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Todas las mujeres odiamos a las mujeres

La mayoría de mujeres hemos peleado con otra por una verga.
Por
Carmenza Zá

Por: Carmenza Zá @zacarmenza // Foto: Vicky Cristina Barcelona

No importa si fue durante la adolescencia o ya con un par de años encima, pero todas en alguna ocasión hemos “quitado” un hombre y nos lo han “quitado” también.  Tampoco importa si se trata del novio, del machuque, del arrocito en bajo, del amigo con derechos o del man que nos tiraba el cuento y al que no le paramos bolas; si sostiene algún tipo de relación con nosotras, pasa a ser casi de nuestra propiedad y ¡ojalá! uso exclusivo. 

Menos mal que nuestras meadas tienen que ser en un espacio privado porque, si tuviéramos certeza de que nadie nos grabaría para subirlo a redes –como con la pelada del Transmilenio- ya hace rato tendríamos la costumbre de orinarles la cara, para marcar territorio. En su lugar, solemos llenarles de comentarios las redes sociales para que todos sepan que ya tienen dueña, nos emputamos si no cambian su foto de perfil por la que nos tomamos en el aniversario y hacemos escándalo si se atreven a decirle “amor” o “mi vida” a una que no seamos nosotras.

Y ojalá no me entere quién es esa zorra que siempre le da likes a sus fotos en Instagram, Juan Camilo.

Así es la cosa, la pelea por la verga puede ser frentiada o no, puede ser la verga que queremos o cualquier otra que ni siquiera sabemos que existe. Nuestros días son una eterna pelea a muerte con las demás mujeres por ver quién se queda con el pipí deseado. Estamos a la defensiva y se nos va la vida preparándonos para pelear por un tipo, por todos los tipos o, mejor y con eso ahorramos tiempo, de una vez contra todas las demás mujeres.
Fingimos embarazos para “amarrar” hombres. Y es que a los tipos, como a toda propiedad,  hay que asegurarlos para garantizar que, en caso de pérdida, falla, averío, extravío o ataque terrorista, recibamos algo a cambio y ojalá para toda la vida. (El derecho a renunciar a ser papá)

Nos inventamos acosos sexuales. O sea, sí existen y todo eso, pero hacernos las víctimas nos ha servido para conseguir beneficios, entonces mejor si dudan de nosotras. (Así como Dios dudó de Eva antes que de Adán y por eso fuimos expulsadas del paraíso. Nuestra culpa.) (La violencia sexual sí existe)

Somos unas artistas inventando categorías para encasillar al resto de mujeres, sólo para demostrarle al mundo (o sea los hombres, porque nuestro mundo existe gracias a su aprobación) que nosotros somos el mejor ejemplar, ¿qué otra cosa ganaríamos por decirle a otra perra, puta, zorra, grilla, morronga? No es un ejercicio meramente descriptivo, ni más faltaba.   

Baje a esa perra del carro, Luis.

A veces también peleamos cuerpo a cuerpo, con rasguños, jalado de pelo y objetos contundentes. Es puro estilo, pero entre menos lo hagamos, mejor: la clase no se improvisa y la que es dama, es dama (es otra de esas categorías que nos inventamos para demostrar que, en el mercado femenino, tenemos valor agregado)

Somos malas y lo sabemos. No en vano creemos que la amistad entre nosotras no existe y preferimos estar rodeadas de hombres; no es que ellos sean mejores amigos, que no sean chismosos o envidiosos, no es que “no nos juzguen” sino que no les importa, porque simplemente con ellos no hay que competir: son la presa así no queramos cazarla y, cuando ocurre que no la queremos, igual la protegemos de otras congéneres.

Tengo que darle el visto bueno a su novia, parce.

Odiamos profundamente ser mujeres y por eso nos sentimos orgullosas de decir que “parecemos hombres” por hacer determinadas cosas o tener ciertos gustos. Pero, contradictoriamente, somos más duras que cualquiera defendiendo lo que es el “deber ser” mujer; por eso también nos inventamos unas categorías abstractas para encasillar a las que no cumplen con esos requisitos… ¿te suena machorra?

Todas las mujeres son tan X en cambio yo soy tan Y. No sé, soy un hombre.

Y ni hablar de la desconfianza que sentimos hacia otras en el aspecto profesional. Mejor que me corte el pelo un hombre, aunque sea marica y mejor que me haga la citología un tipo; no vaya y sea que la peluquera sea una envidiosa y me deje mal y dios quiera que la ginecóloga sí sepa lo que hace porque, aunque haya estudiado lo mismo que un tipo, es mujer y ya sabemos que las mujeres odian a las de su mismo sexo.
Aunque, en realidad, no nos odiamos tanto si tenemos en cuenta que todas estamos a favor del feminismo. Pero ¡ojo! de ese feminismo de antes que sí luchaba por cosas importantes como el derecho al voto y al trabajo y no ese de ahora, el de las feminazis, que pelean por dejarse crecer el vello de las axilas y ser más machorras. ¿?

Yo no soy feminista, yo estoy a favor de la igualdad.

Todo esto, no basta con pensarlo y actuar en función de ello. Hay  que, además, decirlo en voz alta,  mirando por encima del hombro a la que no esté de acuerdo y ojalá donde haya hombres que puedan darle el visto bueno. Si no, es como si no lo hubiéramos hecho.

Ya sabemos que la pelea en busca de un hombre, es en realidad una pelea con todas las mujeres y del mismo modo, en el sentido contrario. Así ellos no se den por enterado, así a ellos no les importe porque simplemente “no entienden a las mujeres” y así, en últimas, todas esas peleas que llevamos entre nosotras no sirvan para nada porque, como cualquier humano, ellos terminan metiéndose con la que quieren y ya. Así hayamos pasado la vida intentando demostrarles que en el universo femenino hay grillas, perras, zorras, putas, morrongas, ofrecidas, damas, fáciles, difíciles, machorras y que nosotras, en medio de ese barrizal,  somos lo mejor que puedan encontrar.

Perdón.

Deberíamos pedirle perdón al mundo, a las demás mujeres y sobre todo a nosotras mismas por haber permitido que nuestras vidas se construyeran alrededor de todo eso. 

Por haberle dicho puta a la compañera del colegio que se desarrolló primero que nosotras y que se veía más acuerpada.

Por haber odiado a la que se metió con “nuestro” novio y haber seguido con él, como si nada hubiese ocurrido.

Por negarnos la posibilidad de tener más amigas mujeres, creyendo que es tóxico para nosotras. 

Por no haber sido una buena amiga mujer, haciéndolo tóxico para alguien más.

Por haber dedicado más tiempo a reducir a las demás, en lugar de a enriquecernos a nosotras mismas.

Por haber creído que la culpa de ser mujer, en un mundo diseñado para hombres, era nuestra y que sobrevivir tenía que ver con pasar por encima de las demás. 

Por haber odiado a la que nos odió, bajo el argumento de que era envidia.

Perdón.

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