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11 vs. 11, un juez y, ¿un brujo? Así es el fútbol africano

A propósito del comienzo de la Copa Africana de Naciones, un repaso por el cruce entre brujería y fútbol
Brujería en el fútbol africano
Brujería en el fútbol africano
Por
Héctor Cañón

Hinchadas que pinchan los balones porque creen que están poseídos, brujos que se agarran a coñazo limpio en la cancha, aficionados que se hacen los locos para esparcir sortilegios en el arco enemigo y jugadores que entierran amuletos en el terreno seguirán siendo tan importantes como el gol, la atajada, la falta (y por supuesto el embrujo) de la fecha.

Por Héctor Cañón Hurtado // Foto: Getty

Los primeros enviados de las selecciones que participan en la Copa Africana de Naciones en llegar a Gabón, país donde se celebran los 32 partidos del torneo, fueron los 16 yuyumanes de todas las selecciones participantes, quienes se encargan de contrarrestar los embrujos de los enemigos y de citar a las fuerzas sobrenaturales para que los rivales tropiecen.

Así como los clubes colombianos tienen masajista, aguatero y utilero que lustra los guayos de los jugadores y enciende las veladores a la Virgen del Carmen, los africanos tienen un brujo que se encarga de liberar a sus pupilos de la mala vibra que les enviaron sus rivales, de pararlos milagrosamente de las lesiones producidas por hechizos y de ponerlos en rachas exitosas a punta de amuletos, rezos y ungüentos mágicos.

Los yuyumanes, como si el fútbol fuera una versión afro del Señor de los Anillos en la que hechiceros como Gandalf y Saruman miden sus fuerzas sobrenaturales, son videntes que todo lo pueden con el poder de su mente y el favor de los dioses.

Nosotros lo podemos llamar brujería a secas y desde nuestra perspectiva tendríamos la razón. Sin embargo, para los 1.200 millones de habitantes que tiene África la tradición de que las fuerzas divinas (dioses, espíritus y almas de los antepasados) afectan e incluso dirigen la realidad cotidiana es pan de cada día.

El balompié, espejismo de libertad en un continente donde 400 millones de personas viven en extrema pobreza, no podía hacerle el quite a la devoción arraigada por las fuerzas sobrenaturales y a la convicción de que gobiernan nuestros pasos por la tierra.

En África, la brujería tiene un papel tan importante en el fútbol como los entrenamientos. Por eso, cada año, surgen cientos de denuncias contra la brujería en las ligas de Sierra Leona, Tanzania, Ruanda, Camerún, Sudán, Nigeria y varios países más, que obviamente no logran detener una práctica milenaria tan arraigada.. Al fin y al cabo, los yuyumanes camellan en doble vía: por un lado se encargan de descifrar los embrujos rivales para deshacerlos y por el otro planean los hechizos que facilitarán la tarea de los suyos.

Los antídotos son similares a los que usan millones de africanos en su cotidianidad: entrar a la cancha descalzos para que la herramienta de trabajo no caiga en la mala, untarse aceite de palmera bendecido por el brujo, colgarse amuletos en la cintura, saltar a la cancha por cualquier lugar menos por la entrada principal, enterrar atados de hierbas en el terreno de juego.

El último capítulo estuvo de película, al mejor estilo de Los dioses deben estar locos. Moussa Camara, delantero de Rayon de Ruanda, enterró un objeto junto al poste de la portería rival, tras haber estrellado un cabezazo en el palo. Los rivales del Mukura se le fueron encima como si tratara de una ronda de cuca patada. Al final, el árbitro solo le sacó amarilla. En la última jugada del cotejo que el local Mukura, club que nunca ha sido campeón, le ganaba 1-0 a Rayon, algo así como el Atlético Nacional de ese país, Camara metió el gol del empate.

Usted decida si cree que fue un golpe de suerte o que el hechizo funcionó. Nunca lo sabremos. Lo cierto es que, después del incidente, la Federación de Fútbol de Ruanda se puso ruda y estableció multas severas para quien practique la brujería descarada. El jugador que vuelva a hacerla deberá pagar tres fechas de suspensión y 123 dólares. Si es técnico, serán cuatro fechas y 256 dólares. Por su parte, los clubes que no pongan mano dura a los embrujos y se vean implicados en cualquier tipo de sortilegio deberán pagar casi 12 millones de pesos como escarmiento.

Sin embargo, los camerinos y las canchas de los clubes y selecciones seguirán contando con la presencia de los “yuyumanes” porque una costumbre de esa magnitud no se reprime desde un escritorio como lo comprueban varios capítulos de la historia de la brujería en el fútbol de ese continente.

A pesar de que durante la Copa Africana de Naciones de 2002, la federación de fútbol de ese continente había prohibido la presencia de los yuyumanes, el camerunés Thomas N’Kono, uno de los mejores arqueros de la historia, fue acusado de hacer magia negra en la portería de la selección de Malí. Al final no se supo si era inocente o culpable, como sucede en las miles de denuncias de ese tipo, pero el jugador aumentó su leyenda como invencible aliado de los poderes sobrenaturales.

Sin embargo, no todos los capítulos de la magia negra son rosa. La única vez que la selección Colombia jugó la Copa Confederaciones, Marc-Vivien Foé, también camerunés, se desplomó sin aparente causa en el minuto 72 de la semifinal. Las malas lenguas dijeron que se trataba de vudú para contrarrestar su envidiado éxito. Foé murió y Camerún nos volvió a sacar de un torneo internacional.

Más allá de las leyes que pretenden prohibir los hechizos en el fútbol africano y de las míticas victorias o inexplicables sucesos que se atribuyen al poder los yuyumanes, la brujería seguirá haciendo parte de la cotidianidad del balompié en ese continente. Hinchadas que pinchan los balones porque creen que están poseídos, brujos que se agarran a coñazo limpio en la cancha, aficionados que se hacen los locos para esparcir sortilegios en el arco enemigo y jugadores que entierran amuletos en el terreno seguirán siendo tan importantes como el gol, la atajada, la falta (y por supuesto el embrujo) de la fecha.

 

 

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