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¿El cierre de Rock al Parque estuvo a la altura de Rock al Parque?

Gracias Rock al Parque por traernos lo que nos gusta, pero también por mostrarnos lo que no conocíamos.
Fito Páez invita a Juanes a su show en Rock al Parque 2019 (foto: David Schwarz)
Fito Páez invita a Juanes a su show en Rock al Parque 2019 (foto: David Schwarz)
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Juan Pablo Castiblanco Ricaurte

Rock al Parque fue absolutamente fiel a su esencia y logró darles contento a los gustos más ortodoxos mientras que siguió alimentando esa línea de experimentación, sonidos híbridos, fusiones, o nuevos horizontes del “rock”.

Por: Juan Pablo Castiblanco Ricaurte // @KidCasti

Aunque en el segundo día de Rock al Parque René Segura dijo lo que muchos pensaban, pero nadie quería decir –este año no se cumplieron 25 años sino 25 ediciones y 24 años, hagan las cuentas–, ya la fiesta estaba armada y las expectativas altas por presenciar un momento cultural histórico. Con los invitados confirmados y el desarrollo del día de acuerdo a todo lo que se espera del festival –lluvia, sol, lluvia, sol, asistencia masiva–, había que hacerse la pregunta: ¿el cierre de Rock al Parque estuvo a la altura de Rock al Parque?

Con el “cierre” no estoy hablando solamente de los tres actos que culminaron cada tarima, sino con el desarrollo de un día que incluyó a bandas que iban desde Juanes y Fito Páez, hasta Kap Bambino, Silverio y Channel One Soundsystem, pasando por Tequendama, Morfonia o Pornomotora. Y tengo en cuenta toda la parrilla porque si bien la etiqueta “rock” en Rock al Parque parece ser muy pesada y concreta, lo cierto es que en los últimos años es un término que ha estado en constante reevaluación y se ha estirado en varios frentes posibles.

Por eso me voy a hacer un spoiler y afirmar que sí, que el cierre de Rock al Parque estuvo a la altura de Rock al Parque, y no por el emotivo show de la Filarmónica, por el repaso histórico de Fito Páez o Babasónicos por sus repertorios, o porque Juanes sorprendió a todo el mundo tocando un cover de Seek & Destroy de Metallica, sino porque Rock al Parque fue absolutamente fiel a su esencia y logró darles contento a los gustos más ortodoxos mientras que siguió alimentando esa línea de experimentación, sonidos híbridos, fusiones, o nuevos horizontes del “rock”.

Rock al Parque, a diferencia de otros festivales o eventos culturales, conserva un encanto único porque la gente va única y exclusivamente por la música; no es el evento de moda, nadie regala boletas, no está inundado de influenciadores aspiracionales que venden humo en Instagram, no se lo han tragado las marcas, no hay trago, etcétera. Eso concentra la experiencia en las conexiones emotivas que hay entre las bandas y sus públicos, en shows donde la gente se aprieta contra la baranda del frente para estar más cerca de su artista, donde la gente grita y llora las canciones de sus ídolos o donde –pareciera no ser tan importante, pero es vital– hay artistas comprometidos y militantes por denunciar la situación tan puerca de este país.

El último día de Rock al Parque 2019 tuvo bandas inspiradas en los esquemas tradicionales del blues, metal, ska y punk. Tuvo rock en español de ese que entró en los discos piratas o casetes grabados en radio de la infancia, tuvo eso que se espera encontrar en un festival de rock. Pero Rock al Parque también tuvo riesgos altísimos que uno no esperaría encontrar en Rock al Parque y que expanden la experiencia. A fin de cuentas, los festivales también son espacios que rompen con la hegemonía de lo comercial o de lo que debe dar grandes números. Hace un par de semanas, gracias a una investigación de La liga contra el silencio, se revivió el eterno debate sobre los efectos perjudiciales de la payola (pagar por sonar en la radio) en los gustos masivos y quedó la pregunta sobre si el éxito y reconocimiento entre las masas solo es posible si hay con qué comprarlo. Los festivales públicos llegan para conectar grandes audiencias con artistas que no tienen forma de colarse en el mainstream o que no tienen el empuje de grandes maquinarias de la industria.

Y en ese sentido, si bien estuvo bueno que hubieran ido los grandes nombres del “rock en español”, poder ver el puerquísimo y desafiante show de Silverio, el rumbón reggae del Channel One Soundsystem (y la presentación de lo que un soundsystem es), la visceralidad oscura de Kap Bambino, la teatralidad tropical de Morfonia o incluso, la delicadeza del de Gustavo Santaolalla, fue todo un privilegio.

Gracias Rock al Parque por traernos lo que nos gusta, pero también por mostrarnos lo que no conocíamos.

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