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Las razones para no ver un partido de Colombia en un sitio repleto de gente

Si no es desde el estadio, me parece fundamental escapar de las turbas iracundas de los lugares públicos.
Por
Álvaro Castellanos

Si no es desde el estadio, me parece fundamental escapar de las turbas iracundas de los lugares públicos.
 
Por: Álvaro Castellanos | @alvaro_caste // Foto: Gettyimages.
 
Suponga usted que juega Colombia un viernes por la noche y que es época de quincena, prima y puente festivo. Es decir, todos los males juntos. Entonces sus amigos, fanáticos ocasionales del fútbol, comienzan a presionar desde el martes o el miércoles. “¿Dónde vamos a ver el partido?”. “¿Dónde vamos a ver el partidooo?”. Y usted sabe para dónde va todo y quiere evitarlo, pero tampoco quiere ser antipático con ellos porque, al fin y al cabo, son sus amigos: las únicas personas que se lo aguantan y eso ya es mucha proeza. Entonces, una vez más, la presión social vence y usted termina viéndolo en el peor lugar del universo: un bar. Digo esto porque me volvió a pasar el otro día, en el debut de la Selección en la Copa América Centenario.
 
Para ver fútbol, evidentemente, no existen manuales. Cada quien elige cómo hacerlo, pero si me preguntan la peor forma es en un sitio público, llámese pub, bar o lugar masivo con pantalla gigante. Como dicen en un capítulo de Los Simpson, “nada puede malir sal”. El problema fundamental, como en todo, es la gente. El mundo sería un lugar precioso de no ser por la gente, por las masas. Y el tipo masas que se congregan para ver fútbol en un bar son sencillamente espantosas.
 
En un pub sobresale el hincha de ocasión. El aficionado coyuntural. De cariño, los llamo “hinchas tropipop” y se ven mucho más cuando juega Colombia, porque no son futboleros de verdad, sino hinchas “de mi Selección”. Es decir, nunca se vieron un partido completo, aplauden los saques de banda y creen que el fútbol comenzó con Cristiano y Messi. Entonces no tienen ni idea de lo que ven, le dicen “árbitro” al arquero, “arquero” al árbitro y además cargan con esas vuvuzelitas que se pusieron de moda en Sudáfrica 2010 y las ponen a rechinar cada 20 segundos haciéndole a uno sangrar los oídos.
 
Carente del más básico sentido común futbolero, el hincha de ocasión no lo deja a uno ver fútbol en paz. Por ejemplo, un par de energúmenos le gritaban el viernes pasado a Guillermo Celis “¡péguele! ¡péguele!” cuando el volante del Junior llevaba el balón con doble marca a 45 metros del arco de EE.UU. ¿Péguele? ¡Pero cómo! El mejor pateador de media distancia que he visto fue el serbio Sinisa Mihajlovic y ni él hubiera hecho gol desde tan lejos y con dos rivales raspándole las piernas. Además, bueno, es fútbol, no ingeniería de cohetes. No debería ser tan difícil de entender.


 

A la inverosimilitud del hincha tropipop, súmenle los tragos. Cuando juega la Selección, para coronar una butaca en un pub hay que llegar 2 ó 3 horas antes y eso implica que para el inicio del partido la gente ya tenga tres jarras de cerveza y dos medias de aguardiente encima. Y, como se sabe, el aguardiente pone violenta a la gente. Entonces para los himnos y el pitazo inicial, muchos ya están bien borrachos y eructando las picadas que se tragaron. Lo digo porque me pasó el viernes pasado al ser testigo olfativo de un viejo que se tapó las arterias a punta de chorizos. Este panorama que describo no sólo alimenta potenciales riñas, más descriterio a la hora de opinar y el ruido multiplicado de las vuvuzelitas, sino también puteadas prematuras. Es triste y feo, pero frases como “negro hijueputa” ya serán trending topic a los 10 minutos del primer tiempo. Ahora imaginen a 40, 80, 100 ó más personas en las mismas. ¿Uno cómo ve fútbol así?
 
Con la corbata en la cabeza y la camiseta de la selección toda apretada sobre la camisa, el hincha de ocasión (no digo todos, pero sí muchos) pareciera que tiene prohibido llevar la camiseta por fuera del pantalón. Debe ser un “dress-code” oculto de oficinista, pero el atentado visual es espeluznante. Ni el combo tacón puntudo, jean-sin- bolsillos y camiseta amarrada se compara. En general, motivos sobran para desmarcarse del hincha “de mi Selección” que atesta los bares, una especie casi más miedosa que el neo-hincha de la Champions que grita “Halá Madrid” desde el cubículo, mientras apura para terminar su tabla de Excel antes del almuerzo.
 
Con tanto ruido y alicoramiento masivo, ver fútbol en un bar se hace imposible. Hagan la prueba de ver un partido en un lugar así y después revisen con calma el resumen. No se van a acordar de nada porque, contrario a lo que dicen las marcas y los anuncios publicitarios, el peor sitio para ver fútbol es un bar repleto de turbas iracundas. Además, un detalle para nada menor, es la distribución de los televisores. Difícilmente uno tendrá uno tan grande y tan de frente como para verlo bien. Ni armándose de binóculos, en un bar se suele conseguir una buena localidad.
 
Ya que la publicidad nos convenció de que ver fútbol es un acto social, el menor de los males es verlo en “plan casero”. Allí estará usted con sus amigos de siempre. Esos que deberá soportar esa noche (ya que ellos lo soportan el resto de días a usted) y a lo sumo algún tío, primo o familiar de alguien con las características del hincha de ocasión del pub, pero el mal se habrá reducido a su mínima expresión.
 
Decía Martín de Francisco que la mejor forma de ver fútbol es solo, en la sala casa y recién almorzado. Suena exagerado y hasta amargado, pero hoy, más que nunca, le encuentro la razón. Sólo así se logran percibir esos detalles especiales que hacen del fútbol algo maravilloso y que por nada del mundo se notarían en compañía de otra gente. Como el nuevo corte de pelo de Dayro Moreno.

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