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De cómo la tecnología está promoviendo el sexo sin sexo

La tan mentada liberación sexual ha coincidido con un proceso opuesto de des-sexualización que ha sido claramente guiado por las tecnologías masturbatorias
Fotos: Gettyimages
Fotos: Gettyimages
Por
Fabián Páez López

En 1925 el escritor ruso Andrei Platonov publicó un ensayo publicitario satírico en el que describía un producto llamado “Antisexus”. Era una maquina masturbatoria que proponía a la humanidad ahorrarse la complejidad del amor sexual y deshacerse de ese desgastante proceso de seducción que consume tiempo y energía, prometiendo orgasmos rápidos y sencillos a cualquier persona. Algo así como el Orgasmatrón que aparece en la película de ficción futurista Sleeper (1973), de Woody Allen: un aparato del tamaño de un ascensor en el que solo hace falta ingresar y oprimir un botón para salir blanqueando ojo. Ambos eran producto de la comedia o la ficción, pero tanto el Antisexus como el Orgasmatrón predijeron la forma en la que la creciente hipertecnoligización del mundo iba a intervenir en la sexualidad.

Paradójicamente, la época de la tan mentada liberación sexual ha coincidido con un proceso opuesto de des-sexualización claramente guiado por las tecnologías masturbatorias. Y me gusta usar el término “tecnologías masturbatorias” porque allí (en el concepto, claro está) caben muchas cosas: desde dildos polifónicos con vibraciones, colores y tamaños personalizados, pasando por el porno en línea, las populares novias robot con las que muchos ya fantasean hasta los vibradores para hombres que simulan las cavidades de una mujer. Todas estas nuevas tecnologías se consiguen en Amazon o en algún rincón de Internet y sirven, en últimas, para conseguir un orgasmo sin depender de la presencia del otro.

Desde hecho, para no irnos tan lejos, si uno hace una búsqueda rápida en Google sobre juguetes sexuales, los primeros dos resultados que aparecen en Mercadolibre son un “Masturbador masculino” y un “Vibrador vaginal”. Comprar la pareja no cuesta más de $150.000. Y deslizándose más por el catalogo aparecen cosas como “Huevos vibradores a control remoto con MP3 integrado”, “Masturbadores hombre ‘double dream’ experiencia vaginal y anal” y “Anillos vibradores retardantes”.

O hablemos de aplicaciones de citas para sexo casual como Tinder o Grindr: ¿No son tecnologías diseñadas con el mismo propósito del Antisexus? Ahorrarse la complejidad del amor y deshacerse de ese desgastante proceso de seducción que consume tiempo y energía. El caso extremo del temor al contacto físico con el otro sería el de la pareja que se conoce a través de Tinder, pero, para evitar las compicaciones del contacto cara a cara, decide tener sexo a través de Skype, mediado por la pantalla del dispositivo. Una relación completamente aséptica, pero, al fin y al cabo, sin sexo.

(Vea también: El sexo con robots ya es una realidad: ¿Tendría una novia androide?).

Está bien que hoy en día hablar de sexo es, relativamente, menos tabú. Que la circulación de información en internet ha permitido que se derrumben muchos mitos. Que se ha empezado a poner sobre la mesa un tema históricamente silenciado como el placer femenino. Que por fin se abrió el campo para reconocer la diversidad sexual (hoy, aunque todavía falta mucho, se puede ser libremente pansexual, asexual, bisexual, trisexual o cuadruplesexual). Decir que hay una sobreexposición de lo sexual es algo casi tan estigmatizado como tirar con medias, pero. de hecho, la avalancha de contenidos e información que empujan a la gente a tener relaciones sexuales satisfactorias terminan provocando el efecto contrario, una doble tensión que aumenta el miedo al otro. Las tecnologías aparecen entonces como la barrera que media el contacto con ese otro de carne y hueso: prometen ampliar y mejorar algo que ya existe, materializan una fantasía, pero una vez materializada, la sensación no es la misma. 

Sobre este tema, el filósofo esloveno Slavoj Zizek suele citar el que sería el ejemplo de la relación sexual perfecta en un mundo hipertecnologizado. Consiste en aparear un dildo fálico y un masturbador masculino. Mientras tanto, la pareja, ya liberada de la presión por tener una relación sexual satisfactoria, puede tener una cita clásica, tomar café, hablar de películas y luego, si resulta, ir a la cama.  

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