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Adiós a Obama y al pop en la Casa Blanca

Con la salida de los Obama se acaban: la corrección política, la moda y las historias motivacionales. ¿Por qué esta presidencia fue tan pop?
Fotos: Gettyimages
Fotos: Gettyimages
Por
Fabián Páez López

La familia Obama deja su cargo como celebridades del mundo de la moda, del cine y de la televisión. Poco sabemos del balance político que dejan, pero recordamos cada vez que Obama lloró o rapeó; o cada vez que Michelle vistió una pieza de Givenchy. La familia del primer presidente negro de los Estados Unidos manejó tan bien su imagen que hoy la llegada de Trump parece inverosimil. Por eso uno casi no consigue quien le cante y al otro le dedican canciones.

Por Fabián Páez López @Davidchaka

Un multimillonario burdo, gritón, de piel color naranja y con un peinado que pareciera un peluquín deshilachado es hoy el dueño de uno de los cargos más importantes del mundo, el de presidente de los Estados Unidos. Donald Trump ocupará su lugar en la Casa Blanca cargando a cuestas el título de ser el gobernante más desprestigiado de las últimas cuatro décadas. Por su lengua incontinente, se echó encima a los músicos, a los latinos, a los actores, a las mujeres y a los periodistas. Un cambio de administración que se acentúa porque llega a suceder un periodo completamente contrario a él, la era Obama.

A diferencia de Trump, Barack Obama fue un tipo cool: hacía bromas, jugaba básquet, rapeaba, curaba playlist en Spotify, tenía una familia ejemplar; le caía bien a los niños, a la prensa y a los artistas. No se desencajó. Incluso ganó un premio Nobel de Paz siendo el único presidente estadounidense en pasar sus dos periodos completos sin un solo día sin guerra. La amarga ironía de su mandato.

Pero la historia no recordará a Obama por las cosas malas de su gobierno. Ni por las guerras que le heredó Bush y que él continuó. En cambio, quedarán inmortalizados sus discursos hechos con material como para un Stand Up Comedy, o las películas inspiradas en su vida: Barry y Michelle y Obama. La primera, una cinta inspiracional lanzada por Netflix. La segunda, una historia de amor entre él y la que se convertiría en primera dama.

Bien lo decía Frank Underwood en House of Cards: “La política dejó de ser teatro, ahora es espectáculo”. Ya no es suficiente con la retórica y los discursos que movilizan masas. Vivimos en democracias del espectáculo. Ahora, para salir impoluto de un cargo con tanto peso en la vida de los demás, hace falta gestionarse meticulosamente, manejar la imagen personal como una marca que aparece (y se rentabiliza) cada tanto en los medios. En eso Barack y Michelle fueron unos maestros. Cultivaron el carisma mediático, más que cualquier proyecto político.

En ocho años al mando, a ningún miembro de la familia Obama se le vio en una foto con una hebra desencajada; nunca se les deslizó un “le pego en la cara, marica”. O cualquiera de esas frases desafiantes tan comunes entre los políticos. Al contrario: Barack, por ejemplo, se coló en la cultura pop a través de sus reiteradas y pulcras apariciones en programas de televisión y películas como el Show de Jimmy Kimmel, Saturday Night LIVE, Boyhood, el show de David Letterman, Los Simpson y el Show de Jimmy Fallon. En este último se despedía de su cargo haciendo un sketch cómico-musical junto al presentador. Fácilmente podría conducir su propio Tonight Show Starring Barack Obama.

 

 

Michelle, por su parte, fue un ícono de la moda y del buen gusto. Con una búsqueda rápida en Internet uno se entera que la primera dama usó vestidos de Givenchy, Marc Jacobs, Tracy Reese y Preen; que eran de las colecciones más recientes y que costaban miles de dólares. Incluso, uno de los músicos más afincados en el corazón de los estadounidenses, Stevie Wonder, le dedicó un par de canciones de despedida en el Show de Jimmy Fallon. Puras trivialidades televisivas. 

 

 

 

La forma en la que la gente podía identificarse con la familia del presidente de los Estados Unidos no era empática, sino aspiracional. Barack, desde que empezó con su campaña ‘Yes We Can’, encarnó todos los clichés de los discursos de la positividad. En la era del ‘Me gusta’, supo cómo caerle bien a los electores “soñadores”, a los mismos que aplauden obras donde los sueños se cumplen como La La Land, Joey o En Busca de la Felicidad. Sus apariciones en público fueron tan espectacularizadas por los medios hasta el punto de que, sin siquiera haber terminado su periodo al mando, ya había dos películas biográficas en su nombre. El cine hecho en Estados Unidos, por supuesto, es el mayor arma para decirnos como desear.  

 

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Si bien su cuarto de hora sirvió para, por fin, alzar las banderas del Black Power, ahora que la familia Obama deja la Casa Blanca se acaban las trivialidades pop, las guías de cómo vestir, los homenajes musicales. Y empieza un periodo de crítica y de despabilamiento que puede ser saludable para que despierten nuevas fuerzas políticas. Cuando Barack vaticinó que Trump no sería presidente “porque se trata de un trabajo serio, no de un reality show" se equivocaba. Las urnas le hicieron tragar sus palabras. La imagen en el cargo más serio del mundo se maneja como si todo el tiempo estuviera prendida la cámara del Gran Hermano. La gente quiere ser como Obama, pero en su vida diaria es más como un Trump: impertinentes, flexibles, irascibles. Por eso, y porque no tenía rival, el candidato del peluquín acabó con la era de las celebrities políticas y reeplazará al presidente más hipster en la historia de EE.UU. 

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