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Mi primer Squirt, por fin un súper orgasmo

Por
Carmenza Zá

Por: Carmenza Zá @zacarmenza // Foto: iStock. Lo más parecido a un squirt que había tenido, fue esa vez en que me oriné encima del tipo con el que salía. Bueno, en realidad no fue una sino dos veces y en realidad no sólo me orine encima sino debajo de él, también. Todo un desastre, si tenemos en cuenta que, en ambas ocasiones, fue en un polvo rápido antes del trabajo. 

Después de las meadas, nunca me preocupó en nivel de humedad que pudiera tener; siempre he sabido que me mojo mucho y muy rápido cuando estoy con alguien que me gusta, pero, a diferencia de las viejas deliciosas que salen en la sección de “Squirt” de las páginas pornográficas que frecuento, nunca nada salió a chorros de mí… con excepción de las dos orinadas ya mencionadas. 

Había leído, muy desinteresadamente, cuanto tutorial aparecía en la red “enseñándonos” tanto a mujeres como a hombres,  a conseguir la tan anhelada eyaculación femenina. Digo desinteresadamente porque, como nunca me ocurrió, asumí que yo era “una de esas” que llegan pero no hacen charquito, de esas que se vienen en seco y ya. Además, me rehusaba a masturbarme mientras leía un manual o veía un video D.I.Y… Tener la mano derecha entre los calzones y la izquierda moviendo el mouse para que no saliera el protector de pantalla, no sonó nunca a buena idea.

Todo cambió el día que conocí a un tipo, uno de esos que nada más sonriendo le ponen a uno a brincar las hormonas, a mojar calzón y a temblar las piernas. Me contó que había salido una vez con una squirt.  “¿Te asustaste?” le pregunté; respondió con una sonrisa y me dijo “No, la hice mi novia”. 

Tardé en entender esa fascinación que, no sólo a él, sino a los tipos que me rodeaban y a los que les preguntaba, les producía la eyaculación femenina.  La situación se tornó en serio preocupante, cuando le pregunté por su experiencia a varias amigas y conocidas; todas las que lo habían experimentado, coincidían con los tipos en que era una experiencia que no sólo todas debíamos, sino que además, merecíamos vivir.

Me descubrí, en repetidas ocasiones, en la escena a la que me había rehusado tanto: la mano derecha entre los cuquitos y la izquierda haciéndole seguimiento a los artículos que me compartían mis amigas. Nunca nada pasó. De repente terminaba viendo alguna película de Adam Sandler en Netflix o durmiendo con el computador en la mano… Al final, nuevamente me recordaba a mí misma,  que venirse en seco no era un problema y que, finalmente, ya había pasado toda mi vida sexual sin hacer mayor desastre sobre las sábanas. 

De nuevo volví a encontrarme al tipo que me ponía a brincar las hormonas, nada más que esta vez no sólo me puso a mojar calzones, sino que además se encargó de quitármelos y la tembladera de piernas no fue un problema cuando estuve encima de él.

Descubrí que, desde las orinadas, vivía con un miedo profundo a perder el control sobre mi cuerpo y, particularmente, mi vejiga. Cada que tiraba con algún man, yo estaba pendiente de que eso no volviera a ocurrir y entonces, toda mi atención estaba puesta en ello; al terminar, siempre verificaba que todo estuviese lo más seco posible.

Al entender eso, inmediatamente empezaron a pasar por mi cabeza todos los tutoriales que leí “desinteresadamente” y las indicaciones que obvie de mis amigas. Luego, recordé la sonrisa del tipo cuando me confesó haber hecho su novia, a la del squirt y no sólo me sentí confiada, sino más arrecha.

Me vine.

Y no en seco.

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