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Matronas del nuevo merengue callejero

Por
Redacción Shock

Acelerado como alma que lleva el diablo. Atrevido como demente de la calle. Candente como gata en celo y provocador como boca roja y carnosa. Así es el nuevo merengue que rebota de discoteca en discoteca en las noches calientes de Santo Domingo, el mismo que corre por las esquinas latinas del Bronx en Nueva York y que promete aterrizar sin freno alguno en las parrandas citadinas de este país de antecedentes merengueros.

Este ritmo dominicano de paso rápido y arrejuntado que reinó en los 80 al son de Wilfrido Vargas y Johnny Ventura, el mismo que en los 90 se instaló con las coreografías recocheras de Proyecto Uno y Sandy & Papo, sale del estancamiento temporal y esta vez vuelve con nuevo empaque y en su nueva presentación: merengue callejero. La misma base, la misma célula rítmica, pero esta vez viene carburizada con rimas apuradas, tanqueada con bachata y acelerada con teclados sintéticos que ponen a arder el ‘pary’ y el ‘dancin’.

Esta nueva corriente merenguera de raíces afrodominicanas está impregnada de energía, huele a calle, a pernicia y a calentura, se cocina en las casas y estalla en el floor. Primero suena en las discotecas y luego en los diales radiales. No hay intermediarios. Es cuestión de autogestión y autopromoción.

Se trata de un movimiento musical independiente comandado por dos frontgirls que destilan perrenque y actitud, dos dominicanas con mucho estilo, pachangueras que reivindican la calle como epicentro de creación y al merengue como sonido popular y multicultural digno de asaltar los voltios mundiales: Rita Indiana y Maluca Mala. Por eso aquí las tenemos.

Con doble bombo y triple platillazo les presentamos a las más dignas representantes de una revolución musical caribeña que se quiere tomar el mundo. Ha llegado la era del nuevo merengue candente, la hora de la resurrección, y si el viejo Wilfrido le dijo sí a esta nueva corriente, ¿usted por qué no?

Rita Indiana y Los Misterios. El merengue psicodélico de República Dominicana
Ella es la poeta urbana de las tierras dominicanas. Una morena flaca, de piernas sin fin que suelta rimas endemoniadamente contagiosas. Junto a Los Misterios, la banda que la acompaña, se les tilda de ser los responsables de imponer un caldero rítmico explosivo que sazonan con merengue y cuajan con sintetizadores y pop.

Es cantante y novelista y hay quienes dicen que sus canciones son una extensión de esa poesía que recita en lenguas vernáculas a la hora de cantar. Empezó como chuletera (la que marcaba el número de escena y toma en un programa de televisión), siguió como guionista y con Papi y La Estrategia de Chochueca, dos novelas de papel, entró en las altas estirpes literarias de Santo Domingo.

Después dio el salto musical, se perdió en las ondas sonoras del speed merengue, del rock revuelto con sabrosura y la electrónica hecha psicodelia, y hoy es todo un ícono de las nuevas generaciones merengueras. Le gustan las mujeres, es talentosa como un putas y el que la escuche no podrá despegarse de su son. Hablamos con ella a propósito del lanzamiento de El Juinero, su nuevo álbum.

Empecemos hablando de cuáles sus sones favoritos…
Lo que más me gusta en la vida son los brasileros del movimiento tropicalista como Caetano Veloso, Gilberto Gil, Maria Bethânia. Me refiero a todo el movimiento musical y a todo lo que hay alrededor de eso en términos ideológicos, estéticos y sonoros. También soy una gran amante de la música popular de mi país, sobre todo del merengue en su época de oro, en  los 70 y los 80, con Johnny Ventura y Bonny Cepeda. Soy una roquera que se metió a hacer merengue porque por muchos años estuve más inclinada hacia el rock, las músicas experimentales y la música negra.

¿Qué hay de eso en la música que usted hace? ¿Es merengue?
Casi nunca digo que hago merengue. Todas mis canciones tienen células rítmicas merengueras, pero me gusta hablar más de música dominicana del siglo XXI porque es menos excluyente Implica un montón de ritmos que están ahí junto con el merengue. El rock, el pop latino, el blues y ritmos afrodominicanos que son un poco más religiosos y menos populares como el gagá , el tri tri y la sarandunga.

¿Lo suyo es merengue psicodélico?
Lo que yo entiendo por psicodelia es cuando se trascienden los límites de la realidad cotidiana y se transgreden las perspectivas normales de la realidad. Definitivamente hay una pretensión psicodélica; yo soy una amante de la psicodelia y en mi próxima producción eso va a estar aún más presente.

Usted también es literata. ¿Cómo encontró la conexión entre música y escritura?
Toda la vida pensé que iba a ser escritora y nada más. La música fue casi como un accidente. Mis textos tienen muchísimo ritmo y musicalidad. Empecé a escribir cuando tenía como 19 años y luego a los 21 publiqué mi primera obra que se llama La estrategia de Chochueca, una novela urbana sobre unos chicos que se roban un equipo de sonido de una fiesta. A la gente le gustó y por eso le seguí dando pa’ allá. Lo de la música vino después, una cuestión con menos pretensiones. Yo no pretendía ser música profesional, eso era algo que yo disfrutaba en mi casa haciendo beats, pero no sé… me fui por ahí.

¿Usted retrata a Santo Domingo en sus letras?
Sí, Santo Domingo es una ciudad que en este momento está explotando. Está en un momento bastante crítico pero bastante bello también, de muchísimo caos, con un perfil bastante pernicioso, un ritmo acelerado y violento. Pero para el artista y para el que está viendo esas imágenes es súper rico ver todo ese montón de manifestaciones y de personajes. Es una ciudad que está demasiado viva.

Rita Indiana y Los Misterios. ¿Quiénes son ellos? ¿Cuál es el misterio?
No hay misterio (risas). Ellos son amigos. Son chicos que vienen de diferentes backgrounds. Boli, el baterista, tenía una agrupación de rock, él es la dotación rockerona. Eddy, el bajista, venía de experimentar con música raíz, mágico-religiosa y reggae. También está Gabo, que es Dj, el encargado de la honda minimalista. Después entró "Carrú”, él es un veterano del merengue y solía tocar con Félix del Rosario. Vino a traer el son tamborero. Es una mezcla súper interesante de gente, y finalmente eso es lo que tiene la música que hacemos. No somos un grupo homogéneo, sino que dentro de la misma banda hay muchas vertientes.

El lanzamiento de El juidero, su nuevo trabajo, fue el 12 de octubre, Día de la Raza. ¿Eso fue una movida intencional?
No fue intencional, pero sí es una de esas maravillosas coincidencias. De todas formas sí me gustaría subvertir el sentido que tiene ese día. Quieren presentarlo como el día del encuentro de razas y culturas cuando en verdad sabemos que lo que celebra es el gran holocausto de las Américas. Yo quisiera que tuviera un sentido conciliatorio. Hay muchas cosas que exploro en el disco que tienen que ver con darles nuevo sentido a las fronteras, incluso a la condición de isla compartida en la que vivo, y a la intolerancia con la que me enfrento a diario.

El merengue de calle es la nueva fiebre entre los jóvenes dominicanos. ¿Por qué cree que eso está pasando?
Tiene muchísima aceptación porque es algo que les habla directamente a ellos, a la velocidad que tienen pa’ vivir, al desenfreno, a una nueva manera de comunicarse y de vivir. Estamos saliendo de las estructuras súper castrantes que nos sometieron en la dictadura de Trujillo y luego los 12 años de Balaguer. Nos ha tomado mucho tiempo sacudirnos del republicanismo decimonónico. No quiero decir que todo lo que se está produciendo sea de la más alta calidad intelectual, ni que sea la salvación de las almas ni mucho menos un himno de la libertad, pero sí es la muestra de que la gente se está expresando de una forma en que no podía hacerlo antes.

¿Usted también habla de libertad sexual?
Yo tengo una visión muy particular al respecto, tampoco quiero ser una abanderada de que la gente salga del clóset. Cada quien tiene una manera de vivir su sexualidad, con la discreción que le parezca a cada quien. Yo en lo que no creo es en la opresión, en los que quieren imponer su manera de vivir y ver las cosas.

Maluca Mala ¡Ay, papi, tiene de todo!
Lleva la sabrosura y la calentura a las frías noches de Nueva York y en tiempos de verano pone a todo el mundo a sudar. Natalie Yepez, más conocida como Maluca Mala, es el éxtasis de la globalización y la evolución del spanglish.

Es una neoyorquina –nacida en el Bronx, criada en Manhattan– de raíces dominicanas, que mezcla speed merengue con drum and bass y hip hop. Lo de ella es el gettotech y el tropical house, un pegajoso cóctel que bautizó con el nombre de New Potpourri Sound System.

Tiene al mundo pendiente de su álbum debut, luego de que a finales del 2009 se hiciera famosa con un único y frenético sencillo titulado El Tigeraso, que presentó con un video que comprobaba que las latas de gaseosa podían servir como rulos y que, efectivamente, ella es la mamacita del block.

Mientras el disco prometido llega, Maluca Mala lanzó el mixtape China Food de la mano de Paul Devro confirmando que su revoltijo de influencias es el perfecto homenaje a sus raíces multiculturales. Esta cantante cuenta con el apadrinamiento de las altas alcurnias electrolatinas.

Fue descubierta en un karaoke por el Dj y productor Wes Pentz alias Diplo, dueño del sello Mad Decent y responsable de sacar a la luz actos revoltosos como Major Lazer. Desde ya, la Maluca se está imponiendo con su “yo tengo todo papi, tengo flight, tengo pary, tengo pura sabrosura”. Así que prepárense para el dancin’ que llegó la reina del electromerengue. Fácil de bailar, fácil de digerir.