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El placer de no salir en Semana Santa

Por
Redacción Shock

Por: AZD @azableh - Foto: AFP

Los ganadores nos quedamos en casa en Semana Santa. El resto: los inseguros, los obsesivos-compulsivos, los que odian su trabajo, los que hacen las cosas sin pensar porque otras personas también las hacen y a los que les sobra la plata, salen de la ciudad dizque a descansar. Dizque.

Porque Colombia no está hecha para ser disfrutada en temporada alta. No tiene la infraestructura hotelera, vial ni recreacional, y los precios suben a niveles de Dubai. Y cuando unas vacaciones son tan cortas, atravesadas ahí entre enero y junio, el plan no se convierte en un descanso merecido sino en una vorágine en la que hay que volver a casa con la misma rapidez con la que se salió.

Vivo en Bogotá y el año pasado me fui a Barranquilla en avión. El pasaje me costó  $900.000, y eso que lo había comprado en enero. Una pornografía de precio por un vuelo local de una hora. Madrugada, filas y retrasos en el aeropuerto. Congestión de maletas, de pasajeros, de taxis. Una semana después volví más cansado de lo que había salido, sin plata en la débito, a tope la de crédito y jurando que no lo volvería a hacer. Se que no podré cumplirlo, pero también sé que este año no saldré porque me voy al mundial de Brasil y me caso, y esos dos golpes anulan cualquier posibilidad de ir así sea a la esquina.

Pero así hubiera planes para hacer y plata para botar, yo he sido más feliz en las Semanas Santas en las que me he quedado que en las que me he ido.  Para empezar, todo calla; el celular no suena, el citófono tampoco. Se puede uno quedar en la casa en paz sin saber que nadie lo espera a uno, nadie lo busca, nadie lo jode. Si hay algo más rico que quedarse un domingo en la cama, es quedarse un Domingo Santo.

En esta época, como en diciembre, Bogotá se vuelve el paraíso que debería ser: calles vacías, tráfico ágil, espacio para caminar, supermercados sin filas, restaurantes sin tiempo de espera, funciones de cine con asientos vacíos. El lunes me tocó ir a una cita y llegué 15 minutos antes. Dígame usted cuándo llega uno a algo en esta ciudad, no con anticipación, sino a tiempo. Siempre he dicho que a Bogotá le sobran tres millones de habitantes y épocas como ésta me lo confirman.

No sé ustedes, pero yo compadezco a los que están a esta hora en un aeropuerto, una terminal de buses, una piscina. Llegan las vacaciones y la gente se vuelve loca: es capaz de meterse a una playa repleta y sucia y pagar por cerveza caliente y sin gas como si fuera champaña. Duerme en carpa, se cambia en el carro, se baña a totumadas y se va de paseo con gente que ni conoce o, peor, con gente que le cae mal.  Yo descanso con frecuencia, pero en temporada baja, cuando no hay gente y los precios mantienen niveles de cordura.

Y encima, luego de unos días de descanso que no lo son tanto, llega la hora del regreso, la operación retorno que no es más que una bacanal de, según la prensa, más de medio millón de carros entrando a la capital en un día, todo bajo la custodia de 70.000 policías.

Si después de esto quieren salir de la ciudad, háganlo, bien por ustedes. Ojalá disfruten de sus fincas, ojalá hayan conseguido reservación en el hotel que querían y no se gasten más de lo que tienen. Váyanse y déjennos tranquilos. Bogotá está muy rica sin ustedes. No vuelvan.

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