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“Cúcutapalooza”, o el festival de opiniones sobre los festivales

En esto de los festivales aún nos falta pelo para el moño
Por
Chucky García

El debate sobre el fracaso o el éxito de los festivales privados y públicos se aleja del centro del asunto. Sin información de primera mano y observando la situación desde la frontera, ahora resulta que el modelo de unos va en detrimento de los otros, y pocos le apuntan a cómo se debe afrontar la oferta de festivales desde un país sin tradición en la materia.

Por: @chuckygarcia

Leyendo el texto "Se viene el peor Rock al Parque de todos los tiempos", quien lo escribió según parece creció en una ciudad de Colombia en la cual, que se sepa, de momento el único concierto de alto impacto que hubo fue Paz sin Fronteras, por iniciativa de Juanes y con presentaciones de Alejandro Sanz, Carlos Vives, Miguel Bosé o Ricardo Montaner. En Cúcuta, según me cuenta la gente que vivió allí, más que con bandas de rock crecieron escuchando a las grandes orquestas venezolanas de música tropical, así que es posible que sepan más de los Melódicos que de Sepultura, “la banda brasileña que hace rato dejó de ser importante”, como bien dice dicho texto.

El pasado fin de semana, Sepultura cerró el primer día de Rock al Parque ante unos 80 mil espectadores, y dos bandas más que menciona el texto en cuestión (Suicidal Tendencies y Caramelos de Cianuro) bajaron el telón en dos de los tres escenarios de la edición 2016 del festival con llenos absolutos (a eso súmenle el de Baroness). En definitiva, más de 250 mil personas asistieron al “peor Rock al Parque de todos los tiempos”.

Para pagar a todos sus artistas, este año el festival tuvo un presupuesto de casi 1.100 millones de pesos. Todas las demás cifras que se dieron eran especulativas o por lo menos quienes las dieron ni siquiera llamaron a Idartes, entidad que encabeza la organización del festival junto con la Secretaría de Cultura y la Alcaldía Mayor. Y eso pasa porque pocos se toman la molestia de llamar: así como pocos se tomaron la molestia de preguntarle a los implicados si había lugar para que “Este año el festival bogotano se apresta para ser una chambonada, donde la policía podrá ser la banda más sonada, con su nuevo código represor”.

Incluso quien escribió que el festival iba a ser una chambonada, aseguró que no iba a asistir porque era mucho mejor irse a visitar a sus familiares a la frontera. Una situación que ilustra no solamente la “Facebookización” de los medios (un texto que bien podría ser un post más en esta red social se publica así no más para ganar clics, algunos con sendos errores de redacción); sino que en materia de festivales aún estamos muy lejos de un debate serio. De un debate que fomente una discusión sobre el reto que tiene el país en materia de festivales y no una simple división entre la gente y entre quienes realizan los de carácter público (entrada libre) y los de carácter privado (venta de boletas).

No se había cerrado el telón de este Rock al Parque cuando, como se dice coloquialmente, otra pata le nació al cojo. Ahora resulta que el modelo de unos va en detrimento de los otros, y que la “cultura de la gratuidad” que se supone han impulsado los primeros –especialmente Rock al Parque, como señalan quienes sostienen esta hipótesis– es la responsable, palabras más, palabras menos, de la cancelación de la que iba a ser la primera edición del festival Lollapalooza Colombia. Y se pone a pensar uno en qué momento el no éxito de una oferta de entretenimiento para la gente que puede pagar por ella se volvió una cacería de brujas y en qué momento quienes respaldan con su masiva asistencia un evento musical incluyente y de acceso libre son entonces culpables junto con sus organizadores. De entrada, no hay que olvidar que en Colombia y en Bogotá específicamente durante muchos años lo único que existió en materia de festivales fue Rock al Parque, y que fue el detonante directo o indirecto para que luego llegaran nuevas ofertas o franquicias.

El Estéreo Picnic, por ejemplo, abrió radicalmente la paleta de opciones, mejoró considerablemente la imagen del país y su capital como destino para los headliners, en 2014 tuvo un cartel que puso el listón en lo más alto (con Nine Inch Nails, Pixies, los Peppers, Phoenix o Los Fabulosos Cadillacs) y más allá de esto logró algo que en un país donde uno desconfía de casi todo es de aplaudir: que la gente comprara sus abonos a ojo cerrado. En resumen, ha sido un éxito mayúsculo, y como las cosas han salido bien entonces nadie había hablado de cómo encaja en eso lo de la “cultura de la gratuidad”. Sin embargo, ahora que lo del Lollapalooza Colombia salió mal, lo de la “cultura de la gratuidad” entró al baile de los debates, y sin que la música de fondo sea cómo afrontar la oferta de festivales desde un país sin tradición en la materia.

Es claro que no venimos de una cultura festivalera, nuestros padres (al menos en más de un 90 por ciento de los casos) no se la pasaban en festivales y además en casi 50 años el único festival que hubo en Colombia fue el de Ancón de 1971 (y eso que a los que fueron prácticamente los condenaron a la hoguera y los desheredaron). Hemos sido un país criado a punta de fiestas en casas, minitecas, discotecas, casetas o salones de baile de los que ya no quedan ni se ven; y después de Ancón el otro gran festival que tuvo tanto impacto o prensa fue el Concierto de Conciertos Bogotá en Armonía en 1988. Casi 30 años después mucha agua corrió bajo el puente, ahora sí que tenemos muchos más festivales pero no por eso podemos admitir que tenemos una cultura de.

Hace poco, Andrés Calamaro decía en una entrevista para El Tiempo que “Estamos en un periodo histórico en el que mucha gente quiere escuchar únicamente aquellas ideas con las que supone que está de acuerdo. Todo lo demás lo rechazan: desconocen la importancia de la fricción de conceptos”, y tiene razón. “Dudo de que el pueblo trabajador sienta como siente la población digital”, agregó el argentino, y bien podría funcionar como la boleta para acercarnos más al centro del debate sobre el fracaso o el éxito de los festivales privados y públicos. Si lo que se busca es sumarnos a la “guerra armamentista” de tratar de tener los headliners más costosos, o si es mejor tratar de que la gente a un costo mucho menor vaya a los festivales a tomar riesgos: a abandonar su zona de confort y a dejarse sorprender. No implica que debemos aceptar un cartel porque sí, pero sí que hay que aprender a perderle el miedo a tener la razón y a papificar sobre algo en lo que aún somos novatos. En esto de los festivales aún nos falta pelo para el moño, y no es una responsabilidad solamente del público porque la gente no se puede poner en los zapatos del consumidor y del organizador al mismo tiempo.