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Amiga, date cuenta: a la hora del sexo no basta con provocarnos una erección

Que se nos pare es necesario, pero no lo único.
GettyImages /	Zero Creatives
GettyImages / Zero Creatives
Por
Álvaro Castellanos

A muchas mujeres les jodió la cabeza Disney, porque les plantó en el cerebro un supuesto «tipo ideal», chusco y millonario, que un buen día aparecerá en sus vidas para tratarlas como Reinas de cuento de hadas y sacarlas a vivir con todos los lujos, de tal forma que el galán las mantenga y no tengan que trabajar por el resto de sus vidas. Y, también, a muchos hombres les jodió la cabeza la pornografía, porque les plantó en el cerebro una supuesta «vieja ideal», tetona y ninfómana, que un buen día aparecerá en sus vidas para tratarlos como vergas de caucho en una escena de Brazzers, de tal forma que la dama esté dispuesta a copular indefinidamente sin compromiso alguno. Por suerte, la conciencia sobre el machismo está comenzando a demoler el primer ideal. Pero no tanto el segundo. Y hace falta hacerlo.

Si, al conocer una mujer, un tipo se atreve a decir que no todo gira alrededor del sexo, de meterla y sacarla como taladro sobre pavimento, se expone a las burlas de los amigos; de su ecosistema machista. La masculinidad es una de las cosas más frágiles que existen, y cientos de ejemplos cotidianos lo demuestran. Ponerse una camiseta rosada, berrear con una película romanticona o reconocer que otro tipo es pintoso parecen ser motivos suficientes para que la sociedad adjetive despectivamente al hombre de «marica». Hay una sigilosa, pero rígida, dictadura heterosexual (heteropatriarcado, que llaman) que todos los días condiciona las acciones de los hombres sin que muchos se den cuenta. Por eso, cada vez que se rumora que Cristiano Ronaldo o Maluma (ídolos de dos instituciones tan masculinas como el fútbol y el reggaetón) son homosexuales, horas después aparecen fotos de ellos con viejas medio en bola encima. Porque se supone los hombres heterosexuales lo son mientras se atengan al rigor que las plantillas de su condición exigen.

Hace unos meses, una muchacha se quejaba por Twitter de un man con el que se gustaba, porque él, que estaba soltero y vivía solo, salió a comer con ella y después no la invitó a su apartamento. Y preguntaba que cómo debía interpretarlo. Ponía en duda que el tipo no gustara de ella; y también especuló con que el man estuviera saliendo con alguien más. Entre chistes y mongoreplies, alguien le respondió que el man sólo quería invitarla a comer, y pare de contar, sin que eso descartara que no quisiera darle como evangélico a pandereta. Para mí, esa respuesta dio en el blanco. Ponérnosla dura y consumar la cópula, cómo negarlo, es importante. Pero no lo único.

Los mitos implantados por la cosmovisión machista aseguran que uno, como hombre, sale con una mujer ya sea a cine, a tomarse algo o a bailar como prerrequisito para terminar intimando. Y no siempre es así. A veces es al revés. Puede que el sexo termine siendo una gran consecuencia de todo lo anterior, pero, aunque muchos hombres no lo acepten, en unos casos el sexo es sólo un pretexto para compartir con la otra persona, así eso implique sacrificios tan inmamables como hacer fila de media hora en la puerta de un restaurante pretencioso.

En Choke, novela de Chuck Palahniuk, el protagonista ve en una librería a una señorita que ojea un libro sobre cómo superar la adicción al sexo, la identifica como material disponible y planean encontrarse días después para acometer. Sin embargo, ella quiere una puesta en escena meticulosa en la que el tipo entre por la ventana de su casa con una media velada embutida en la cabeza, que la agarre por la espalda y con una mano le sujete las suyas. El personaje accede, pero durante el acto, la vieja no lo llama ni por su nombre, y cuando él la increpa, ella le exige que se atenga a su fantasía. Aunque se trata de una escena caricaturizada, el fastidio del protagonista lo aferra aún más a la mujer que verdaderamente le gusta, una médica con quien nunca se ha acostado. Es decir, aun siendo adicto al sexo, el tipo no cambia una conversación con la médica por unas buenas sacudidas.

Conversación, preámbulos, confianza, sentirse a gusto con la otra persona. Les cuesta a los hombres aceptarlo, pero todo eso subsidia una buena relación sexual. En esta carrera imparable por conseguir la igualdad, muchas mujeres están adoptando las malas praxis sexuales con las que se etiquetan a los hombres. Lejos de ser un experto (escribo en Shock hace unos años sobre deporte y sociedad y tampoco soy experto), creo que no se trata de eso. Adoptar las maneras del modelo que se está buscando revaluar no parece ser la mejor idea para buscar la igualdad. Que un tipo y una vieja se encuentren una noche y se manden a la cama directo a culear. No debería funcionar de esa manera, así quienes lo impongan sean las mujeres.

Esta época, más que cualquier otra, parece ser la más propicia para que los hombres exterioricemos una verdad que encerramos con doble tranca en nuestras cabezas. Tirar va más allá de conseguir una erección; y dialogarlo con la pareja, sea permanente o itinerante, hace parte de las nuevas masculinidades con las que muchas mujeres están de acuerdo. Incluso, por muy jugado que parezca, el man también tiene derecho de plantársele a su pareja y decirle de vez en cuando que no quiere acometer, sin que eso quiera decir que perdió las ganas de estar ella, que tenga otra, que sea homosexual o que esté seco de tanto hacerse la paja.

Y aprovecho la mención de la paja para terminar donde empecé. Con el porno. No todos los hombres estarán de acuerdo, pero el mejor entretenimiento para adultos es el situacional. Que tenga una historia, por más elemental que sea. Nada más aburrido que una escena que arranque con la cópula misma. ¿Por qué la pareja llegó ahí? ¿Cómo se conocieron? ¿O ya se conocían? ¿Cuál es su parentesco? ¿Qué situación propició que el tipo termine dándole verija a la pelada como si no hubiera mañana? A mí, entréguenme una historia, diálogos, un contexto. Y entre más amateur y circunstancial sea la escena, mejor. Una vieja enjaulada, empacada en látex y con un látigo colgando de la boca me dan ganas de agarrar el control remoto, poner el Canal del Congreso y tomar apuntes de la plenaria del día.

No es por victimizar al hombre, ni más faltaba. El mundo ya es lo suficientemente machista para ponerme en ésas y no pretendo caer en un descaro más largo y ancho que la verga de Idris Elba. Pero, amiga, date cuenta: al tener sexo, no todo se basa en provocarnos una erección, la cual, de todos modos, a veces es difícil de conseguir porque, valga el juego de palabras, a veces las mujeres nos la ponen dura para que se nos ponga dura a nosotros.