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La emoción de un polvo en la primera cita

Por
Carmenza Zá

Por: Carmenza Zá @zacarmenza. // Foto: iStock. Un martes, en pleno horario de oficina, recibí un mensaje de alguno de esos tipos que siempre miré de lejitos, convencida de que a duras penas sabía que yo existía. Ahí empezó la emoción, creo, en el primer contacto. Porque sin haber leído el mensaje recibido, la solita notificación del celular ya me tenía muerta de ganas de brincarle al cuello y decirle que sí, que no me importaba cuál fuera el texto, que para él todas las respuestas iban a ser siempre que sí; sin importar la pregunta, el tono, la pose o el horario de oficina.

El mensaje resultó ser alguna cosa sobre su trabajo y una apreciación que quería que yo le diera. Ahí la emoción bajó un poquito y la posición resultó ser la de dos personas en una conversación por skype; una conversación impresionantemente interesante aunque, para mi desgracia, perfectamente apta para el horario laboral. (Hasta el abogado de la oficina pudo participar de la conversación  y, sobra decir, no fue el trío de mis sueños).

La emoción volvió cuando se cayó la red de internet de la oficina y tuve la oportunidad de proponerle un encuentro, para terminar la conversación. Dios bendiga el café, que nunca falla y que puede sonar tan neutral cómo es necesario en estos casos, cuando uno no sabe si el arrecho es sólo uno y cuando, cualquier invitación pasada de tono me podía devolver directico al pabellón de las desconocidas.

Una cita para un café, en su apartamento, para que siguiéramos hablando de su trabajo. ¿Sí era una cita? ¿Y qué tal que no, y que yo estuviera muriéndome de nervios porque de pronto esa noche se me acababa el verano eterno y el tipo nada más andaba pensando en una cita corporativa? Mierda.

Igual ya iba en camino, casi hipnotizada ,porque no recuerdo haber cruzado calles o subido escaleras. Igual ya estaba ahí, frente a su apartamento, con las manos sudadas y practicando el saludo para no tartamudear cuando me abriera…  y me abrió… antes de que yo timbrara y… mierda, ¿será que me vio por el ojo de la puerta, practicar la manera de saludarlo?

Volvamos al café, mi zona segura. ¿Lo tomamos aquí o afuera?... Ah no, tampoco tomaba café. Mierda. Pero tenía whisky y entonces yo lo pedí doble y sin hielo, a ver si se me quitaban los nervios y dejaba de sonreír como idiota con cada cosa que él decía… Pero no funcionó, porque se me hizo cerquita cuando lo sirvió y ese aroma suyo… ¿ya dije, mierda? 

Pero pasaron las horas y no dejaba yo de sentirme como quinceañera enamorada, mirándole la boquita bonita y las manos fuertes, respirando ese aroma que me daba cosquillitas por allá… si, ALLÁ.  Y se acabó el tema laboral y empezamos a hablar de planetas y de estrellas, con un panorama que hastiaba de lo romántico porque seguíamos con la ropa puesta… Cabrón, ¿no me lo vas a pedir nunca? 
Entonces intenté recordar cuándo había sido la última vez que me había emocionado tanto una primera vez, en una primera cita y como no encontré recuerdos al respecto, en la memoria del corto plazo, decidí que era yo la que debía tomar la iniciativa, aunque me dijera que no… como al café.

Debo decir que sí, que tuve mejor suerte que el café, que su boquita no era sólo bonita y que sus manos no eran sólo fuertes. Que la emoción del polvo en la primera cita se extendió desde el primer mensaje, hasta que abordé el taxi en la madrugada para llegar a mi casa y que sí, que valdría siempre la pena quedarse a vivir en esa pequeña, pero extendida emoción; aunque me esté vistiendo, alistándome para regresar y vea la foto del matrimonio, que no entiendo cómo ignoré toda la noche y que me despide, añadiéndole a la noche, la emoción de la seguridad de saber que no sólo fue nuestra primera, sino también, nuestra última cita. 

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