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¡Sí, el tamaño sí importa!

Por
Carmenza Zá

Por: Carmenza Zá @zacarmenza. // Foto: iStock. Varios de mis mejores amigos son tipos, tipos de todo tipo. Están los que llevan toda la vida con la novia, tanto que uno ya no puede imaginárselos sin la pecosita chiquitica colgándoles del brazo; los que cambian de novia cada tres meses y que con la misma frecuencia se enamoran, se entusan y lloran porque “encontraron, ahora sí, al amor de su vida… pero se les escapó” y los que, aunque se les conozcan infinidad de affairs, nunca se han animado a establecer una relación seria. Y es que, aunque todos ellos gocen de la fortuna de tener mujeres rondando a su alrededor todo el tiempo, a mí me tocó la gran responsabilidad de ser “la amiga que no se comen”, lo que viene siendo el equivalente femenino de lo que las mujeres llamamos “el amigo gay”.

Como amiga que no se comen, soy la que les escucha las tusas, las confesiones de cachos, los descaches que cometen a la hora de escoger una vieja para tirar (o al revés porque, seguramente, las viejas también los escogen y se descachan)  y, finalmente, la que responde las preguntas que no se atreven a hacerle a nadie más. De todas ellas, mi favorita por mucho tiempo ha sido: ¿El tamaño importa? 

Esta pregunta aparece siempre en las mismas ocasiones: Bien cuando soy yo la que se está quejando o, con suerte, celebrando algún encuentro con un caballero y mis amigos deciden bajarme de la nube, haciéndome una pregunta que tiene tanto de largo como de ancho…¡Literal! O bien, cuando son ellos los que, luego de algún encuentro amoroso, necesitan confirmar si están o no dentro del promedio, aunque yo nunca sepa… porque, eso sí, detalles no dan. Nunca me preguntan la cosa completa, es decir:

“¿El tamaño importa? Porque anoche me fue terrible/increíble con una vieja/mal porque yo lo tengo chiquito/grande/cabezón/grueso/delgado/chueco/invertido/condoscabezas/etc“

No, la pregunta siempre es la misma: descontextualizada y genérica. ¿El tamaño importa? PUNTO. Así, sin más, entonces me toca responder de acuerdo a lo que alcanzo a percibir en la expresión de mi amigo, con miedo a equivocarme, porque qué tal le diga que no y el tipo crea que en la enormidad de su verga está todo su talento o, peor, qué tal le diga que sí y le eche el autoestima al suelo, porque pues… le pasa lo mismo que al otro, pero al revés… Así que la respuesta perfecta siempre será “depende” con eso piso firme y sin temor a equivocarme. “Depende de la vieja y de cómo le gusten, depende de la situación, depende de si hay un buen previo, depende de si lo miras desde abajo, desde arriba, de si no lo miras”. 

Pero pues no, la verdad es que no depende. El tamaño sí importa y mucho; esto no es novedad para nadie. Ninguna quiere encontrarse con la sorpresa de uno que ni se siente al entrar o, por el contrario, con uno de esos que duelen sin siquiera haberse asomado por allá. Porque, reconozcámoslo, vergas hay de todos los tipos, como mis amigos.  No sólo están las chiquiticas o las gigantes, también están las delgadísimas (que perfectamente pueden pasar desapercibidas) o las que de lo gruesas toca hacerlas entrar a madrazos. “Ni tanto que queme al santo ni tanto que no lo alumbre”, diría mi mamá… Y que me perdone por estar escribiendo estas guachadas.

Pero calma, no todo está perdido. ¿Importa? Sí, pero no es definitivo. Querido amigo con verga de extraño tamaño: Siempre es posible dejar de preguntar maricadas y concentrarse en aprender a usar los dedos, la lengua o los cepillos del tocador.

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