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Toda teta es buena y pa’ todo hay cliente

Por
Carmenza Zá

Descubrí que tanto mis tetas, como las que antes me parecían perfectas e inalcanzables eran sólo otras más.

Por: Carmenza Zá @zacarmenza // Foto: EFE.

Luego del gran éxito que tuvieron en las décadas de los años 80’s y 90’s,  las tetas operadas han sido víctimas de bullying por parte de los defensores de la  “naturalidad”.  Igual de acosadas eran, en tiempos de Escobar, las que habían heredado el pecho del papá y andaban así, destetaditas por el mundo. Porque, como si entre las tetas naturales y operadas,  no hubiese suficiente variedad, a alguien se le ocurrió que había unas “mejores” que otras;  las hay demasiado grandes, demasiado pequeñas, demasiado caídas, demasiado paradas, demasiado duras, demasiado blandas, con un pezón demasiado grande, demasiado oscuro, demasiado pequeño, demasiado erguido, demasiado escondido y un sinfín de demasiados más (ver también Ocho memorables miradas indiscretas que tuvieron como protagonistas a famosos) .

Las primeras tetas que recuerdo fueron, como para la mayoría, las de mi mamá y, contrario  a lo que uno pudiese imaginarse, mi recuerdo no la muestra amamantando –uso natural y biológico de la teta-.

Mi mamá caminaba por la casa, luego de bañarse y mientras se vestía, caminaba de un lado a otro, poniéndose el brasier mientras nos uniformaba a mí y a mis hermanos; apuntándose la blusa al mismo tiempo que planchaba las camisas de mi papá y sólo al final, cuando se amarraba los zapatos, le apagaba al arroz que había preparado para el almuerzo de todos. Mi mamá tenía sólo dos tetas, pero como quinientas manos para alcanzar a hacer todo lo que hacía.

Luego de eso, la siguientes tetas que vería, serían las mías. La adolescencia no me llegó sólo con barros, espinillas, cólicos, afiche de Ricky Martin, pelos en lugares donde nunca había tenido y dramas de amor quinceañero, sino con la competencia con mis amigas por ver a quién le iban a crecer más rápido, a quién le iban a quedar más grandes y quién se tendría que conformar con quedarse usando acostumbrador.

Pero el afán por tener las mejores tetas sí llegó con la adultez y con el sexo; con el bombardeo de información e imágenes de las modelos deseadas, con tetas “perfectas” y que se parecían tan poquito a las mías y a las de mi mamá.   Porque no sólo eran tetas diferentes a las únicas que yo conocía sino que, además, eran las únicas sin todos esos demasiados que aparecían cuando de describir al resto de tetas se trataba. Nadie me enseñó que todas las teníamos diferentes y que las fotos de los catálogos de ropa interior, las revistas de farándula y los desfiles de moda sólo hacían uso de un tipo de tetas, reales –naturales u operadas-, pero no exclusivas.

Y es que el porno diosmiobendito, contrario a lo que mucha gente piensa, a mí sí me sirvió para gustarme y quererme más y dejar de creer que sólo las presentadoras de farándula pueden ser sexys y arrechadoras. Porque sí, ya me habían dicho que lo mejor está por dentro, que la personalidad es lo que importa y todas esas cosas que, si bien pueden ser ciertas, según su uso se convierten en un tipo de contentillo y premio de consolación, para las que igual queremos sentirnos sexys y arrechadoras, con lo mucho o poquito que tengamos. El porno me mostró algo que luego aprendí a ver en muchos lugares más y es  que pa’ todo hay cliente, en el mejor sentido de la expresión; que las tetas son tetas, todas diferentes y ninguna mejor que otra, ninguna demasiado nada… lo demás en purita cuestión de gustos.

Descubrí que tanto mis tetas, como las que antes me parecían perfectas e inalcanzables eran sólo una clase de tetas más y que, entendiéndolo así, no tenía por qué competir con nadie. De no gustarme igual podría operarme y seguirían siendo eso, sólo un tipo de tetas más. Todas maravillosas, deliciosas, encantadoras y cómo no, arrechantes.

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