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Fui el mariquita del salón

Una reflexión sobre lo que puede pasar cuando no se educa en el conocimiento de la diferencia.
Por
Redacción Shock

Me señalaron, se burlaron, me golpearon y reprimieron. Y lo que es peor: yo mismo me sentí un fenómeno. Nadie me explicó. Solo hubo represión y burlas. Nadie me habló de identidad de género, de orientación sexual, sólo de pecados y prohibiciones al punto de sentirme un fenómeno. De bajar la cabeza y permanecer en la sombra.

Por: Carlos García // @carloscuentero

La dictadura heterosexual me obligó a esconderme, a callar y a recitar una y otra vez la forma de familia impuesta por pasajes bíblicos en complicidad con los míos. No los culpo. Me dictaron clases desde una moral que dijeron normal. Y yo copié. No tenía otra alternativa. Me suprimí.

Me engañé y engañé a los demás. Viví años de mentiras, de temores, de soledades, de falsos amores. Creí en un dios que me ninguneó. Pensé varias veces en dejar de existir. Me convencí de que era un pervertido, una escoria, un anormal. Caí. Lloré. Grité. Me levanté. Volví a caer.

No había forma de evadir el acoso. En los pasillos, los baños, los patios, se escuchaban las risas en manada señalando al mariquita. Las pruebas de educación física eran interminables y el paso por las duchas era una tortura. Profesores cómplices. Víctimas todos de una mala educación. Nadie les enseñó a respetar. Nadie me enseñó a aceptarme.

No encajaba, por más que intenté. Me hicieron creer que estaba enfermo y mi creatividad se frenó. Por varios años no fui capaz de hablar en público por temor a la burla que salió de la escuela y llegó al barrio, esa otra zona de persecución. No había trinchera ni escapatoria. No quedaba otra que escabullirse sin hacer ruido, como un bandido tras su fechoría.

Me refugié en mis letras, las que escribía y eliminaba para no dejar rastro. Busqué explicaciones en los libros que leía en largas tardes en las bibliotecas municipales, quizá con esperanza de hallar una cura para reencausar mi vida en su normalidad. No hallé cura, pero encontré curas. Y aprendí de la doble moral. Una vida paralela propia de las gentes de un godo pueblo como Popayán.

Pasaron muchos años para que entendiera y me aceptara como soy. Tránsitos a nuevas zonas de batalla que se repiten en un eterno retorno de la discriminación. El tiempo perdido nadie me lo regresará. Y las risitas burlonas me dan caza en un recuerdo cualquiera.

Si mi generación hubiera sido educada en el conocimiento de la diferencia y en el respeto por el otro, otra voz de equidad cantaría. Otro país habitaríamos. Pero no. Hoy estamos asistiendo a una sucia campaña homofóbica que pretende tumbar avances en derechos. País que retrocede, país sin futuro y cómplice del maltrato de miles de niños y niñas que esconden su cara por temor al dedo inquisidor que los viola y penetra con su moral. Victimarios abanderados por su ignorancia. Podrida sociedad.

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