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Soltera en Viacrucis

Por
Carmenza Zá

Por: Carmenza Zá @zacarmenza. Foto: Istock. Llegó Semana Santa y ni recé, ni ayuné y, seguramente, me despertaré enguayabada el domingo de ramos, pensado en las cuentas que hay por pagar y en la imposibilidad de tener vacaciones… pues, porque esas cuentas no se pagan solas. Así empiezan las Semanas Santas en mi vida, como la soltera que soy; que se acerca peligrosamente a los 30 y que se independizó de casa antes de tener un trabajo cómodo ó, en el peor (¿o mejor?) de los casos, de tener un marido con plata.

El Domingo de Ramos haré un esfuerzo sobrehumano para madrugar y sacar a pasear a las perras, con la voz de mi mamá recordándome todo lo que no puedo hacer en Semana Santa. Ni bañarme porque seguro me vuelvo pescado, ni andar jugando o corriendo de un lado a otro, porque quedo condenada a toda la eternidad en el infierno (creo que se murió Jesús y entonces no puedo ser feliz por ahí, sino que me toca guardarle luto a un man en el que no creo, pero al que le agradezco las vacaciones de abril y diciembre) y, lo que es peor, ni culear porque corro el riesgo de quedarme pegada, ahí, seguramente en la posición más incómoda, con el tipo que me esté haciendo el amor en Semana Santa. Ahí está mi mamá, taladrándome la cabeza y alimentando la lista de temores urbanos que me heredó; porque a la señora no se le ocurrió nunca hablarme de La Llorona o El Coco, sino que me alertó siempre sobre los violadores, los ladrones y hasta los traficantes de órganos… pero bueno, esa es otra historia.

Entonces llega Semana Santa y tengo el apartamento para mi solita, porque mi roomie se va de viaje con el noviocasimaridoporqueaellanolahadejadoeltren y yo tengo que quedarme a cuidar a las perras.

 Entonces llega Semana Santa, tengo el apartamento para mi solita y es la oportunidad perfecta para meter al man (¿o los manes?) que yo quiera, porque se vale hacer todo el ruido y desorden posible, sin incomodar a nadie.  Pero luego, eso de “meter a quien yo quiera” resulta ser pura carreta, porque todos los tipos que me gustan, SIEMPRE,  están casados y con hijos (lo que supone una Semana Santa familiar) o viven en otro país y sólo los he visto en los Oscar, o… son mi ex. Con esta última opción siempre voy  la fija, sin sorpresas raras, ni oportunidades para malos polvos; es la opción que más me emociona pero la que más me duele, también. Y no, ME NIEGO a que él sea mi autoflagelación y lo descarto.

La siguiente alternativa es acudir a los que yo siempre llamo “objetos disponibles” que son esos tipos que, no me explico cómo, siempre están ahí para mí;  yo no sé si es porque estoy buena, porque soy bonita, porque sospechan que soy buen polvo, porque les parezco chévere o, simplemente, porque yo hago parte también de su lista de “disponibles” (aunque esta última opción siempre la descarto porque, pues, ANTES MUERTA QUE DESPRESTIGIADA). El caso es que están ahí y son esos tipos que tengo bloqueados en whatsapp porque me cansé de negarme a ir a cine/comer/bailar/teatro con ellos, huyéndole a la agarradita de rodilla en el momento cumbre de la película y/o al besito andeniado al dejarme en mi casa -Recuerdo por qué es que me les niego y por qué es que están bloqueados de whatsapp- Otra opción descartada, además, porque si me voy a quedar pegada por andar culeando en Semana Santa, no será con un objeto disponible. 

Regreso, pues, a la opción del ex, que siempre fue tan querido y, tan buen polvo que valdría toda la pena quedarme pegada y hasta volverme pescado con él. Pero entonces vuelven a mí los recuerdos de las peleas, los celos, la desconfianza y los “no eres tú, soy yo” que agobiaron y acabaron nuestra relación. Así es que, descartado de nuevo, porque si me voy al infierno por andar culeando en Semana Santa, que no sea a pasar toda la eternidad escuchando la cantaleta de mi ex y él la mía y del mismo modo, en el sentido contrario.

Entonces llega Semana Santa y soy todo lo cliché que me prometí no ser cuando me convertí en una soltera independiente; quejándome de las deudas, del ex, de la roomie que se casa y de los 30 que, aunque lejanos, parecen andar respirándome en la nuca, anunciando lo inevitable.  Llega Semana Santa y me rehúso a no tener historias sexuales que contarle a mi roomie cuando vuelva; aun cuando no recuerdo cuándo fue la última vez que culié en estas fechas, pues, porque cuando uno tiene con quién, lo hace y ya; estas cosas pasan inadvertidas, ¿no?. O porque tal vez, la falta sexo en  la Semana de la Pasión, sea mi viacrucis.

Llega Semana Santa y la verdad es que me muero de ganas porque alguien, además de la inminente llegada de los 30, me respire en la nuca de Domingo de Ramos a Domingo de Resurrección; arriesgándome a quedar pegada a alguien en esa posición, a convertirme en pescado o a condenarme en el infierno, por pecadora.  Me muero de ganas aunque no ocurra, pues, porque siempre está ahí la voz de mi mamá –taladrando-  para recordarme y alertarme de que, aún cuando me salve de todo eso, siempre existe la posibilidad de estar frente, o debajo, o en perrito, o en 69, o encima… de un violador, un ladrón, un traficante de órganos o, no sé si peor aún, de mi ex.

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