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El vinilo, un zombi costoso

Las ventas en vinilo siguen ganando terreno, pero pasemos a los precios cuando todo deja de ser bonito.
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Gracias a los grandes artistas muertos, este formato repuntó en ventas en 2016 y sigue de moda con precios absurdos y consumidores que -en algunos casos- no tienen tornamesa.

Por: @chuckygarcia // Foto: Gettyimages

Aunque el vinilo nunca murió, luego de 25 años de vacas flacas en el mercado de la música es un milagro que haya vuelto del más allá y que en 2016 haya tenido un repunte tan palpable como el formato mismo: en el último año, las ventas mundiales de vinilos crecieron casi un 30%, y en regiones como el Reino Unido la prensa consideró como un “hito” que la gente hubiera gastado más dinero comprando vinilos que pagando por descargas digitales.

En Navidad, en la tierrita de los Coldplay, el vinilo fue uno de los regalos más populares, aunque los más vendidos no fueron los títulos de los artistas que están vivos y coleando sino de los que yacen bajo la tumba fría: Blackstar de David Bowie, alma bendita de Dios que en paz descanse se posicionó en el primer lugar de los diez vinilos más vendidos el año, seguido en el segundo lugar por Back to Black de Amy Winehouse. La séptima casilla fue para Legend de Bob Marley, la novena para Purple Rain de Prince y la décima para Nevermind de Nirvana.

En Estados Unidos, otro foco importante, este “muerto viviente” también dio de qué hablar (incluso más que la última temporada de The Walking Dead) y todo gracias a que, según la consultora Nielsen, el 12% de todas las ventas de discos en formato físico fueron vinilos. En ese país, Bowie también se quedó con el primer lugar de los diez títulos más vendidos del año en dicho formato, aunque en este listado los muertos no fueron mayoría: figuraron Adele (25), Twenty One Pilots (Blurryface y Vessel), Kendrick Lamar (To Pimp a Butterfly) y Lumineers (Cleopatra).

De México a Argentina, por su parte y lo que más nos concierne, la nueva fiebre del vinilo siguió creciendo y muchos no dudaron en decretar que está de moda o por lo menos viviendo otros 15 minutos de fama. Según la Cámara Argentina de Productores de Fonogramas y Videogramas (CAPIF), por ejemplo, se “reeditaron en ese formato muchas grandes obras del rock nacional, y hace varios meses que los sellos discográficos están importando muchos títulos internacionales”. En el país de Soda Stereo, desde hace dos años, los vinilos vienen representando el 10 por ciento o más de las ventas de música en formatos físicos, lo cual es un montón si se tiene en cuenta que en 2012 era apenas del 1%.

El CD sigue en caída, según CAPIF, mientras que el vinilo, “en sintonía con la tendencia global, se consolida como un formato distintivo con un elevado valor de diseño y colección, incrementando su participación en el mercado (…): ha multiplicado por 10 sus ingresos respecto del último año, superando incluso al DVD”.

Hasta aquí, todo muy bonito. Pero pasemos a los precios, que es donde el zombi deja de ser simpático y se vuelve un monstruo: están bien, gracias, por las nubes y aumentando, y no solo estamos hablando de vinilos nuevos como el brillantemente oscuro Blackstar o el somnífero 25, sino vinilos de segunda y tercera mano por los que antes nadie daba un peso.

En Latinoamérica, sin duda, y luego de que sistemáticamente la industria discográfica de cada país fue desmontando las fábricas de vinilos y descontinuando los títulos en este formato de sus catálogos, el último bastión que tuvo el vinilo para sobrevivir a los abruptos cambios y vejámenes del mercado fue justamente el usado, y gracias a algunas discotiendas de  toda la vida, mercadillos, rastros, pulgueros y plataformas de venta de usados por internet. Sin embargo, en la actualidad, el mercado del usado en cuanto a vinilos se refiere es un lujo, y en Argentina, México, Perú y Colombia, principalmente, los precios se han hasta cuadruplicado en cuestión de solo dos años y de estar tirados en el suelo pasaron a las vitrinas.

En nuestro país, a la apertura de nuevas tiendas de discos especializadas en vinilo se han sumado ahora otros puntos de venta como librerías y papelerías y almacenes de cadena, en donde pululan, por ejemplo, las reediciones de esas grandes obras del rock argentino de las que habla la CAPIF; y que en el caso de Soda Stereo, Spinetta o Charly García son más bien irregulares y sin mejoras sustanciales en cuanto a calidad del sonido. Incluso es mejor quedarse con las ediciones originales en CD y casete que comprarlos de nuevo o por primera vez.

A los precios inflados y el oportunismo súmenle también que los vinilos están cambiando de manos: se está produciendo un relevo de compradores. De las manos de los coleccionistas de vieja data, más entregados y puristas están pasando a las de un coleccionista más momentáneo, de tendencia o que en algunos casos les da un uno decorativo, como esos libros de gran formato de Villegas Editores que las señoras compran para poner como puestos de mesa pero que a veces la única que los abre es la empleada del servicio mientras les sacude el polvo.

El “coleccionista decorador”, en otras palabras, también está poniendo su grano de arena para que el vinilo siga su marcha de zombi impagable, y para ilustrar el caso volvamos al lugar del mundo en donde este virus se propagó con toda en 2016: el Reino Unido. Allí, donde se vendieron más de 3 millones de vinilos, algo que no se veía desde 1991, casi la mitad de los compradores admitieron que aún no los habían usado o sacado de la funda, y una cuarta parte de quienes lo aceptaron aseguraron no tener un tornamesa en casa. Otros dijeron que sí tenían pero que no lo usaban, más aún siendo usuarios de plataformas de música por streaming, la forma de escuchar música que más se impuso en todo el mundo durante el año y que en casos como el del UK y de América creció por encima del 60% y del 80%, respectivamente.

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