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La música que Colombia no aprecia, México la acoge

Los manitos parecen más interesados en saber qué está pasando en la nueva música colombiana, incluso más que los propios colombianos.
Por
Chucky García

Sin prejuicios, los manitos parecen más interesados en saber qué está pasando en la nueva música colombiana, incluso más que los propios colombianos.

Por: @chuckygarcia

Lo mismo le pasó a nuestros padres y abuelos. En un momento en que aquí la cumbia era música sin relevancia por no decir que mal vista y relegada (incluso se dejó de grabar), México, y específicamente la ciudad de Monterrey la salvaron del olvido. Los sonideros mexicanos tomaron las banderas de la cumbia colombiana y mantuvieron viva su llama aún sin tener ningún tipo de vínculo familiar o de sangre; y su afición no paró ahí: desde los años 70, como es bien sabido, se gestó una especie de movimiento colombianista, en el que la cumbia además era la forma de oponerse al clasismo y de reivindicar la fiesta y el baile como una forma de resistencia.

Junto con la cumbia, México también adoptó al vallenato, y entre una cosa y la otra dieron paso no solo a los sonideros sino a las emisoras especializadas, los coleccionistas, las agrupaciones y a los festivales. Monterrey tiene su propio Festival Internacional Vallenato (promocionado como el “el evento Folclórico Colombiano más grande fuera de Colombia”) y lo curioso no es que eso exista allá y muchos mexicanos se sientan orgullosos de tenerlo; lo simpático es que mientras eso pasa al de acá cada vez le llueven más críticas de todos lados y en su propia tierra.

Al Festival de la Leyenda Vallenata casi le sacan un ojo por haber programado a Maná (o incluso al propio Carlos Vives, como si no fuera una figura que creó un capítulo aparte en este género); nada muy distinto a lo que pasa en otras esferas de la música nacional como el rock. Va a ver uno y en nuestro país un género tan liberal y opositor de las normas y las leyes es más conservador y papista que el Vaticano mismo; y en ocasiones se enfrasca en unos debates que harían sonrojar al Procurador Ordoñez y que terminan arrastrando en su remolino a la llamada “nueva música colombiana”.

Ese territorio sonoro donde muchas agrupaciones y artistas terminaron destacándose tras muchos años de trabajo y de no pararle bolas a quienes se oponían –y se siguen oponiendo– a que una banda en cuyo formato hay instrumentos o músicas de las costas Atlántica o Pacífica, por ejemplo, se presenten en un evento como Rock al Parque. Incluso, si tienen un MC o un secuenciador, o si se mueven por una onda más alternativa, pop o de canción francesa; también les toca defenderse.

Pero esa es una discusión de otro costal. De vuelta a México, lo relevante es que actualmente los manitos están interesados en saber qué está pasando en la nueva música colombiana, sin que haya un género en especial que esté pegando más que el otro y no como un fenómeno de apreciación al folclor. Sin prejuicios (como acá) y asistiendo a los shows (ya sea en el marco de un gran festival, de un festival independiente, de una feria de música o comprando la boleta para una sala de conciertos); los mexicanos están mostrando un interés genuino por ver a los artistas colombianos y escuchar lo que tienen para cantar y tocar, desde fusiones hasta experimentaciones y sonidos más convencionales.

La multitud que fue a ver a Carlos Vives en el Zócalo el año pasado obviamente es lo que más ha mojado prensa; pero también son recientes y destacados los sold out de Manuel Medrano y ChocQuibTown, y las presentaciones de El Ombligo, Diamante Eléctrico, Electric Mistakes y Nelda Piña y la Boa en eventos como el Festival Marvin de Ciudad de México y el FIMPro de Guadalajara. La gira de Juan Pablo Vega por varias ciudades también salió mejor de lo esperado y en Culiacán dejó el listón en lo alto; y lo que pasó con Systema Solar y Los PetitFellas en el Vive Latino 2016 no tuvo antecedentes: para muchos asistentes fue de lo mejor entre todo lo que vieron.

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