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El orgullo heterosexual y por qué no salir del clóset

¿Por qué ellos sí marchan y nosotros no? ¿Por qué ellos se deben sentir orgullosos de su orientación sexual y nosotros no?
Por
Carmenza Zá

¿Por qué ellos si marchan y nosotros no? ¿Por qué ellos se deben sentir orgullosos de su orientación sexual y nosotros no? 

Por: @ZaCarmenza // Ilustración: iStock.

Apunto de terminar el mes del orgullo LGBTI  y a pocos días de las Marchas por la diversidad sexual que inundarán las calles principales de Colombia (ver programación aquí y, particularmente, pocos días después de la masacre de 49 personas en el bar gay Pulse de Orlando- Florida, me sorprende ver que todavía hay gente que se pregunta por qué existe una marcha para celebrar ser gay, si la heterosexualidad no se celebra y por qué habría que sentirse orgulloso de una orientación sexual y no de la otra y bla bla bla.

Escribo esto desde la comodidad que me da ser (hasta donde sé) heterosexual, de esas que las pintan de open mind y cuentan entre sus locuras de adolescencia haberle dado un besito a alguna amiga. De esas a las que la modernidad y las luchas por la diversidad sexual nos han abierto un lugar intermedio en el que no somos ni lo uno, ni lo otro, pero gozamos los privilegios de ambos costados y nos rehusamos a recibir estigmatización de cualquier tipo.

Soy de esas que dice ser lesbiana en un bar, para evitar que algún tipo se sobrepase o me coquetee de más. Si, de esas que son culpables de que a las lesbianas DE VERDAD esos mismos tipos no les crean y se sobrepasen y coqueteen de más.

Las heterosexuales que la pintamos de bisexuales somos una plaga. Llenamos de fotos en las que afirmamos que “amamos” a nuestra mejor amiga y los comentarios tipo “parecen novias” dan risa porque, en últimas, sólo nos interesa provocar un poquito la lengua de algunos. Desafiar la intolerancia del mundo porque, al fin y al cabo, no la ejercen sobre nosotras.  

Ahí estamos pintados, ¿no? A todos nos benefician un poco las victorias del otro, a todos nos han ayudado las conquistas de la población LGBTI y para agradecer y solidarizarnos solemos decir “yo tengo muchos amigos gay” o, como estas últimas semanas he visto en la virtualidad, compartimos imágenes en Facebook e Instagram del tipo “No soy gay pero alguien a quien quiero mucho si y por eso respeto sus derechos”, como si se tratara de un regalo de la tía con plata que viajó a Cartagena y trajo una docena de camisetas con el mensaje “alguien que me quiere mucho…” para todos los sobrinos. No. Los derechos se exigen y se respetan, porque somos personas y así es la cosa, nos queramos o no, nos agrademos o no.

Sin embargo, lo que marca la diferencia entre los derechos de la comunidad LGBTI y los de los heterosexuales, la razón por la cual no hay marcha del orgullo hétero y sí del gay es sencilla y evidente, aunque normalizada: se trata de la opresión.

Que a todos nos ha tocado comer un poquito de mierda alguna vez,es cierto. Que a todos nos han juzgado en, por lo menos una ocasión, por flacos/gordos/altos/bajitos/feos/brutos, también es verdad. Pero que la exclusión y violencia de la que son víctimas los miembros de la comunidad LGBTI es sistemática y estructural es algo que no podemos negar. No es un rechazo particular, no es una estigmatización aislada, es opresión. (¡Yeiiiii, la palabra mamerta del día!)

Vamos a decirlo de otra forma: Los heterosexuales o, quienes ejercemos una sexualidad “normalizada” gozamos de ciertos privilegios que, aunque no hayamos escogido directamente, a diario reproducimos y a los que nos da un miedo terrible renunciar. Ya sabemos que estos privilegios son muy evidentes en asuntos regulados por la ley, como el matrimonio, la adopción y ese tipo de cosas que las heterosexuales open mind como yo, de todas formas rechazamos. Pero el punto es ese, tenemos la opción  de elegir si ejercemos esos derechos o no, mientras la comunidad LGBTI solo tiene una alternativa: luchar para conseguir que los mismos le sean reconocidos.

Pero existen otros privilegios que pasan desapercibidos a diario y que siempre tomamos por normales, como poder besar a nuestra pareja en público, (sin miedo a que el procurador salga de una alcantarilla o se descuelgue de un techo al estilo Spiderman, para escandalizarse por nuestra muestra de amor), ni dudar al hablar de nuestra pareja en sitios como el trabajo o la casa, porque no tenemos que “salir del closet” o ir a bailar a un bar un fin de semana, sin miedo a que, no sé, entre un homófobo con un arma de largo alcance a asesinarnos por nuestra orientación sexual.

Y bien, a diario ratificamos nuestros privilegios con cosas tan sencillas como inventar ser lesbiana en un bar, como si esa fuera una identidad desechable, o diciendo “no soy homosexual, tengo muchos amigos gay” o el ya mencionado “No soy gay pero alguien a quien quiero mucho si y por eso respeto sus derechos” como si la heterosexualidad fuera la medida de todas las cosas y sólo desde allí pudiéramos hablar del resto (Así es, ¡tus derechos son importantes porque tu amigo hetero lo dice!) pero, cuando es la comunidad LGBTI la que toma la voz por sus propias reivindicaciones, nos sentimos amenazados e inseguros. Nos parece, inclusive, vulgar.

¿Por qué ellos sí marchan y nosotros no? ¿Por qué ellos se deben sentir orgullosos de su orientación sexual y nosotros no? Y claro, en algo tan natural y diverso como lo es la sexualidad y el género, nadie debería sentirse orgulloso o avergonzado de sí mismo o su identidad y poder vivir sin etiquetas y ya. Pero no es así.

El día que las personas heterosexuales podamos hablar de que la historia nos ha sido adversa y hemos sido perseguidas, judicializadas, encarceladas, torturadas, asesinadas y hasta condenadas desde las trincheras religiosas, nada más por nuestra orientación sexual, podremos decir que tenemos orgullo de estar vivas. Mientras tanto, el mérito no es nuestro; en la repartición de derechos, nos tocó en la fila de los privilegiados ¡y ni hablar si somos blancos de clase media! (Aquí ya no suena escandaloso lo de los privilegios, ¿eh?)

Las marchas del orgullo gay son la celebración de la vida en la diversidad. Claro que hay que sentirse orgulloso de responder con baile, con carnaval, con performances, con sonrisas y con música a una cotidianidad en medio de la opresión. Claro que hay que sentirse orgulloso de todas las maneras y desde todas las visiones, incluida la crítica.

Y claro que los heterosexuales deberíamos dejar de creer que todos los demás existen en función nuestra, claro que deberíamos dejar de preguntarnos ¿por qué ellos sí y yo no? Cuando lo cierto es que toda la historia se ha tratado de nosotros sí y de ellos no.

Nadie nos pide aplaudir el orgullo gay, nadie nos está exigiendo marchar a su lado o eliminar de un día para otro todos los signos que de homofobia o transfobia nos queden.  Es más, la marcha del orgullo ¡no nos pide que renunciemos a nuestros privilegios!, se trata de ellos en un mundo en el que convivimos todos, no es un versus.

¿No está bueno, entonces, que por primera vez demos un paso al lado, nos callemos y observemos?

(Los aplausos vendrán después)

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