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La cuca debe oler a cuca, no a menta ni a caléndula

Por
Carmenza Zá

Por: Carmenza Zá @zacarmenza // Foto: iStock

Desde que soy consciente de lo que tengo entre las piernas, he sido testigo de los múltiples apodos que le han atribuido; desde los más populares y mañé como chocha, bizcocho, cuca, panocha, sapo y cococho,  hasta esos que están entre lo tierno y lo ridículo, como coñito o curubita. Debo decir que, aunque prefiero algunos apodos sobre otros, nunca había sentido tanta indignación ni molestia, como cuando  a algún poeta de la publicidad, a uno de estos genios creativos que hacen jingles con tropipop,  se le ocurrió llamar a mi vagina “Zona V”. ¿Zona V? ¿Es en serio?

Deberían darle un Premio Shock o un MTVMA al que creyó que Zona V era una forma ingeniosa de hacer alusión, no sólo a la V de Vagina (V de hueVón, tamVién) sino, además,  a ese triángulo que se forma allá debajito del ombligo, donde nuestra pelvis pierde su tierno nombre, en los pliegues de ambas piernas. Y es que el tierno apodo no venía sólo: “Zona V” era la manera en la que el creativo llamaba al área que iba a quedar “libre de olores” luego del uso de un jabón especial.

No tengo nada en contra, es más, estoy a favor de mantener el PH balanceado, sea en el coñito o en la chocha; pero lo que todavía no consigo entender es, por qué mi cococho o curubita debe estar libre de olores, así, en general; no libre de “malos olores” sino de cualquiera que sea. La cuca debería oler a cuca ¿no? Porque, como si fuera poco, estos dichosos jabones que pretenden robarle a mi panocha su propio olor, pretenden reemplazarlo con aromas artificiales a menta o caléndula. Es el colmo. 

Lo más novedoso, es que estos jabones (en plural, sí, porque hay varias marcas dedicadas a la desodorización del sapo) vienen en versión de “mujeres” y “niñas”. Las últimas son las que más me preocupan y no sólo por el uso del jabón en sí mismo, sino porque este tipo de iniciativas hacen parte de una sociedad empeñada en hacernos avergonzar de nosotras mismas.

Considerar que el olor natural de la vagina es algo que amerita ser eliminado, hace parte de la misma corriente que cree que la menstruación es algo digno de ser censurado, el vello púbico algo que necesita ser erradicado (ojalá en su totalidad y de raíz) y el cólico menstrual algo que, con mucha suerte, es satanizado; entre muchas otras cosas ligadas a la condición “de ser mujer”.

Al preguntar a varias conocidas los motivos por los que les interesaba que el bizcocho les oliera a menta o el porqué de depilarse de raíz la panocha, tristemente, una gran cantidad de los motivos, encontraba su origen en la aprobación masculina.

“Es que cuando tengo vello, Juan no me baja” “Es que creo que cuando huele muy fuerte, a él le incomoda”

Y aunque hacer sentir bien a la pareja, es un motivo válido para las decisiones de cuidado personal; ese motivo, más que un condicionante, debería ser una simple opción. Sobre todo cuando ese “hacer sentí bien” al otro, está ligado a la creencia de que todos los coñitos deben oler a lo mismo, que ni siquiera es a coño, o que deben verse igual de calvos los unos con los otros.

Me opongo a considerar que el vello o el olor natural, está vinculado al desaseo o al descuido. Y me opongo, sobre todo, a que la comodidad y cuidado de mi chocha, dependa de lo que un poeta publicista quiera venderme como correcto.

Pdta: Y si mi novio quiere chupar algo con sabor a menta, que se compre un halls y caso resuelto. (Ver más contenido de la columnista)