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Burning Man: Sobredosis del paraíso perdido

Por
Álvaro Corzo

Álvaro Corzo V - @Corzo360
Fotos: burningman.org

La procesión ha empezado nuevamente al abrirse las puertas de Black Rock City en el desierto de Nevada. El calendario marca el inicio de septiembre y cerca de 70.000 mil personas, como ha venido ocurrido en los últimos años han empezado a descender desde distintos lugares del planeta a Burning Man 2015, el carnaval de los espejos. 

Un lugar en medio del seco y violento desierto a más de 35 grados centígrados, un paraíso intranquilo y hostil que deja espacio solo para aquellos comprometidos a unirse a esta tribu, donde la única moneda aceptada para realizar cualquier tipo de transacción es la mera libertad entre monumentales esculturas, rayos lasers y mucha música que invitan durante los próximos siete días, a que todos le metan la ficha para que juntos le den vida a sus sueños más bizarros.

La Playa como se le llama a esta explanada de cerca de 5 kilómetros de radio, es el epicentro de este poderoso festival donde no existe el dinero. Aquí nada se compra ni se vende, cada uno, como en una utopía perfecta provee por si mismo y sus más cercanos. En este lugar no se puede desperdiciar nada. El único recurso renovable es la voluntad, el deseo de comunidad y la energía espiritual.

Bueno es lo que llevan diciendo por años los Burners, como se le llama a los correligionarios de este masivo experimento de arte social en esteroides. Sin embargo muchos hablan de un Burning Man victima de su propio éxito, plagado de multimillonarios en sus carro-casas cargados de su difteria energética proveniente de Silicon Valley, Wall Street y sus similares del mundo entero. Habitantes del Black Rock City que dejan escapar un fétido hedor a neoliberalismo y economía de la especulación muy contrario al ejercicio de la libertad individual y expresión radical del espíritu, columna vertebral del festival. 

Y es que no es nada barato asistir, cerca de millón doscientos por tiquete más otro tanto por el traslado y el techo, entiéndase tiendas de campañas, carpas militares, domos o si quiere guerrear basta llevar su carro cargado de bananas y mantequilla de maní, de seguro se puede lograr, solo falta la voluntad. Por eso pensar que Bill Gates, Mark Zuckerberg, Jeff Bezos y todo su combo, quienes atienden cada año a Burning Man en sus fastuosas caravanas, son la esencia de este gigantesco festival están equivocados. 

El hecho que cerca de setenta mil personas en medio de la nada levanten una ciudad por una semana no es cualquier despropósito. Aquí como en el mundo real hay cabida para todos. Inclusión Total es uno de los principios del festival + U$350 dólares del tiquete y pare de contar.  Bien, si llega en paracaídas la entrada es gratis, aquí como en cualquier paraíso se premia el riesgo.

Lo que comenzó como un encuentro de 2000 hippies en 1986 jugando a romper todos los esquemas de esta sociedad en una orgía de amor música y arte, siendo el dinero y todas sus trampas el único no invitado, es hoy 29 años después uno de los encuentros más famosos del mundo entero donde artistas, músicos, escritores y díscolos ciudadanos de este mundo al revés toman como gimnasio creativo por  siete alucinantes días que terminan con la quema del mítico Hombre de Madera, una catarsis colectiva echando abajo todo lo que nos impide ser libres. Música, psicoactivos y autodeterminación sin límites son los ingredientes de esta receta. 

Muchos dicen que el verdadero festival es aquel que yace alejado de los grandes carros con djs abordo, los cuales recorren todo el desierto durante la noche en una especie de procesión de chivas alucinógenas decoradas por seguidores del mismísimo Esher o de los campamentos donde se ofrecen desde duchas colectivas, orgías, seminarios de meditaciones, charlas de TED y los eventos más bizarros e inapropiados que incautaos de toda raza, color o credo se puedan imaginar. 

No es en medio del descontrol psicoactivo de la Plava sino justo en medio del eco sordo de la euforia colectiva donde se vive y se siente en carne propia lo que podría ser un mundo sin fronteras, sin ego,  dinero, dogmas e ideología.  Un microcosmos donde cada uno está, o por lo menos obligado a  empoderarse de sus propia realidad siendo forzado si o si a construir su dimensión individual y colectiva. 

Para averiguar si todo esto es cierto así como muchas cosas más, incluidos los campamentos sadomasoquistas, el templo en honor al recién fallecido Alexander Shulgin, padre del MDMA o el de las orgias de comida nos vinimos para el desierto. Nos hemos subido al bus este 2015 desde los Despachos del Dark Web para ver y oír de primera mano lo que se cocina en el laboratorio social más grande y alucinante que conozca el planeta. 
 
Ya tendremos muchos que reportar...

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