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Las voces y personajes que no están de acuerdo con Rock al Parque

Porque no todos sueñan con gritar “¿qué pasa Bogotá?”.
Por
Redacción Shock

Desde sus inicios, las críticas o disidencias hacia Rock Al Parque han sido telón de fondo de su desarrollo. Han hecho referencia a temas artísticos, fechas u horarios de presentación de las bandas. ¿Pero qué hay detrás de este tipo de acciones u opiniones para decirle no al festival?

Por José “Pepe” Plata // @owai

El lunes 2 de julio de 2012, la banda bogotana 1280 Almas llevó a cabo su última presentación en Rock al Parque. Antes del cierre que ofrecería el argentino Charly García, se escuchó a su vocalista Fernando del Castillo dar las gracias y decir que no los volvieran a invitar. Justo festejaban 20 años de vida musical y lo hicieron despidiéndose y diciendo que no los volvieran a invitar o llamar para el festival. Parecía un chiste, pero no lo era. Las Almas se despedían y dejaban así abierta la puerta para que las nuevas generaciones pudieran estar en él. La despedida venía enmarcada en un momento en el que la banda continuaba su proceso de existencia en la escena nacional bajo una propuesta independiente, pero también en una situación que no ha dejado de suceder desde los años noventa.

Desde sus inicios, las críticas o disidencias hacia Rock Al Parque han sido telón de fondo de su desarrollo. Han hecho referencia a temas artísticos (procesos de selección y escogencia de los participantes), fechas de realización (de mayo y junio pasó a noviembre, y luego a julio), horarios de presentación de las bandas (algunas tocan muy temprano y otras muy tarde).

¿Pero qué hay detrás de este tipo de acciones u opiniones para decirle no al festival?

El NO puede ser tan amplio como restrictivo. Puede ser un rechazo a sus políticas o manejos burocráticos pero también un NO como manera de decir que no se está de acuerdo en su propuesta o alcance. Detrás de esto, existen diferentes voces que dejan en claro cuál es su visión sobre uno de los temas más álgidos de la movida musical capitalina de las últimas dos décadas. Todo esto dentro de un marco de existencia musical.

Se habla de tres movimientos musicales en cuanto al rock en la ciudad de Bogotá. Tres miradas que pueden ser como planetas en fuego. Cada uno buscando su lugar y momento. Cada una buscando su órbita. En ocasiones colisionando y volviéndose más fuertes; pero siendo maneras de comprender la situación del rock en la ciudad:

1. Rock al Parque como rock estatal. Financiado por dineros públicos y con la idea de ser una ventana para los grupos locales que año tras año se presentan. Es algo que viene sucediendo desde 1995 y que sigue hasta la actualidad.

2. Rock privado. El que se gesta a través de los promotores privados de conciertos y festivales que contratan a bandas y artistas para sus eventos pero que no siempre apuestan por lo nuevo o lo consolidado independiente local. Una expresión en la cual intervienen marcas y patrocinadores y que acude a estrategias de visibilización y comercialización a través de la música.

3. Rock independiente o autogestionado. El que se genera con una dinámica propia que busca mantener su visibilidad y permanencia a través de sus propios eventos, convocatorias, medios y espacios. Hecho a pulso desde los años sesenta y que si bien para algunos es poco definido o no es posible ver de manera amplia, para otros es su motivo de vida.

Para Martín Morales, integrante de la banda Los Neuronas y gestor de espacios como Rock bajo la Séptima, su crítica frente al festival viene dada porque este “deja atrás la esencia del rock en la ciudad de Bogotá. Es un evento que solo dura tres días para el público,  mientras que la movida que hace el sector corporativo privado tienen más festivales. Pero semanalmente hay una movida en los bares y cafés de Bogotá que el público desconoce por la alienación genera este sector con ofertas como el fútbol y el reggaetón. Existen espacios como el festival de la Coneja Ciega, los Premios Subterránica, Bogotá Ciudad Rock, Festival Antiroscas, Bogotrash, Rock Bajo la Séptima y muchos más. Ellos dan ideas que son apropiadas por los dos sectores con los que compiten por la hegemonía musical, el privado corporativo y el estatal”.

Las críticas o la disidencia ante el festival, vienen también por asuntos de orientación artística. Natalia Miranda, recuerda cómo en 1995 se presentó con la banda que tenía en aquella ocasión bajo el nombre de Sople la Sopa y su propuesta fue descalificada por tener letras en inglés. Miranda, quien desarrolla actualmente el proyecto electrónico Nat Fatina, destaca además que el asunto de la gratuidad ha terminado por ser nociva en la escena local. “La gente acude en masa al festival y suele prestarle atención a las bandas a partir de cierta hora, mientras las bandas que comienzan temprano tocan para muy pocas personas. El desencanto también viene en esa forma de consumo que se aleja de disfrutar y emocionarse por ver música en vivo, para darle más importancia al teléfono celular.”

Para alguien que ha llevado en sus venas el rock de tiempo atrás, el festival es una manera de anular un negocio como lo es el del rock. Se trata de Gustavo Arenas, el legendario Dr. Rock, quien tuvo épocas de promotor de bandas, espacios en medios de comunicación y una tienda de venta de discos llamada La Rockola. Para él,  “el negocio se dañó. La segmentación de la música hace que muchos no quieran ir al festival, porque se ha estigmatizado al rock con la juventud, la violencia o las drogas. Y también, ahora suceden fenómenos de purismo en el rock. Algunos salen a defenderlo con capa y espada o a decir cómo el rock debe tener una forma o una estructura o un sonido, cuando desde sus inicios, tampoco ha habido claridad en qué es el rock. Y en otros lugares, el rock ha generado eventos para acudir en familia. Y esto no es así aquí.

Una visión de aprecio por el festival, más no del todo por su manera de ser está en Rafael Escandón, miembro de la banda Los Poetas Ácidos y desarrollador de un espacio conocido como Bogotá Ciudad Rock en el que hay escenario para bandas y mercado de la música. Escandón declara que “hay países como Argentina y México que tienen un gran aprecio y respaldo por sus bandas. Pero en nuestro medio, Rock al Parque tuvo cinco años en los que la gente acudía en masa para ver y conocer las propuestas distritales. Luego se convirtió en un evento para precisamente mostrar cifras de asistencia; pocos resultados efectivos se ven. La gente espera a los que vienen de afuera. No son muchas las bandas locales que la gente recuerda haber visto allí y el tocar allí se siente como un requisito previo para poder acceder a otros espacios locales o internacionales. Por parte de la banda, Rock al Parque es algo que nos interesa. Pero no es una prioridad. Es una posibilidad.”

Tania Moreno, productora audiovisual que además fue integrante de la agrupación Génesis de Colombia, siente cómo el festival ha desconocido la historia local. En 1970 ella financió un festival gratuito en el Parque Nacional que convocó a los roqueros de la época y que permitió mostrar un evento capaz de darle espacio al talento local. De aquel evento surgieron otros conciertos como los de Lijacá que se hicieron en aquella década. Hubo también jornadas de conciertos en teatros capitalinos que tuvieron más asistencia que algunos de la actualidad. Para ella, “el rock en Colombia parece ser una situación de trancazos y nos queda el mal sabor de la gente que trabaja un año entero para estar en un escenario ante un público que luego se desvanece. Y algo que sí fue fatal, fue ver cómo a los músicos más legendarios de las bandas fundacionales del rock nacional fueron condenados a un espacio de homenaje en el festival donde nadie los pudo ver en su esplendor. Movilizar esas personas y esos repertorios para tan poco impacto es algo que duele”.

Si hay una manera de decir NO, es justamente sintiendo que Rock al Parque es un espacio necesario y útil para apreciar, conocer y disfrutar la música que la ciudad genera y la que otras latitudes ofrecen. Y comprendiendo además que el rock en el siglo 21, bien (in)definido está. Pero la música sí existe. Y se necesita o nos morimos.