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¿Cómo hace Teófilo Gutiérrez para que siempre caiga bien parado?

Teófilo Gutiérrez: ángel al que se extraña y demonio al que se detesta.
Por
Héctor Cañón

El crack barranquillero es capaz de amenazar a sus compañeros de equipo en los camerinos con una pistola de aire o de sacarle la piedra con una sola jugada a un estadio lleno a reventar. También es capaz de sacar túneles, pases magistrales, tacos y sombreros. Por eso fue elegido Mejor Jugador de América hace apenas dos años. Con la pelota es un genio y como persona tiene la fina chispa del rebelde, pero a veces no mide los efectos de sus payasadas y muchos terminamos extrañando al talentoso, mientras la prensa argentina enciende la polémica y factura.

Por: Héctor Cañón Hurtado

Teo Gutiérrez volvió a armar lío con su comportamiento soberbio en el fútbol argentino. Hace un par de semanas, jugando con Rosario Central, celebró el gol que le metió a Boca Juniors cruzando su mano izquierda sobre su pecho haciendo alusión a la banda diagonal de River Plate, el equipo de sus conflictivos amores, y tapándose la nariz con la otra mano frente a la fervorosa hinchada de La Bombonera; una hinchada que le reserva un generoso lugar como enemigo a muerte en su corazón.

Obviamente, se armó tropel de una. Y allí, en el reino del manoteo, del fútbol de barrio, del coñazo sin que nadie se dé cuenta, de las trifulcas que pretenden sabotear las decisiones arbitrales y terminan enervando la violencia de los hinchas, el crack barranquillero se mueve con la misma sagacidad con la que lo hace jugando. Esa tarde trató de recurrir a sus dotes de actor para hacerse el loco, pero frente al banco de suplentes lo cazó el rival Ricardo Centurión y le aplicó dos patadas de karateca que fueron celebradas por la mitad de la Argentina futbolera como un gol de su selección.  

Después, vio la tarjeta roja una vez más en la liga con la que tiene una relación de amor y odio intensa desde 2011, año en el que debutó con Racing de Avellaneda. En el camino a las duchas trató de devolverle atenciones a Centurión para que quedara claro que a él nadie se la monta y que le encanta dividir a la hinchada en dos partes, la que lo ama y la que lo odia.

En Argentina, su patria futbolística, lo aman porque en 120 partidos con Racing, Lanús, River Plate y Rosario Central metió 52 pepinos y se sacó del sombrero de mago de potrero caribeño caños, pases magistrales, sombreros y tacos. Lo aman, también, porque fue goleador del Torneo Clausura en su primera temporada con 11 tantos y porque fue la figura del River campeón de su país y de América en 2014. Lo odian porque amenazó a sus compañeros de camerino en Avellaneda con una pistola de agua en 2012; por sus expulsiones infantiles en momentos definitivos para sus clubes; porque aseguró, con sonrisa maliciosa y en las tensas puertas de un clásico argentino, que su fútbol enamoraba hasta a los de Boca. Lo odian y lo aman, sobre todo, por esa imagen de colombiano tropelero que proyectan los medios de comunicación y que él parece alimentar con todo gusto.

Tal vez no sea el modelo ideal para Nike o Adidas, pero la historia del fútbol está llena de chicos malos que alborotan a las audiencias y las tribunas con su repertorio de barriada. Teo, sin duda, pertenece al mismo linaje peleonero de Carlos Tévez, Lucho Suárez y Diego Costa. 

La gresca lo llevó a rendir cuentas por incitación a la violencia frente a la justicia penal y contravencional de Buenos Aires tras la demanda interpuesta por el abogado Vadim Mischanchuk. Mientras tanto, en Colombia, la fanaticada de la Selección empezaba a aceptar que el camino hacia Rusia 2018 se le acababa de convertir en una cuesta más que empinada tras caer 3-0 contra Argentina, mientras seguía añorando las pinceladas mágicas con las que Gutiérrez había unido los circuitos de la creación con los del gol en el exitoso camino hacia Brasil 2014. 

Ese es Teo: ángel al que se extraña y demonio al que se detesta. En la eliminatoria pasada metió seis goles, ubicándose apenas unos peldaños por debajo de Luis Suárez, Lionel Messi, Gonzalo Higuaín y Falcao García, goleadores del largo camino de 16 fechas. Jackson Martínez, Carlos Bacca y Adrián Ramos, por mencionar solo tres cracks que la rompían por esos días en las ligas europeas, chuparon banca de lo lindo porque José Pekerman prefería al jugador nacido en el barrio La Chinita; zona marginal de Barrranquilla donde las balas perdidas, los picaditos de potrero y la falta de oportunidades hacen parte de la cotidianidad de decenas de peladitos talentosos para la pelota, aunque sea de trapo. Allí nació Teo y allí renunció a un camino de delincuente o marginal, no sin antes llevarse algunas mañas para usarlas como armas personales en las canchas y en el multimillonario circo de la escena futbolera.

Mientras la hinchada colombiana clama por su regreso salvador, el barranquillero prefiere el hiperbólico show del balompié argentino. Ya sabremos si pasa una semana en prisión, si paga 126 dólares de multa por la payasada en La Bombonera o si, otra vez, se sale con la suya y regresa ileso a encender la taquillera película de buenos y malos del fútbol argentino. Al parecer, Teo Gutiérrez nació con una estrella de villano y su destino es rebotar de tropel en tropel mientras los sectores camorreros de la prensa argentina lo usan para encender el escenario, para tener un blanco donde los dardos de una hinchada furibunda apunten, para facturar recalcando la idea de que el fútbol es un juego a muerte entre buenos y malos.

Teo, señoras y señores, siempre va a ser de los malos. La suma de su afinidad con el conflicto y su maestría con el balón lo convierten en un ídolo que encaja de maravillas en el rol del malo de la película del fútbol argentino. Por eso esta allá y no en el Tranbzonspor de Turquía, donde fue campeón de la Copa y la Súper Copa y metió ocho goles en 24 partidos disputados entre 2010 y 2011 o en Sporting de Lisboa, donde fue campeón de la Súper Copa y metió 15 goles en 32 partidos en su primera y única temporada en el club en 2015.

Sencillo: Teo no se amaña en Europa ni en la selección. ¿Por qué? Porque su rebeldía, que en ocasiones degenera en estupidez, no tiene cabida en medio de grupos de atletas top. Tal vez porque le encanta que los periodistas deportivos y las hinchadas pregonen cuánto lo aman o lo odian para responder con cualquier recurso de su interminable repertorio de buscapleitos. Tal vez porque para él el fútbol sigue siendo el mismo de la infancia en los potreros de la Barranquilla pobre que lo venera.

El comentarista Alberto Raimundi le dijo “negro hijo de puta” después de que le metiera gol a Gimnasia en agosto de 2014. Teo twitteó: “qué lindo es ser negro!”. Meses después, el delantero estrelló tres remates contra los palos en partido por la Copa Libertadores contra Juan Aurich de Perú. Costa Febre, un hincha furibundo de River Plate que cuenta con micrófono para expresarse sin censura alguna, lo maldijo, dijo que se quería cortar los huevos de la rabia que le daban sus actuaciones, lo acusó de vende humo y le ofreció 500 dólares por cada pepino que anotara en el torneo continental.

Días después, Teo salvó a su club de una eliminación prematura con gol y asistencia frente a Tigres de México. Cuando le preguntaron si ya había recibido los 500 dólares que le había ofrecido Costa Febre, se hizo el loco. Daniel Molló fue el último relator en salirse de sus cabales por las provocaciones de Teo. “Negro cagón, ¿por qué no te vas y dejás de hinchar las pelotas?”, vociferó en vivo y en directo tras su celebración del gol a Boca Juniors. Teo ya declaró ante la justicia y guardó silencio frente a los medios. Por lo general, necesita un balón antes de hacer algo que arme o que le de rienda suelta a un escándalo taquillero.