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El precio de amar la caníbal industria de los videojuegos

Por
Insert Coin

Alejandro Cifuentes // @Shigeru_San

Mi afición por los videojuegos empezó por allá en 1985, cuando tenía siete años, en ese entonces fue un amigo de la cuadra al que le regalaron un Atari 2600, desde ese día las vacaciones de los siguientes cuatro años la casa de Javier era el sitio predilecto de todo el parche; el principio del fin para otras actividades como el trompo, las canicas, escondidas, tarro y muchas otras que quizás ustedes, lectores menores de 20 años, nunca disfrutaron; fueron cuatro años en los que River Raid, Enduro, Keystone Keapers y muchos otros nos enamoraron, grandes juegos que aún siguen estando en mi mente y corazón.

En 1989, el Niño Dios nos trajó nuestra primera consola a la casa: la Nintendo Entertainment System que fue el detonante a lo que soy hoy 26 años después: periodista de videojuegos. Afortunadamente mis padres siempre vieron con buenos ojos los videojuegos, mi papá siempre vio como una obra de arte todos los The Legend of Zelda que nos compraba, se divertía de lo lindo jugando su bien amado Bomberman, y mi mamá siempre jugó su querido Tetris, hoy en día lo juega a diario en su Nintendo 3DS, sí, es de ella; esa maravilla de vida llegó hasta mis 18 años.    

Ya en la universidad y con un trabajo de medio tiempo en una disquera de la época podía costearme mis gustos, entre esos los videojuego. Hasta ese año, 1996, mis padres me costearon la guachafita; la última consola que nos compraron a mis hermanos y a mí fue la Nintendo 64 con Star Wars: Shadows of the Empire, Goldeneye y Mario 64. Cuando llegó la Game Cube y tocó hacer la primera inversión supe todo el dinero que mis padres invirtieron en ese buen hobby. 

Cuando terminé la universidad en el 2000 y decidí inclinarme por el periodismo de videojuegos el tema se complicó, si quería tener muchos contenidos de qué hablar tenía que tener todas las consolas, algo imposible para la época; pero que se fue haciendo realidad con el paso de los años. Hoy, 15 años después tengo muy bien ordenada mi colección de consolas, pero más que verla como una colección las veo como mis herramientas de trabajo. Hasta hoy, septiembre de 2015, no sé cuántos millones de pesos he invertido en esta profesión, eso sí, cada peso ha sido gastado con gusto; incluso cuando se trata de regalos. 

Ser gamer no es un hobby barato. Una consola hoy en día ya no baja de 1’500.000 pesos y los juegos ya pasaron los 200 mil pesos, y si el dólar sigue su inclemente subida el precio de los juegos del otro año seguirá subiendo. Cosas de la economía asesina en la que nos encontramos hoy. Conozco gente que hace esfuerzos muy grandes por poder tener en casa el Halo 5: Guardians o Star Wars: Battlefront, quizás porque no están trabajando o tienen otras obligaciones que demandan más de su capital. Claro, todo esto si ustedes son gamers legales, los piratas tienen montañas de juegos por 10 mil pesos, así solo logran hacerle daño a la industria que dicen amar.

Mi punto es: la industria de los videojuegos es la más lucrativa del mundo del entretenimiento, hace más plata que el cine y la música, llena los bolsillos de los grandes desarrolladores y las cuentas bancarias de las grandes empresas como Nintendo, PlayStation y Microsoft. Eso no está mal, si uno tiene un negocio quiere es llenarse de dinero. Y en una industria tan próspera es nuestro bolsillo el que más llora, ya que sin darnos cuenta, al mirar atrás en estos 10 meses del año, les apuesto, que la inversión ya habrá pasado del millón de pesos.

Ser gamers sale muy caro, y me gusta que aguantemos, que sigamos comprando original, porque sin esa inversión de nuestra parte, digámosle adiós a Mario, Master Chief, Nathan Drake y todos esos personajes que nos divierten por un puñado de dólares. Si usted aún está dentro del grupo en que los padres les costean todos los juegos y consolas, disfrute, aprovéchelo, pero tenga en cuenta que pronto le cortarán los servicios; y si usted ya hace parte del grupo donde estoy yo hace 15 años, siempre tenga presupuesto para comprar algo de videojuegos al menos una vez al mes, no importa lo que sea, sé que es algo que alimentará su amor por esta industria caníbal que cada vez nos deja más sin dinero en los bolsillos, pero a la cual, religiosamente, le dejamos muchas de nuestras ganancias.