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La pelota, más manchada que nunca, en el inicio del fútbol colombiano

Nuestro querido fútbol colombiano se alista para volver, pero en medio de todo tipo de vergüenzas y el tradicional despotismo de los directivos.
James Rodríguez y Juan Carlos Restrepo, responsable del Tolima Real
James Rodríguez y Juan Carlos Restrepo, responsable del Tolima Real
Por
Álvaro Castellanos

Columnista: Álvaro Castellanos | @alvaro_caste 
 
Previo al arranque de la nueva temporada de nuestras ligas profesionales, un hecho en particular me deja ver que, para 2016, el fútbol colombiano seguirá perjudicado por las mismas decisiones inviables de nuestros dirigentes, siempre autoritarias y acomodadas a su beneficio.
 
La más reciente historia la protagoniza el Tolima Real, equipo fundado por Juan Carlos Restrepo (padre adoptivo de James Rodríguez) y que fue descartado la semana pasada de competir en el Torneo Águila de segunda división. A pesar de estar bien constituido, luego de adquirir la ficha del Real Sincelejo, la Dimayor le bajó el pulgar para competir. Pero en cambio, oh sorpresa, sí admitió al “Superdépor”, un equipo derivado del “Depor FC”, que ni siquiera tiene el reconocimiento deportivo de Coldeportes, lo cual es una condición básica para participar en el fútbol profesional. ¿Cómo explicar esta decisión? Fácil. El irregular Superdépor es controlado por Gustavo Moreno: un sobreviviente de la vieja guardia de directivos de nuestro fútbol y, claro… ¡cómo quedar mal con el Doctor Moreno! Por eso, los 35 miembros de la Asamblea General de la Dimayor votaron para que el polémico Superdépor pueda jugar esta temporada.
 
Nuevamente, la misma película. Los mismos con las mismas. Esa doctrina recalentada del fútbol colombiano parece seguir más vigente que nunca, aun con la renuncia de Luis Bedoya, que fue recientemente descabezado de la Federación Colombiana, gracias a la olla podrida de corrupción en la FIFA que destapó el FBI. Recordemos que Bedoya fue remplazado por Ramón Jesurún en la Presidencia de la Federación, y que Jesurún, a su vez, fue sustituido por Jorge Perdomo al frente de la Dimayor. Como era de esperarse, el orden de los factores no parece haber alterado el producto. Los mismos personajes que dirigen el fútbol colombiano hace décadas siguen funcionando bajo un modelo de negocio semejante al de una finca con gallinas y ganado.

 “Jorge Perdomo, Presidente de la Dimayor” // Archivo El Espectador
 
¡Directivos de fútbol! Tanto que decir sobre ellos. Individuos macondianos, de barriga arzobispal y hambrientos, no sólo de poder, sino de repetir almuerzo. Y postre. Y otras cosas. Defensores del bigote, de la doctrina no-fitness, y de causas tan indefendibles como la de apoyar al Bolillo Gómez cuando agarró a golpes a la moza. Anacrónicos, retenedores de líquidos. Atornillados a su negocio y siempre haciéndose los de la vista, literalmente, gorda cuando les conviene, tal como pasó la semana pasada al darle la espalda al Tolima Real, sólo porque Juan Carlos Restrepo no hace parte de su exclusiva rosca, la misma que bastante daño le ha hecho a nuestro fútbol y que indudablemente tuvo mucho que ver con que la selección no clasificara a un Mundial en 16 años.
 
Compinches, empíricos, antidemocráticos. Así son nuestros directivos. En el continente, por el bien del fútbol, casi todos los más importantes fueron dados de baja gracias al “FIFA-Gate”. Léoz (en Paraguay), Figueredo (en Uruguay), Jadue (en Chile) y Napout (en Argentina). Sobre don Julio Grondona, digamos que era tan astuto que murió porque intuía lo que se le venía encima. Todos cayeron por las investigaciones del FBI, de corrupción y lavado de activos. También cayó Bedoya, de buenos resultados al frente de la Federación, pero dejando un organigrama que no parece haber cambiado la “misión-visión” de agotar los palillos de los restaurantes y de manejar al fútbol con el despotismo de siempre.
 
Luego de la negativa de la Dimayor de contar con el Tolima Real para el próximo Torneo Águila, el abogado del equipo interpuso una tutela contra su exclusión de la categoría de ascenso y el correspondiente aval que se le dio al “Superdépor” (que nos disculpe el equipo de La Coruña por caspearle el nombre de tan mala forma). Por medio de este recurso, el equipo del padre adoptivo de James Rodríguez espera que el arranque del fútbol de la B, programado para el 14 de febrero, se postergue, mientras la justicia colombiana toma una decisión definitiva. Y esta disputa legal, ganada provisionalmente por el equipo de Don Gustavo Moreno, es apenas el último bochorno de una serie de situaciones impresentables que han perjudicado recientemente a nuestro fútbol.
 
Cómo olvidar esos cuadrangulares fantasma que se organizaron hace un año para subir “a dedo” al América de Cali. Esta vergonzosa decisión dirigencial, obviamente, no podía terminar de otra forma que ascendiendo al Cúcuta gracias a un grosero gol con la mano. ¿Lo recuerdan? El del paraguayo Lazaga. De ahí en adelante, ha pasado de todo. Equipos que no le pagan a sus jugadores. Estadios vacíos gracias a un flojísimo espectáculo que más parece una campaña para combatir el insomnio. Futbolistas arbitrariamente vetados o bloqueados, como Cléider Alzate, que denunció una suplantación de identidad y no podrá jugar con el Deportivo Pasto. Directivos mercenarios, como José Augusto Cadena, que compró al Cúcuta barato, lo engordó, no le importó mandarlo a la B y ahora pretende venderlo caro o trastearlo.
 
Pero, tal vez, lo más chocante de estos gazapos sean esos equipos de garaje, que cambian a cada rato de ciudad, de ficha, de nombre y hasta de uniforme. El abanderado de este mamarracho es el equipo antes conocido como “Águilas Doradas”, que en menos de ocho años mudaron tanto de identidad, como si se tratara de cambiarse los pantaloncillos. Bajo Cauca, Itagüí, Águilas Doradas, Águilas Pereira y ahora, Rionegro. Si andan cambiando de nombre tan seguido, que sean consecuentes y se hagan llamar “Golondrinas”, por aquello de andar volando sin rumbo. Insistamos en que todo este prontuario de incoherencias se ha producido bajo la mirada indolente de la Dimayor, que ahora, bajo el mando de Jorge Perdomo, poco y nada ha cambiado.
 
A punto de volver la Liga Águila este fin de semana, a los hinchas de verdad nos queda imposible ocultar la emoción de ver el regreso de nuestros equipos. Porque sí, muy bonito y todo el fútbol europeo, pero creo que uno sólo puede ser hincha verdadero del equipo que vio desde la infancia, razón por la cual el cariño hacia nuestra liga siempre estará por encima de lo demás. Pero qué bueno sería que tuviéramos un fútbol equitativo y criterioso, donde el buen espectáculo sea prioridad. Decía Diego Maradona en su partido de despedida: “yo me equivoqué y perdí, pero la pelota no se mancha”. Es decir, que a pesar de los errores de futbolistas, dirigentes o de quién sea, el fútbol siempre saldrá intacto. Sin embargo, al paso que vamos, la honorabilidad del deporte que más queremos sigue en picada sin que podamos esperar a futuro algo diferente. En Colombia y casi todo el mundo la pelota está muy manchada. Más manchada que nunca.

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