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De cómo ser una moza digna y otros demonios

Por
Carmenza Zá

Por: Carmenza Zá @zacarmenza. He sido más veces la moza que la novia de alguien. Fui moza del tipo que recién empezaba a salir con su novia y del que llevaba varios años de relación, del casado con y del casado sin hijos. Fui a la que descubrieron y la que pasó desapercibida. Fui la moza de un par de noches y la de varios meses, la que rompe el corazón y también, la que al verse en riesgo de enamorarse, decide huir del lugar.

Como moza, escuché todas las excusas posibles del por qué no llegan los tipos a casa, me enteré de los problemas de pareja e, inclusive, en un par de ocasiones me aprendí la fecha de cumpleaños de los hijos o la esposa del tipo que me comía. Fui la moza a la que le ocultaron la pareja, a la que le dijeron “sí tengo novia, pero estamos mal” y también a la que, frentera y abiertamente, le advirtieron sobre la existencia de un alguien más. Nunca me sentí incómoda o culpable en ese rol; nada de remordimientos cuando las relaciones entraban en crisis por mi presencia y, nada de frustración cuando llamaban a insultarme por haberme metido entre las sábanas de un tipo comprometido.
  
Ser la moza me permitía manejar mi tiempo a mi antojo, estar disponible para alguien sólo cuando yo quisiera y poder abrirme de un tipo sin remordimientos, porque ya no me inquietaba y porque no había sentimientos lo suficientemente grandes para atarme a su lado, sin convicción. Y aún, con toda la comodidad que representaba para mí ser la moza, también llegó el momento de coincidir con alguien en el enamoramiento y pasar a ser “la oficial”.

Como “la oficial” aprendí a ceder mi espacio, a compartir mi tiempo con alguien más, a entender que los sentimientos que me ataban a ese alguien, tal vez no estaban del todo mal y que, al menos, el arrunchis post culeada era un lujo que siendo la moza, no solía tener. Me volví la oficial y para cuando todo era felicidad y plenitud, llegó a la relación otra que, al igual que yo, no tenía inconveniente con ser la tercera en cuestión… al parecer.

No sólo me tocó lidiar con la moza que, por primera vez no era yo, sino que me enfrenté con el tipo de moza que toda la vida me resistí a ser: la que se enamora del tipo que se come y al que también consigue enamorar o, al menos, poner a dudar. Mi relación se acabó y además de la soledad, la tusa y las preguntas sin respuesta, me quedó todo el dilema moral sobre esas cosas que como moza no me importaban y que, ahora como “la oficial”, tenía  que aprender a manejar. Me atormentó la idea de que “ella” se hubiera enterado de todos mis problemas de pareja, de que supiera la fecha de mi cumpleaños y supuse que, al igual que yo cuando fui moza, a ella tampoco le estaba importando que mi relación entrara en crisis por su presencia, y que tampoco le afectaría que yo llamara a insultarla, por haberse metido entre las sábanas de un tipo comprometido… conmigo.  

Intenté odiarla como supe que me habían odiado a mí, busqué por cielo y tierra algo por lo que pudiera juzgarla, como supe que me habían juzgado a mí,  pero no encontré nada. Ni fea, ni gorda, ni aburrida, ni bruta, ni loca, NADA… Estaba bastante bien, en realidad. Tal vez, de no haber sido la moza de él, habría sido la mía… pero ya qué.

Cuando ya estaba a punto de desistir en mi búsqueda de motivos para odiarla, me encontré con que no sólo se había enamorado del tipo sino que, además, estaba arrepentida de ser la moza e intentaba por todos los medios ocupar mi lugar como “la oficial”. Me resultó, ahora sí, imposible odiarla; pero le perdí todo el respeto que merecía.

Y es que las mozas no nos gastamos la vida dignificando ese rol para que alguna otra venga a arrepentirse y a sentir vergüenza por haberlo sido. La moza digna es moza sin arrepentimientos, sin culpas, sin auto reproches; porque es moza, estando segura de serlo y disfrutando lo que significa y lo que no. 

Mi relación se acabó y a pesar de la soledad, la tusa y las preguntas sin respuesta, me quedó la satisfacción de haber querido llevar un duelo de altura con una contrincante que, en realidad, nunca lo fue.

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