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San Valentín: porno, Netflix y a dormir

Tres opciones sí usted está buscando plan el 14 de febrero.
Por
Carmenza Zá

Por: Carmenza Zá @zacarmenza 

Me declaro fan del porno de adolescentes. O bueno, del porno que hacen muchachitas de 18+ que parecen adolescentes… ya saben,  categorías como “teen” “babes” y “school”. Esta última es particularmente mi favorita y me ha costado perder un par de materias, distraída con el profesor de turno, preguntándome si se pondrá muy bravo si le caigo a la oficina y jugamos a que va a llamar a mi acudiente porque llevo semanas sin presentarle un trabajo. Nunca pasa, pero a final de semestre siempre termino sin presentar los trabajos por andar fantaseando con el tipo y en la vida universitaria nadie llama al acudiente de nadie, entonces no hay oportunidad de negociar la nota con el profesor. 

Pero bueno, menos mal no he tenido la oportunidad de hacerlo, porque me da un miedo terrible que el profesor me salga muy correcto y, en lugar de llamar a mi mamá, llame al Decano y se me acabe la guachafita. (De paso, deberían decirle al guapo de Fernando, mi profesor de historia, que siempre le tuve ganas) Pero continuemos…

Además de los problemas con las notas de la universidad, mi gusto por este tipo de pornografía nunca ha sido un problema. Incluso cuando  alguien me dijo que esa categoría  promovía la pederastia y que, básicamente, los que lo veíamos éramos -cuando menos- una especie de pedófilos de closet, seguí viéndolo y con placer culposo. Fui incapaz de cambiar de categoría y, con el respeto que se merecen los fans de los bukkakes, las MILF, las ¿o los? shemales y un largo etc, luego de darme una vuelta por sus videos confirme que lo mío son las colegialas y todo tipo de “first time”… mi historial de internet no me dejará mentir, ahí disculparán.

Así, mi amor por Kiera Winters y demás estrellas de porno con actitud adolescente, parecía indestructible. Un amor que crecía exponencialmente, como el número de reproducciones de sus videos y que estaba punteando en el ranking de mi corazón.

Sin embargo, llegó la hora de escribir esta columna y ponerle pausa al porno ¡La cuenta del internet no se paga sola! Y convencida de que debía escribir alguna cosa sobre San Valentín, me senté frente a la misma pantalla por la que, minutos atrás, desfilaba Sasha Grey con falda de cuadros y camisa de corbata.

¿Conocen el síndrome de la hoja en blanco? Es esa vaina maluca que le da a uno cuando tiene que entregar algo escrito y está frente a un documento de Word con eso exactamente: una hoja en blanco. No se le ocurre a uno nada y ni modo de echarle la culpa a Fernando el de historia, porque hace varios semestres no lo veo y total, no hay nota que negociar.

Se me ocurrió, entonces, contarles cómo planeaba pasar este San Valentín y, nuevamente, la historia habría sido puro Netflix, helado y lágrima. Tal vez un poco de comedias románticas y chick flicks para hacer más deprimente el día y poder decir que sobreviví, nuevamente, a un San Valentín sin rosas, chocolates ni sexo. Entonces empecé a darme una vueltica por Netflix, a ver si armaba la lista de reproducción para este 14 de febrero y me encontré con un título maravilloso, que parecía ser la perfecta transición entre los videos “Teen” de Pornhub y la terrible hoja en blanco.

 Hot Girls Wanted

Si mi inglés no me deja mentir, la traducción al español de este documental de Netflix es algo así como “Chicas calientes querían” o “chicas calientes buscaban”. Se trata de la historia de mujeres jóvenes (usualmente con 18 años recién cumplidos) que aprovechan su apariencia adolescente para rodar porno en las categorías mencionadas, principalmente en las que tienen que ver con “first time” o primeras veces.

A una casa en Miami llegan chicas de todo Estados Unidos, seducidas por un anuncio en una página web,  ofreciéndoles un trabajo para ganar dinero rápido y fácil. Una de ellas se entera de qué trata el trabajo, sólo algunos minutos antes de subir al avión… parece increíble, pero no cambia de planes.

Aquí me permito decir que no tengo idea dónde salen esos anuncios, pero cuando yo cumplí 18 y estaba afanada por conseguir trabajo, lo único que levanté fue un trabajo de mesera en una panadería y algún multinivel en el que también prometían dinero rápido y fácil. Terminé en la panadería y juro que nunca fue tan divertido como el trabajo de actriz porno y un multinivel, aunque suene a orgía, tampoco se parece mucho. Continuemos…

El tiempo promedio de las muchachitas en la industria es de aproximadamente tres meses (lo mismo que duré yo en la panadería) y terminan saliéndose por diferentes motivos: la familia se entera de lo que hacen, se enamoran de alguien que no comparte que se las culee cualquier tipo o descubren que, en realidad, el dinero no es ni rápido, ni fácil. Se maman de mamarlo, básicamente. 

6 “Hot Girls” aparecen en el documental y sólo dos de ellas superan los 6 meses en la industria.  Una industria que muestran como perversa, por lo menos con las chicas que están ingresando, y en la que aspirar a ser “famosa” parece ser el placebo que hace obviar el mal rato que están pasando.

Una de ellas se enferma por tanto culear: se le tapa un poro y se le inflama la vagina. Y no sé si lo que estoy diciendo tiene sentido, pero no me iba a poner a googlear la enfermedad, corriendo el riesgo de no poder volver a verme la cuca sin sentir temor. Otras cuentan cómo es entrar al negocio y hablan de un tipo de porno racista y humillante (deben comer del plato de un perro, por ejemplo) por el que ninguna quiere volver a pasar; muchas lo niegan, pero la mayoría lo ha hecho.

Luego de los tres meses, ya han grabado todos los “first time” posibles y, si quieren quedarse en la industria, tienen que intentar otro tipo de cosas más exigentes y, al parecer, sólo un poco mejor pagas. El  bondage está como primero en la lista. Deben pasar de grabar escenas de adolescentes, a meterse vibradores del tamaño de una piña. 

Son como los tres meses de prueba que le clavan a uno en cualquier empresa, al principio todo es bello y cuando le formalizan el contrato a uno ¡Bam! Se lo están culeando por todos los orificios posibles. Y, nuevamente, no es nada parecido a lo divertido que parece ser estrella porno.

La mayoría, luego de los tres primeros meses, renuncia y decide regresar a su antigua vida. Por eso la casa en Miami siempre está llena de chicas nuevas y resulta no ser el hogar para ninguna. El que está a cargo es un tipo que cuenta cómo era un completo perdedor, antes de descubrir que el dinero estaba ahí, en las adolescentes deseosas de dinero y en los consumidores de porno que, como yo, viven encantados con los “first time” que graban las “teens”.

No había visto una producción de este tipo, desde que ví  “Vente a Las Vegas, nena” el documental  que retrata cómo es un día cualquiera en la vida de una estrella porno –profesional- como Rebeca Linares, a quien también tuve el placer de conocer de faldita de cuadros y camisa de corbata. Rebeca dice que llegó a la industria porno, porque trabajaba 16 horas en una empresa de cables y el salario era una miseria (Como en la panadería en la que trabajé) y cuenta cómo, luego de cuatro años haciendo todo tipo de escenas, no había conseguido ganar un solo AVN (el equivalente a los Premios Oscar  en el porno). Así que ser profesional en la industria, tampoco garantiza que sea más fácil… sólo se puede estar un poco más acostumbrada. 

La verdad yo no sé si San Valentín funcione a la inversa y el dichoso documental haya logrado desenamorarme del porno de las primeras veces. Así que si usted está buscando plan para el 14 de febrero le dejo tres opciones:

1. Si quiere re evaluar su relación con la industria pornográfica, anímese a ver Hot Girls Wanted o Vente a Las Vegas, nena; de pronto le ayuda a dejar de perder tiempo productivo viendo pornografía y se adelanta de una vez de todo lo que tiene pendiente en el trabajo.

2. Si, por el contrario, se siente cómodo como consumidor de porno (como yo me sentía en la panadería hasta que me despidieron sin liquidación)  dese una vueltica por la sección de Teens, en mi nombre, porque yo no lo voy a poder volver a hacer... al menos en un tiempo.

3. Por último, si usted es Fernando, mi profesor de historia, ¡SI, ES UNA PROPUESTA! ¡LLÁMEME!