa se trató de mantener sobrio, para intentar superar su record olímpico en su tercer intento, pero la emoción no se lo permitió, como se lo confirmaría después a la prensa. En la tribuna había abrazos, festejos, saludos al campeón, una histeria completa. No veníamos bien en los juegos pero con esta medalla seguro enderezamos el camino. 

Algunos asistentes tenían boletas para otros eventos pero nadie quería moverse. Llegaron las banderas para la premiación, la más hermosa de las tres, la colombiana, en el centro, lista para izarse en lo más alto del pabellón y del mundo. Ese himno tan bonito que escuchamos a diario a las 6 de la tarde y de la mañana, sonó ahora mucho más hermoso. Con la poca voz que quedaba lo cantamos, varios con lágrimas en los ojos y todos con una satisfacción enorme.

Terminó la ceremonia de premiación y Figueroa se dirigió a la rueda de prensa, donde ahora tendría otra jornada agotadora y demorada con los periodistas. Muchos amigos del público se retiraron. Yo quería quedarme un rato más y tratar de acercarme a Óscar. Logré darme mañas para entrar a la rueda. Cuando terminó lo llevaron al control de doping y después de eso podríamos acercarnos a él.

Durante ese rato pude hablar con uno de sus entrenadores, su mamá y su hermana, todas personas encantadoras y amables que contaban con mucho orgullo cosas de Óscar, que permitieron saber más sobre la persona que hay detrás del deportista, detrás de ese monstruo que acababa de coronarse como el mejor del mundo.

Después de una larguísima espera salió Óscar y me pude acercar a él, saludarlo y tomarme una foto. Se veía todavía muy emocionado y se le notaba la humildad. Estaba emocionado de ver que había personas que habían esperado todo ese tiempo para tomarse una foto con él. ¡Como si no se lo mereciera! Como si no se mereciera que todos nos hubiéramos dado mañas para evadir la seguridad y poder permanecer en el recinto. Como si no se mereciera que el país entero se tomara un momento para analizar lo que había sucedido, que una persona desplazada por la violencia hubiera superado todos los obstáculos y se hubiera especializado en su disciplina al punto de ser el mejor del mundo. Como si no se mereciera que todos nos inspiremos en él para dejar la flojera, las excusas y la quejadera y trabajemos fuerte por cumplir nuestras metas y nuestros sueños. Como si no se mereciera que el gobierno ajuste las leyes para favorecer a nuestros deportistas. Como si no se mereciera que todos le agradezcamos por sentirnos aún más orgullosos de ser colombianos, de ser compatriotas suyos, de saber que también tenemos perrenque, disciplina, fuerza de voluntad y humildad, y que sí podemos tener un mejor país.

Gigante Óscar, ¡gracias!

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